Au Revoir 2006

El año se acaba y en medio del caos consumista y la obligación de ser feliz característicos de estas fechas, he decidido, por primera vez en mi vida, hacer balance de lo ocurrido por escrito, con la esperanza de definir los contornos y evitar la confusión provocada por el paso del tiempo y las capas de rutina.

El comienzo del año fue un poco caótico:
Accidente de coche y mudanza. Afortunadamente el accidente no fue grave, pero me hizo pensar en la fragilidad de la existencia, en cómo todo puede cambiar en cuestión de segundos.
Al día siguiente realizamos la mudanza con la ayuda de unos amigos. Ahora vivimos en un piso luminoso y acogedor y creo que soy más feliz por ello.

En abril comencé un curso de escritura creativa porque la lectura ya no era suficiente. Fue sólo un trimestre , pero no necesité más para darme cuenta de que, me cuesta decirlo, quiero ser escritora. Ahora estoy haciendo un curso anual de relato en el que estoy aprendiendo y disfrutando del manejo de las palabras y las estructuras para construir historias que, espero, puedan interesar a alguien.

Este ha sido un año en el que la música ha tenido un papel muy importante. Ha habido conciertos, como los de The Doors (escuchar Riders on the storm en directo fue un sueño hecho en realidad y, aunque Jim Morrison es irrepetible, Ian Astbury me impresionó bastante), The Who (geniales) o Sting (en Gredos. Concierto impecable con fin de fiesta surrealista, aunque Sting poco tuvo que ver con ello), Pablo Milanés, Los Delincuentes o Chambao. Pero lo más importante de todo es que he descubierto la música de John Frusciante, que me acompaña desde hace meses allá donde voy y me hace inmensamente feliz. Esa voz...¡joder! esa voz me emociona cada mañana y la rutina ya no lo parece tanto desde que se instaló en mi cabeza.

La literatura sigue estando tan presente en mi vida como el respirar: descubrí a Henri Pierre Roché, Haruki Murakami o Raymond Carver. Leí más de Virginia Woolf o Sándor Márai, he releído Drácula y me enganché sin remedio a Viajes con Herodoto, de Kapuscinski, a El cazador del desierto, de Lorenzo Silva o a Crimen y Castigo, de Dostoiewski.

En cuanto a otra de mis grandes pasiones, viajar, este año destaco el Cabo de Gata, ese lugar al que siempre regresar; Turquía, una agradable sorpresa; y París, de la que nunca me canso, esta vez con mis compañeros de la clase de Francés.
Afortunadamente, 2007 comienza muy, muy bien: en menos de quince días estaremos en Marrakech y no pienso volver sin haber pasado al menos una noche en el desierto.

A finales de julio, tras poner un comentario en su blog, comenzó mi amistad con Pelayo, un chaval de dieciocho años, escritor en ciernes, interesante, divertido e inteligente, que me envía sus escritos porque le gustan mis críticas y al que yo envío los míos por la misma razón.
Y no te pongas celoso, Rodrigo, que tú también has pasado a ser un amigo importante en mi vida.

Dori y Raquel van a ser mamás y Natalia, además de estar más loca que nunca, encontró trabajo. Mi Wen me mantiene al corriente del tiempo que hace en mi pueblo, entre otras muchas cosas, y mi prima pasa de contestar mis mails pero yo la sigo queriendo un montón.

Paco y yo celebramos nuestro octavo aniversario. ¡Increíble pero cierto! Y lo que nos queda... porque ya sabes, cariño, que tú y yo estamos condenados a estar juntos forever.

Tampoco me quiero olvidar de los momentos pasados con Bea, Montse (que también va a ser mamá) y Javi, Ana y Ada (ya sé que han sido escasos, chicas. Prometo que este año será diferente), ese Fenosa que es único o mi hermano pequeño, que es mi debilidad.

En resumen, este ha sido un buen año, con sus miserias y sus alegrías, sueños y desengaños, y que termina con la esperanza de que el próximo sea mejor. Y mejor será que acabe ya esto porque se me está poniendo tono de anuncio navideño, sentimentaloide y dulzón, y, en fin, que una tiene su reputación...

 

