La risa del senegalés

Llegó justo cuando terminábamos de desayunar. El restaurante, en comparación con el resto del hotel, tenía un desconcertante aire moderno gracias a un mínimo mobiliario en rojo y negro. La habitación en la que habíamos pasado la noche también era minimalista, pero de una forma mucho más áspera. Las paredes estaban pintadas en un tono verde desvaído, las baldosas del suelo eran rugosas y estaban descoloridas. En el baño la luz no paraba de temblar, el grifo del lavabo goteaba y el agua tenía un color pardo un tanto sospechoso. Afortunadamente, las camas no eran del todo incómodas.
A las cinco de la mañana, tal vez las seis, el almuecín entona la llamada a la oración. Me despierto sin saber muy bien dónde estoy, empapada en sudor. Él también se despierta. Salimos al balcón envueltos en las sábanas. Ante nosotros se extiende una ciudad destartalada en la que no sabemos si los edificios están a medio construir o se están derrumbando. Vemos a un mendigo que dormía en una acera dirigirse al centro de la calle, con paso lento, y colocarse en dirección a la Meca para comenzar el rezo. Entonces nos miramos y sonreímos, casi con vergüenza, porque empezamos a comprender que la palabra injusticia va a perder definitivamente su carácter abstracto y porque, a pesar de todo, nos gusta estar allí, en ese balcón, escuchando la llamada doliente a los fieles, envueltos en un calor pegajoso, tan lejos de Madrid, tan diferentes y libres, y con la extraña sensación de estar un poco más cerca de lo que queremos ser.
Como ya he dicho, vino a buscarnos cuando estábamos terminando de desayunar. Era un senegalés delgado y fibroso, de unos cuarenta años, que nos sorprendió con su castellano casi perfecto y sus movimientos precisos. Su voz era tosca, sonaba desgastada, pero te miraba a los ojos al hablar. No tardamos mucho en descubrir su carácter alegre y lo mucho que le gustaba reír.
A lo largo de aquellos días, mientras recorríamos las carreteras, que en realidad eran caminos de arcilla llenos de baches y charcos que parecían lagunas, nos contó infinidad de historias. Era un hombre orgulloso y presumía de sus días de luchador; decía pertenecer a una tribu de hombres fuertes y ágiles, e incluso, aseguró, había llegado a luchar con leones. También había estado en Madrid e insistía en que las nuevas barriadas que se estaban construyendo en Dakar se parecían mucho a las de Majadahonda, tratando de maquillar de esta forma el evidente atraso de su país. En esas situaciones no me manejo demasiado bien (el sentimiento de culpa del occidental) y no me atreví a decirle que no hacía falta, que nadie les estaba acusando de nada. ¿Acaso se les podía acusar de algo? También nos habló del carácter sagrado del baobab y de los poderes curativos de su fruto, el pan de mono. Manifestó sin pudor su odio hacia los franceses así como la admiración que sentía por Léopold Sédar Senghor, poeta senegalés que llegó a ser el primer presidente de la república tras independizarse de Francia. Historias y más historias, algunas creíbles; las otras, las que no lo eran tanto, eran las más divertidas.
Con él recorrimos Dakar, sus mercados, sus calles descompuestas. Nos presentó a comerciantes y artistas, todos igual de risueños y orgullosos. Viajamos en piragua entre los manglares del delta del Siné-Saloum, visitamos el Lago Rosa, la Isla de las Conchas y la de Goreé, donde nos explicó que no sudaba porque no comía grasa y apenas bebía, y allí estábamos nosotros, medio muertos, sudando años de embutidos y cocidos.
Recuerdo una tarde en un campamento de casas de adobe, a orillas del mar, donde tuvimos que esperar varias horas a que en un poblado cercano dieran permiso para poner en marcha el generador de luz y agua. Nos sentamos fuera de nuestra cabaña rojiza, en el suelo, mientras anochecía y una suave brisa refrescaba el ambiente. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí recuerdo su risa, efusiva y afable, y la nuestra, más comedida. También recuerdo que pensé que quizá Senegal no tuviera grandes monumentos y seguramente sus paisajes fueran de los más discretos de África, pero en ese momento marginal, todavía sucios por la arcilla del camino, con las primeras estrellas asomando en el cielo, aquel lugar me pareció el más hermoso del planeta.

 

posted by Ainhoa on 5:24 p. m. under

12 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Bellísimo! Tienes un increíble talento descriptivo (narrativo). Gracias por compartirlo.

Ainhoa dijo...

Gracias a ti por leerlo y dejar este comentario tan alentador.
Pásate por aquí cuando quieras.
Un saludo.

Sinrof dijo...

Muy bonito Ainhoa. Uno vale tanto como recuerdos y experiencias tiene. Seguro que ese viaje te llenó de "valor".

Fenosa dijo...

La verdad es que sí, cada vez escribes mejor. De hecho, cuando empecé a leerlo pensaba que era un extracto de Ébano.
MUA!

Ainhoa dijo...

Gracias, chicos, especialmente a ti Fenosa, que a una no le comparan con Kapuscinski todos los días.
Un besazo a los dos.

deibid dijo...

me encanto. es una experiencia personal o es un cuento??? Por momentos me parecio sentir alguna lectura de Cortazar por atras, es posible???
saludos

Ainhoa dijo...

Gracias, Deibid.
Sí, es una experiecia personal; en cuanto a lo de Cortázar, no pensé en él mientras lo escribía, al menos de forma consciente, pero todo puede ser porque todas las lecturas dejan su poso, aunque no nos demos cuenta.
Me alegro de que te haya gustado.
Saludos.

Anónimo dijo...

Niña, estás como una cabra...

Anónimo dijo...

Niña, estás como una cabra...

Ainhoa dijo...

Y eso, ¿por qué? Que no es que no tengas razón, pero me gustaría saber tus razones ;-)

Montse dijo...

Ya sabes el tiempo que hacía que no leía en tu blog, llevo una hora leyendo y estoy emocionadísima, hasta con lagrimillas de pensar que eres tú la escribe todo esto.
Un besazo.

Ainhoa dijo...

No me digas esas cosas..., bueno sí, para qué negarlo. Me gusta saber que te emociona lo que escribo. Creo que hay pocas personas que me conozcan tan bien como tú, así que supongo que eso debe de influir algo.
Muchas gracias por tus palabras. De verdad.
Muchos besos.

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