Greg Graffin

19 de Enero de 2011




Si a mí se me ocurriera escribir un relato sobre un tipo que es a la vez un referente en la historia del punk y profesor de ciencias en UCLA con un doctorado en paleontología evolutiva, me apuesto mi colección de cds de John Frusciante a que ese personaje sería considerado poco creíble.
Pero el caso es que ese espécimen existe: su nombre es Greg Graffin y es el líder de Bad Religion (además de profesor en UCLA y poseedor de un doctorado en paleontología evolutiva).
No sé cuántas veces hemos comentado Paco y yo, de madrugada y copichuela en mano, mientras vemos el dvd de Bad Religion Live at the Palladium, que no se puede tener un aspecto menos de estrella del punk que el del señor Graffin. De profesor, quizá, pero ni eso; de lo que realmente tiene aspecto es de vendedor de seguros o de algo igualmente tedioso. Y es que lo suyo no es el artificio, sino más bien todo lo contrario. ¿Quién tiene tiempo de curtirse a tatuajes si hay que grabar discos, salir de gira, estudiar una carrera, sacarse un doctorado, dar clase, corregir exámenes, escribir un libro o dejar que te entrevisten en televisión cuatro meapilas que piensan que el evolucionismo en un invento del diablo? Greg Graffin parece que no.

 

posted by Ainhoa on 10:46 a. m. under

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10 de enero de 2011

Serpientes

Manuel me dijo: "tranquila, Cristina, sólo se quedarán un par de días", como siempre; y no sé si era por el humo espeso de los cigarrillos o por aquel trasiego de botellas de vino o ginebra o tequila, pero el caso es que a mí me parecían semanas. Y es que cada uno de esos dos días tenía decenas de amaneceres con sus correspondientes atardeceres. Y yo hacía como que no me enteraba. Sus dos amigos, porteños de acento lamedor, rebañaban cazuelas y sartenes con rebanadas de Pan Bimbo y encendían un pitillo tras otro y se reían mucho enseñando todos los dientes, como si sólo ellos supieran de qué iba la vida, y alguna que otra noche se escurrían por debajo de la puerta de nuestra habitación y recuperaban la forma y el volumen en nuestra cama. A veces los dos, a veces sólo uno, que el otro estaba demasiado borracho en el sofá del salón. Yo trataba de localizar a Manuel entre tanto brazo y tanta pierna, pero a menudo me hacía un lío y me confundía de boca o de sentimiento. Y a la mañana siguiente tenía agujetas y metía los zapatos de tacón en el bolso y me calzaba las botas planas, y gastaba el corrector de ojeras que parecía que me lo desayunaba. Y mientras trataba de cuadrar los balances en la oficina tenía que parpadear tanto y tan seguido para no ver todos esos miembros alrededor que un día a punto estuve de reventarme los ojos. Ese día, cuando llegué a casa, encontré a Manuel en el salón, entre el humo de los cigarrillos y los brazos de uno de los porteños y ni siquiera era de noche ni el porteño había tenido que filtrarse por debajo de ninguna puerta. Entonces le dije a Manuel que me marchaba. Y él me dijo que le parecía bien, que últimamente andábamos escasos de espacio.

 

posted by Ainhoa on 11:21 a. m. under

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