posted by Ainhoa on 9:28 p. m. under

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El buscador

¿Qué sería de mí, los domingos por la tarde, cuando el estómago se llena de incomodidad ante la perspectiva del regreso al trabajo un lunes más, si en Telecinco no hubieran tenido la brillante idea de producir ese programa maravilloso llamado “El Buscador”? Sólo necesito ver el sumario, presentado con increíble seriedad por ese individuo patético (lo siento, no recuerdo su nombre y no me voy a molestar en buscarlo) que parece ir a comunicarnos la erradicación de la pobreza en el mundo, para echarme a reír. Da igual el tema que traten, tanto si sale la Pantoja (memorable esa “reconstrucción” de la llamada que le hizo Julián Muñoz desde la cárcel el día de su cumpleaños), como si aparece una doctora dando el parte médico de Jesucristo, el cual, somos informados desde la puerta del Hospital 12 de Octubre de Madrid, murió de politraumatismo.
Los reportajes suelen tratar sobre estupideces supinas que son avaladas por “expertos” y magnificadas por el semblante grave y concentrado de los reporteros. No podemos ignorar tampoco la edición de dichos reportajes, animados con música que ni la mejor película de suspense, y efectos especiales que resaltan los detalles que corroboran sin duda semejante información.
¿Y el tratamiento que dan a todas las cornadas sufridas por los mozos en los encierros celebrados a lo largo y ancho de esta España nuestra? Si el mozo ha tenido la suerte de sobrevivir, es entrevistado y forzado a relatarnos varias veces lo que sintió en esos espeluznantes instantes. Si el mozo murió, nos repetirán las imágenes una docena de veces, a cámara lenta, rápida, desde lejos o desde cerca.
¡Qué despliegue de medios! ¡Qué profesionalidad! ¡Qué rigurosidad en la información!
Tengo que reconocer que a veces me divierto más viendo este programa que con el mítico sketch de Martes y Trece titulado “Glorias de España”, aunque me asusta pensar que alguien pueda creer que lo que nos ofrecen es información seria y minuciosa.

 

posted by Ainhoa on 8:52 p. m. under

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Me gusta. No me gusta.

Me gusta…

Me gusta la sonrisa de Paco, levantarme temprano, escuchar las canciones de John Frusciante con los ojos cerrados, las patatas a la riojana y la soledad que emana de los cuadros de Hopper. Me gusta desayunar jamón serrano, té y nueces. Me gusta sentir la luz del sol colándose por las ventanas del salón una mañana de domingo, salir a la compra con mi madre y compartir con ella el aroma de las calles de mi pueblo en los días de invierno, porque mi pueblo, Alfaro, también me gusta mucho. Me gusta el foie, el tenis, la trilogía de El Padrino, copiar en cuadernos aquéllos pasajes de los libros en los que me reconozco, My way, de Frank Sinatra y que mi hermano pequeño todavía me llame “tata”. Me río con el humor seco de las gentes del norte y cada día con Bea y Montse. Me gusta el color amarillo, los cactus y el grito desesperado de Jim Morrison al comienzo de una canción cuyo título no recuerdo. Me gusta el vino, ver amanecer en el Cabo de Gata y una buena conversación con Natalia. Me gusta que el día del chupinazo todas las amigas luzcamos la misma camiseta. Me gusta la manita del niño que aparece en el cuadro Las tres edades de la vida, de Gustav Klimt, viajar en tren, con los paisajes mostrándose a ráfagas ante mis ojos atentos, leer el blog de Rodrigo, el pacharán e imaginar que un día tendré un perro chow-chow al que llamaré Ulises. Me gusta el olor a lluvia y la libertad del desierto, los magnolios de los Jardines de Sabatini, la filosofía de vida de Simone de Beauvoir, la mermelada de fresa y el carácter pacífico de mi amiga Wen. Me gusta leer a Virginia Woolf y a Oscar Wilde, me gusta encontrarme cada mañana un email de Pelayo en la bandeja de entrada, los pastelitos de la Pantera Rosa y las películas de Woody Allen. Me gusta pasear por las calles de París, las tonterías de Monsieur Fenosa o escuchar la llamada a la oración, al amanecer, desde el balcón de un hotel en Dakar. Me gusta el olor de las librerías de viejo, el olor de cualquier librería.

No me gusta...

No me gusta la gente que viaja al extranjero y pasa todo el tiempo acordándose de la tortilla de patata y repitiendo aquello de “como en España, en ningún sitio”. No me gusta hacer la compra en grandes superficies, los garbanzos, la ropa color burdeos, los libros de Paulo Coelho o la voz de Alejandro Sanz. No me gusta la falta de aire acondicionado en el metro durante el verano, dormir con pijama, los huevos cocidos, que los padres pongan sus nombres a sus hijos, los cinturones blancos, mis pies. No me gusta la pimienta negra, los libros de autoayuda, la gente que sale del estanco, abre la cajetilla recién comprada y arroja el plástico al suelo. El olor a café me causa dolor de estómago, ver envejecer a mis padres, también. No me gusta planchar, ni aquéllas personas que se empeñan en desplegar el periódico, y plantarlo debajo de mis narices, en un vagón de metro atestado de gente. No me gusta quedarme dormida en el sofá, los bollos rellenos de cabello de ángel, el tacto del terciopelo, no tener nunca tiempo para visitar a Ana, ni aquellos que van en sus coches deportivos, con las ventanillas bajadas para que el mundo se entere de su pésimo gusto musical, superando todos los límites de velocidad. Sé que no suena muy humano pero no puedo evitar desear que se estrellen con la próxima farola que se encuentren. No me gusta tener los brazos tan gruesos, ni la cara de Zaplana, tampoco la de Acebes, los perfumes de Carolina Herrera, tener que trabajar de lunes a viernes, que se me mueran todas las plantas que compro. No me gusta tener tiempo libre y no saber qué hacer con él. No me gusta no encontrar las palabras exactas para expresarme cuando en mi cabeza todo parece tan claro.

Me gusta, no me gusta; ser o no ser.

 

posted by Ainhoa on 6:59 p. m. under

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El rostro de las letras.


Hace unos meses leí un artículo escrito por Juan Cruz en el periódico El País, que llevaba por título El librero del cheque, que comenzaba de la siguiente manera:
“Se escapó de la escuela con una mujer diez años mayor que él, dio la vuelta al mundo cuando era un adolescente, cumplió el sueño de su padre de ser librero, es capaz de viajar de Londres a cualquier sitio del mundo para encontrarse con un amigo y leerle un manuscrito propio, o de levantar el dedo en una subasta y quedarse (por 4.1 millones de euros) con un libro que la historia ha convertido en un libro raro.”
Esas pocas líneas capturaban una vida que así, en frío, sin conocer ningún detalle, ya se antojaba fascinante. Dudé por un momento; no sabía si quería conocer los pormenores de una historia que parecía deshacerse del aura romántica prometida al comienzo cuando se mencionan esos brutales 4.1 millones de euros. La curiosidad pudo más, así que continué leyendo.
El caso es que ese niño de quince años que se fugó de la escuela con una mujer de veinticinco, hoy tiene cincuenta años y es uno de los libreros más prósperos del planeta. Desde el primer libro raro que compró ha llovido mucho, y parece ser que se ha labrado una prestigiosa carrera creando bibliotecas de acaudalados personajes, aconsejando a prestigiosos clientes, ayudando con la restauración de ejemplares preciosos, persiguiendo libros imposibles alrededor del mundo o participando en subastas en nombre de personas anónimas que confían plenamente en su instinto. Con todo eso, más alguna que otra pelea con los bancos, pudo el pasado catorce de julio levantar un dedo que valía 4.1 millones de euros y hacerse con el First Folio, de Shakespeare.
Comprar y vender libros raros. No se me puede ocurrir una profesión mejor que aquella que hace que la vida gire alrededor de los libros; que no te convierta en un mendigo de tiempo para poder sacar el jugo a la literatura.
La fotografía que ilustra el reportaje nos muestra a un hombre sonriente y despeinado, como si se acabara de levantar de la cama; su rostro, sereno y travieso, parece no conocer inquietudes, o quizá sea esa vida de apariencia fascinante la que sirve de escudo contra la preocupación. El rostro de la felicidad de las letras. El rostro que yo podría tener si me atreviera a alejarme definitivamente de los números.

 

posted by Ainhoa on 6:42 p. m. under

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Un día memorable


Ayer fue un día tan memorable como miserable. Un día de apariencia insulsa e incluso absurda, falto de movimiento y palabra hablada. Un día que un hipotético observador externo hubiera calificado de vacío o perdido.
Me levanté a eso de las nueve de la mañana sabiendo, gracias a un desagradable dolor de espalda, que había cometido el terrible error de haber dormido más horas de las debidas. La cabeza aturdida y un injustificado mal humor confirmaron lo que ya sabía. Los años pasados habitando mi cuerpo me hacían sospechar que las siguientes horas de luz no iba a soportar estar en mi propia piel.
Tras el aseo diario y el desayuno, que no pasaron de ser parte de la rutina puesto que ninguno de los dos contribuyó a aliviar la pesadez cerebral y corporal que me atenazaba, me quedé sentada en el sillón, la mirada perdida, los oídos obstruidos, el tacto áspero, el olfato enfadado. Sentada. Observando la nada a través de unos muebles que ya no me gustaban, una televisión que no quería encender y unos libros que no quería leer. Parpadeé y regresé de la nada para empezar a odiar porque era lo único que me sentía capaz de hacer. Todavía no comprendo por qué me acordé de la dependienta que unos días antes me había atendido en una zapatería de la calle Alcalá. Una muchacha delgada y pelirroja, parlanchina y simple, que contaba a su compañera de trabajo con orgullo gritón cómo una mujer adinerada, porque, tía, la gente que tiene pasta, se nota, la había mirado en el aeropuerto con, al parecer, bastante insistencia y cómo ella, tan segura de su chabacano encanto, se había pavoneado ante la acaudalada en cuestión. Cómo la odié desde mi posición inerte, sentada en el sillón. La veía delante de mí, con ese torpe maquillaje y esos aires de grandeza y escuchaba su voz chillona contando tamaña estupidez y comencé a pensar en cómo algo tan complejo como el ser humano al que se le ha encomendado la inmensa tarea de existir puede convertirse en algo tan estúpido y simple. Cómo la vanidad es fuente de felicidad. La frecuencia con la que la felicidad se confunde con la frivolidad. La misma ignorancia de lo que realmente pueda ser la felicidad. ¿Para qué molestarnos en buscarla cuando los sucedáneos, las malas imitaciones nos asaltan a cada paso? Mi subconsciente pareció darse cuenta de que no poseía información suficiente para seguir trabajando en una teoría que tal como acudió a mi mente, se marchó. Y entonces llegó el recuerdo del metro sin aire acondicionado y el abanico que siempre olvido en casa y las ganas que me entran de cargarme al pobre conductor del metro que sé que no tiene la culpa de nada pero yo tampoco y no tengo porqué sudar todas las cremas que me pongo para frenar las consecuencias del irremediable paso del tiempo. Y del metro pasé a la madre de una paciente que acudió a la clínica donde trabajo, una señora maleducada y desconfiada a la que le hubiera escupido en la cara si no fuera porque tengo más educación que ella. Y entonces volví a reflexionar sobre la estupidez del ser humano, que se empeña en crear problemas, en provocar malentendidos, para hacer de su vida un lugar más interesante. Reconocí que yo también lo he hecho en alguna ocasión y eso no contribuyó precisamente a mejorar mi estado de ánimo.
Recordé que tenía que ir a comprar el pan y no quería hacerlo porque hacía demasiado calor y mi cuerpo no soporta muy bien el calor. Pero, si mi cuerpo no soporta bien el calor, ¿por qué me siento tan atraída por los paisajes desérticos? ¿Será por la amplitud espacial? Obligados como estamos la mayoría de los habitantes de las grandes ciudades a vivir en espacios indignos, el desierto se me antoja el paraíso, carente de obstáculos para la vista, impregnado de luz, inabarcable. Anduve perdida por un desierto imaginario, todavía con la mirada suspendida en la nada, todavía con dolor de espalda.
No fui a comprar el pan. De hecho, no salí de casa en toda la mañana. Me quedé sentada en el sillón, mirando al frente, agotada y con ganas de llorar.
Y entonces llegó Paco y me escuchó cuando le conté lo de la dependienta de la zapatería y lo del metro y la estupidez de la gente y cómo me cargaría a la mitad de la humanidad. Y él me miraba y sonreía comprensivo y yo comencé a sentirme un poquito mejor. Por la tarde nos fuimos al Carrefour a seguir odiando a la humanidad, ahora armada con sus carritos repletos de comida basura, dando voces para localizar a sus mocosos que andan perdidos por los pasillos. Compartimos nuestro odio en el escenario ideal. Volvimos a nuestra casa, nuestro refugio silencioso y acogedor y de repente la vida ya no parecía tan terrible.
Y ahora que he escrito todo esto, pienso que quizá ese día no haya resultado tan vacío o tan perdido.

 

posted by Ainhoa on 6:51 p. m. under

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Turquía





Acabo de regresar de Turquía y mi mente, siempre caprichosa y haciendo gala de un gusto exquisito, ha comenzado a desterrar a los dominios del olvido los momentos de tedio y agonía provocados por la necesidad de cubrir varios cientos de kilómetros en compañía a veces no deseada.
Como decía, mi mente ha preferido quedarse con el brillo de las ruinas de Éfeso, la bondad de las formas de la Capadocia admiradas por fuera, por dentro y desde el cielo a bordo de un globo aerostático, o el canto del almuédano rasgando la húmeda atmósfera de la noche en Estambul. Por sus calles nos perdimos una y mil veces y jamás nos alegraremos lo suficiente. Visitamos mezquitas ignoradas por los turistas y tomamos el amargo té turco en compañía turca, siempre amable, siempre sonriente, en teterías cuyas mesas diminutas buscaban la sombra en callejones imposibles. El palacio de Topkapi, la bizantina Cisterna de la Basílica, la ineludible Santa Sofía, la Mezquita Azul (triste escenario de la escasa, además de mala, educación que reina en el feliz mundo del turista común, incapaz de distinguir un rezo de una atracción de feria), los restos del Hipódromo, el Bazar de las Especias, pequeño y encantador, y el Gran Bazar, inmenso aunque no tan bullicioso como esperaba... Las calles empinadas que desembocan en el mar, enjambre de tiendas y tenderetes y de personas atareadas, que compran y venden, que van y vienen con sus mercancías en bolsas, en carritos o echadas con valentía a la espalda. La mezquita Süleymaniye, el lujo de la paz a nuestro alcance, la Mezquita Nueva, la de Rüstem Pasa...Todas tan bonitas, con su exuberante cerámica decorando los muros, sus lámparas redondas suspendidas a medio camino entre el suelo y las maravillosas cúpulas, con decenas de luces titilantes contribuyendo a crear una atmósfera envolvente y en cierto modo seductora para mí, ajena a sus creencias, a su fe, a cualquier fe, a pesar de lo cual encontré cierto placer irracional en descalzarme y caminar sobre aquellas impolutas alfombras, en ponerme un velo y cubrirme, en sentarme en la parte de atrás de un buen puñado de mezquitas, sin apenas comprender nada y deseando ser invisible.
Y por la noches, tras la cena, acudimos a nuestra cita en el Aile Café, en el interior de un cementerio, donde tomamos té de diferentes sabores y fumamos una pipa de agua, atendidos por un camarero agotado por el trabajo que, a pesar de todo, nos saluda con cariño y jamás pierde la sonrisa.
Y no puedo olvidar la experiencia del baño turco en un hermoso edificio del Siglo XVI, que te limpia la piel y el espíritu y te renueva y relaja, quién lo diría, con un brusco masaje. ¡Qué lujo, el agua! Agua por todos los lados, derramada sin remordimientos.
Tras Estambul e integrados ya en un numeroso grupo de personas, Bursa, donde visitamos la Mezquita Verde, cuya belleza emana directamente de la fuente tallada que se encuentra en el interior, algo único en el mundo.
Tras Bursa, Éfeso, donde comenzaremos nuestro trasiego por las antiguas civilizaciones. Imponente la Biblioteca de Celso, construida entre el 114 y el 117 A.C., de la que sólo permanece en pie la fachada, custodiada por las estatuas de Sofía (sabiduría), Areté (virtud), Ennoia (intelecto) y Episteme (conocimiento). Cercanos están los restos del Burdel, que en su día albergó una estatua del dios griego de la fertilidad, Príapo. El majestuoso teatro, excavado en la ladera del monte Pión, nos ofrece un sitio en sus gradas y la posibilidad de imaginar cómo debía de ser acudir allí hace miles de años.
Más kilómetros; no importa si el destino es Hierápolis o, mejor dicho, lo que queda de ella: tras haber disfrutado de una posición importante en el periodo helenístico acabó sumergida por el agua y los depósitos de travertino que dieron lugar a otra de las atracciones de la zona: Pamukkale, las cascadas de algodón (qué decepción, ¿por qué ha de ser tan evidente la manipulación del hombre en semejante milagro de la naturaleza, aunque éste esté ya cansado de mostrarse tan bonito como antaño? ). Pero volviendo a Hierápolis: para llegar a ella, primero se ha de atravesar la imponente necrópolis, la más grande de Anatolia, en la que hay más de mil doscientas tumbas, sarcófagos y túmulos que van desde el periodo helenístico hasta el cristiano primitivo pasando, claro está, por el romano. Hierápolis la visitamos al atardecer, cuando un ligero viento nos hace olvidar la aspereza del sol, que comienza ya a esconderse. Sólo somos tres personas caminando por la vía flanqueada por columnas que nos conducirá hasta el arco de Domiciano. Tres personas, el viento y la luz ambarina despidiéndose del sol y la certeza de que ese será un momento que recordaremos siempre.
Más kilómetros (gracias John Frusciante, gracias Ryszard Kapuscinski, por hacer que las distancias no parecieran tan distantes) y, por fin, Capadocia, con cuyas peculiares formas nos topamos casi de bruces al atardecer, ¿podría ocurrir algo mejor? Allí uno se transforma en paisaje, se traslada a otra época, se convierte en otro, en el que de verdad le gustaría ser si se atreviera a intentarlo. Porque ese paisaje de formas quiméricas que esconde mil y un secretos se te ofrece para que lo tomes, para que no olvides llevarte un pedacito suyo contigo.
Y de nuevo, al día siguiente, el atardecer; éste inmenso, con el solemne valle extendiéndose delante de nuestros ojos y el cielo, más infinito que nunca, exhibiendo sanguíneos colores que tiñen unas deshilachadas nubes que parecen haber surgido de la nada.
Con todo esto me quedo, empeñada como estoy en olvidar que las circunstancias me hicieron viajar con demasiada gente insolidaria y gruñona (entre la que, eso sí, había gloriosas excepciones), que se afanaba más en echar de menos la tortilla de patata que en dejarse aniquilar suavemente por un país que, de inmediato sabes, te permitirá volver a nacer sintiéndote un poquito mejor.

 

posted by Ainhoa on 3:59 p. m. under

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Tracy Chapman


Hoy he vuelto a escuchar el álbum de Tracy Chapman que lleva por título su propio nombre. He tenido que armarme de valor, consciente de lo mucho que me cuesta enfrentarme a la tristeza que encierra la belleza de ese puñado de canciones de apariencia inofensiva. Canciones de escasa duración que, amparadas en ritmos sencillos y reposados, transmiten rabia y frustración a partes iguales a través de una voz triste y carente de estridencias que nos habla de mujeres maltratadas (desgarradora Behind the wall), de la diferencia de clases, de las injusticias sociales, del amor y del desamor...Pero por encima de todo ello destaca la idea de la falta de espacio para que el pueblo alce la voz como origen de la mayor parte de los males que asolan este jodido mundo mecanizado, alienado y alienante; porque como dice en Talkin´ bout a revolution, puede que se hable de revolución pero es como un susurro.
Tras apenas media hora su voz se apaga y yo no sé cuando volveré a reunir la valentía suficiente para escucharla de nuevo.

 

posted by Ainhoa on 6:32 p. m. under

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Un pequeño tributo


París, Natalia y yo. Y un montón de buenos recuerdos.
Ahora que todo va a cambiar, sabes que puedes contar conmigo hasta el final.

 

posted by Ainhoa on 6:33 p. m. under

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Arizona


Hace casi diez años visité el desierto de Arizona. No sé por qué hoy me he acordado de ello; quizá porque nunca he podido olvidarlo.
Recuerdo que recorrimos decenas de kilómetros que parecían no conducirnos a ningún lado. Recuerdo que aquellos kilómetros estaban plagados de pedruscos, baches y súbitas pendientes que hacían que nos golpeáramos la cabeza con el techo de la furgoneta en la que viajábamos, que en aquellos momentos parecía una coctelera donde se agitaban tres alemanas insoportables (nada que ver contigo, Birgit), dos francesas muy graciosas, dos hermanos daneses encantadores, una japonesa y una suiza extremadamente educadas y dos españolitas para las que el mundo entero no era suficiente.
Justo cuando comenzaba a pensar que de alguna forma ajena a la lógica había ido a parar a una película de Buñuel (yo tenía veintiún años entonces; la vida todavía la imaginaba ordenada) llegamos a un campamento instalado a orillas de un improbable lago. Allí vivían Rusty y Betty, un matrimonio sexagenario, que un día decidieron que no había nada mejor en este mundo que contemplar las estrellas cada noche.
Criaban cerdos y cuidaban caballos y, de vez en cuando, decidían compartir aquel pedazo de tierra de apariencia hostil con otras personas.
Yo fui una de aquellas personas afortunadas que pudo pasear a caballo entre cactus gigantescos, escuchar las historias de Rusty y Betty al calor del fuego con un sencillo plato entre las manos, nadar en aquel lago improbable y contemplar las estrellas cada noche. Y respirar el amanecer, todavía frío. Y rendirse ante el calor porque era lo único que se podía hacer.
Porque aquel era un paisaje severo, despiadado, que te sujetaba por el cuello con fuerza y te gritaba al oído. ¡Mírame bien! ¡Mira a tu alrededor! ¡Mira al cielo! ¡Esta es la inmensidad que no empequeñece! ¡Siéntela! La inmensidad que te devuelve a ti mismo. Aquí todo es posible. Incluso existir.

 

posted by Ainhoa on 8:39 p. m. under

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Virginia Woolf (1882-1941), por Quentin Bell


Hoy he terminado de leer la biografía que Quentin Bell escribió de su tía Virginia Woolf. Ha sido una lectura intensa y envolvente narrada, sin embargo, desde una objetividad auto impuesta, supongo que para evitar suspicacias, debido al parentesco que unía al autor con la escritora; no hay que olvidar que por las más de seiscientas páginas del libro también pululan sus padres, hermanos, amigos y conocidos. Hasta el final no se atreve a hablar en primera persona, eso sí, de una manera tan sutil que casi pasa desapercibida. Lo mejor de todo es que, a pesar de esta pretendida lejanía, Virginia Woolf aparece tan cercana como una buena amiga.
La Virginia Woolf que Quentin Bell presenta es una mujer obsesionada con escribir, con el proceso creativo, dotada de una imaginación prodigiosa que incluso le llevaba a atribuir características o hechos inexistentes a sus propios amigos, algo que propició más de un malentendido con algunos de ellos.
Fue una autora comprometida con su arte hasta el punto de asimilar completamente casi cada palabra escrita a su pensamiento, a su vida, por ello temía alcanzar el final de cada una de sus obras, porque se exponía completa ante el mundo. Insegura ante las críticas de una manera enfermiza, los días previos a la publicación de una novela se convertían en un suplicio teñido de oscuridad que la dejaba exhausta.
Pero al mismo tiempo es una mujer mucho más fuerte y alegre de lo que imaginaba.
Siempre asomada al precipicio de la depresión nerviosa, caracterizada por fuertes dolores de cabeza, mareos, falta de concentración, apatía y desilusión, tuvo épocas de verdadera lucidez en las que atrapaba la vida con pasión, escribiendo, disfrutando de sus amistades en persona o a través de una voluminosa correspondencia, colaborando en revistas y periódicos, viajando, trabajando en su propia editorial, la Hogarth Press, dando clases a mujeres, colaborando con el movimiento sufragista...
Asistimos también a la amistad que ella y su marido mantuvieron con un grupo de personas con los que acabarían formando sin pretenderlo lo que se conoce como El grupo de Bloomsbury: Roger Fry (pintor y crítico de arte), Duncan Grant (pintor), John Maynard Keynes (economista), Lytton Strachey (escritor e historiador) o los propios padres del autor, Clive (crítico de arte) y Vanessa Bell (pintora), hermana de Virginia. Con algunos de ellos, como Lytton Strachey (que llegó a proponerle matrimonio) o Roger Fry, mantuvo una amistad muy profunda y especial que iba más allá de discrepancias, disputas y desencuentros a la hora de enfrentarse a sus respectivas obras, como autores o críticos de las mismas.
Para todos los que admiramos el delicado buen hacer de esta escritora, la biografía escrita por Quentin Bell es una lectura indispensable porque nos permite asomarnos a una personalidad tan compleja como sensible, lo que procura un mayor entendimiento de su obra.

 

posted by Ainhoa on 4:06 p. m. under ,

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Modigliani



Para Rodrigo.
Una pequeña muestra del arte de Modigliani.

 

posted by Ainhoa on 1:14 p. m. under

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Reflexión básica sobre mis obsesiones


Cada cierto tiempo mi pensamiento es atrapado por algo o alguien; eso me hizo pensar que quizá fuera una persona demasiado obsesiva dada la persistencia con la que ese algo o alguien acudían a mi mente. Mi curiosidad me llevó a buscar en el diccionario el significado exacto de la palabra obsesión y he aquí el resultado.1. Idea o preocupación que no se puede alejar de la mente.
2. (Psiquiatría) Idea, generalmente absurda o incongruente, que irrumpe de forma imperativa e irreprimible en la conciencia, aunque el sujeto se dé cuenta de su carácter mórbido y extraño a su propia persona.
En alguna de esas páginas de psicología que pululan por el universo cibernético cuya fiabilidad no me ha dado por contrastar, he leído que, efectivamente, las obsesiones son ideas persistentes, pensamientos, impulsos o imágenes que son experimentadas como intrusas e inapropiadas y que causan marcada ansiedad o angustia.
Parece ser que la obsesión se caracteriza por la angustia o la preocupación así que, de momento, me he quedado huérfana de definición porque a mí, mis obsesiones me procuran más placer que angustia, y no veo en ellas morbidez o extrañeza. Lo que sí es cierto es que no las puedo alejar de mi mente sin importar si estoy en el trabajo, en el metro o tomando unas cañas con los amigos. Mi cerebro siempre encuentra un tiempo muerto en el que volar hacia la idea que en ese momento tenga enredada mi existencia.
Por ejemplo, desde hace un par de meses estoy obsesionada con la música de John Frusciante. Ayer, sin ir más lejos, escuché su álbum To record only Walter for ten days unas diez veces. Y hoy creo que ya van cuatro. Y las que me quedan.
Todas mi obsesiones han sido de este tipo (un libro, un cuadro, un viaje, sobre los que no puedo dejar de pensar) así que bien se podría decir que soy una obsesiva inofensiva porque incluso evito ser demasiado pesada al respecto con las personas de mi entorno. Lanzo alguna pincelada de vez en cuando pero sin pasar de ahí porque de lo que sí me he dado cuenta es de que estas obsesiones me debilitan. ¡Vaya! Creo que acabo de encontrar el sustantivo correcto: debilidad, de la que en el diccionario se me informa que es gusto o preferencia exagerada por alguien o algo. Aunque esa preferencia exagerada me justifica, yo sigo pensando que es un sustantivo que se queda corto; quizá su sonoridad no tenga la contundencia necesaria que mi estado mental demanda, pero una definición es una definición y no creo que esté en posición de contradecirla.
Volviendo a ese sentimiento de debilidad: hablar, o en este caso escribir, de las obsesiones de uno es una actividad muy arriesgada; es como si te quedaras desnudo frente al mundo y tuvieras que dar demasiadas explicaciones al respecto. Porque, ¿qué pensaría, por ejemplo, mi padre si le cuento que mientras estoy introduciendo en el programa contable de la empresa en la que trabajo las facturas del último mes en lo que en realidad estoy pensando es en la letra de Going inside? Probablemente pensaría que estoy loca aunque yo lo que espero es que él también tenga esta maravillosa capacidad para la obsesión (o la debilidad) porque es una parte muy importante de aquello que hace que la vida, mi vida al menos, valga la pena.

 

posted by Ainhoa on 8:10 p. m. under ,

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Automat


AUTOMAT, 1927
EDWARD HOPPER (1882-1967)
Una cafetería con una iluminación lacónica; en su interior destacan una mesa redonda y dos sillas. Una de las sillas está ocupada por una mujer de unos treinta años, ataviada con un abrigo verde botella con los puños y solapas rematados en negro, y un sombrero de color amarillo cadmio manchado de ocre, que parece destinado a disimular su aparente soledad: la otra silla está vacía.
Ella concentra su mirada en la taza de café que, con burda delicadeza, sujeta con la mano derecha, despojada del guante. La otra mano, todavía enguantada, reposa alerta sobre el frío mármol de la mesa.
Detrás hay una gigantesca cristalera que apenas refleja las luces del interior de la propia cafetería, ignorando sin pudor la escena callejera y nocturna.
El frutero rebosante de coloridas piezas que aparece apoyado en la repisa interior de la cafetería sería el vivaz contrapunto al automatismo de la escena que el título indica.
Pero,¿qué o quién es el autómata en esta escena?, ¿el escenario o el personaje? Porque en esa mirada absorta en el café, en ese precario estar (lleva el abrigo puesto y la mano izquierda permanece enguantada), en esas piernas que, incómodas, se ocultan bajo la mesa, en esa supuesta quietud en definitiva, esa mujer de rostro níveo cuyo nombre ignoramos, puede estar convocando la fuerza y la firmeza necesarias para tomar una decisión trascendental que habrá de cambiar su vida. Quizá sea al abrigo de la noche y en la intimidad impoluta de una cafetería lógicamente vacía en ese momento del día donde ella pueda pensar con claridad, donde pueda vislumbrar el camino a seguir entre el barullo de pensamientos enmarañados que se pelean en su mente. Quizá sea esta una soledad deseada... O quizá no. Puede que sea nueva en la ciudad y no conozca a nadie con quien pasear por calles todavía extrañas y tan ariscas como todo aquello que ignoramos. Puede que no se atreva a mostrar su soledad circunstancial a la luz del día, cuando es más fácil exponerse a la perversidad de una sociedad que tan poco espacio reserva para los solitarios, tanto para los que lo son por vocación como para aquellos que en algún momento de sus vidas son arrojados a sus crueles fauces sin que puedan hacer nada para evitarlo.
Soy consciente de que Hopper con su obra quería describir una sociedad inhóspita e individualista, cuyos habitantes ya no comparten palabras ni pasiones y se han olvidado de vivir al calor reconfortante de la amistad. Esa cafetería impersonal e insensible es el escenario insuperable para un personaje apático y carente de aspiraciones, pero yo, siempre fascinada por las historias que conceden segundas oportunidades, por los renacimientos personales y la valentía romántica del comenzar de nuevo, no puedo resistirme a pensar que quizá esta escena represente un punto de partida hacia una nueva vida más rica en matices y fortunas.

 

posted by Ainhoa on 7:35 p. m. under

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Rilke. Fragmentos.


Fragmentos de la carta que Rainer M. Rilke escribió a Franz X. Kappus el 17 de febrero de 1903.

No hay cosa con la que pueda tocarse tan escasamente una obra de arte como con palabras críticas: siempre se va a parar así a malentendidos más o menos felices. La cosas no son todas tan palpables y decibles como nos querrían hacer creer casi siempre; la mayor parte de los hechos son indecibles, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra; y lo más indecible de todo son las obras de arte, realidades misteriosas, cuya existencia perdura junto a la nuestra, que desaparece.


Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas: pued para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención. Intente hacer emerger las sumergidas sensaciones de ese ancho pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ensanchará y se hará una estancia en penumbra, en que se oye pasar de largo, a lo lejos, el estrépito de los demás. Y si de ese giro hacia dentro, de esa sumersión en el mundo propio, brotan versos, no se le ocurrirá a usted preguntar a nadie si son buenos versos.

 

posted by Ainhoa on 6:59 p. m. under

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Sobre el desierto...


La belleza del desierto es el silencio. Y con el silencio se empieza a comprender todo.
Sam Shepard

Había descubierto que el desierto tenía una belleza demasiado severa para que te llegase de inmediato.
Michael Cunningham
Una casa en el fin del mundo

Pero cuando ví cómo vibraba el sol por la mañana en lo alto del desierto de Santa Fe, algo se detuvo repentinamente en mi alma y despertó mi atención.
D.H. Lawrence

Los huesos parecen conducir al centro de lo que está más vivo en el desierto, aunque éste sea grande y vacío e intocable y aunque a pesar de toda su belleza no conozca la amabilidad.
Georgia O´Keefe

La primera vez que fui al desierto con mi padre- siguió relatando Orens-, me dí cuenta de que ya nunca podría olvidarlo. No se me ocurre qué decir para describirte lo que se siente. He querido que vieras la película porque lo enseña muy bien, cuando Lawrence mira el desierto desde lo alto de su camello y se siente un elegido. Eso es lo que te pasa. Toda esa inmensidad parece haberte elegido, a ti solo, como si sólo la hubieran puesto ahí para que tú la miraras. Es lo que pasa también con las luces de Madrid a lo lejos que veíamos el otro día. No te pasa nada de eso cuando estás rodeado de gente. Entonces, nada es de nadie. Todos hablan y corren y nadie escucha y nadie llega a ninguna parte, por mucho que se empeñe.
Lorenzo Silva
El cazador del desierto

Pero al final Dahoum me llevó con él: "Ven a sentir la esencia más suave de todas"; entramos en la habitación principal, nos acercamos a los abiertos huecos de las ventanas de la fachada oriental y allí bebimos con la boca abierta el aire del desierto, reposado, vacío y sin remolinos, que pasaba palpitante. Aquel sosegado aliento había nacido en algún lugar más allá del distante Eúfrates y había recorrido su camino durante muchos días y noches sobre hierba muerta hasta su primer obstáculo, las artificiales paredes de nuestro derruido palacio. Ante ellos parecía rezagarse y formar remolinos, murmurando con un balbuceo infantil. "Ésta- me dijeron- es la mejor: no tiene sabor". Mis árabes volvían la espalda a los perfumes y lujos para escoger aquellas cosas en las que lo humano no había tenido parte alguna.

T.E. Lawrence

Los siete pilares de la sabiduría

 

posted by Ainhoa on 10:15 p. m. under

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