Plenitud de fin

"El amor por la belleza es inseparable del sentimiento de la muerte. Pues todo lo que cautiva nuestros sentidos con escalofríos de admiración nos eleva a una plenitud de fin, que no es otra cosa sino el deseo abrasador de no sobrevivir a la emoción. ¡La belleza sugiere una imagen de inanidad eterna! Venecia o los crepúsculos parisienses nos invitan a un fin perfumado, en el cual la eternidad parece haberse detenido en el tiempo."

E. M. Cioran
El ocaso del pensamiento

 

posted by Ainhoa on 10:36 a. m. under

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Daniel Mordzinski - El fotógrafo y el escritor


Hace unos días fui a ver la exposición de fotografía de Daniel Mordzinski en la Casa de América. Esta vez, el objeto de su objetivo son escritores que escriben en español.
Borges en blanco y negro, de perfil, sentado pero apoyado a pesar de todo en su bastón. Una mano le indica hacia dónde mirar aunque me temo que sin voz es un gesto inútil. Creo que él ya no puede ver.
En una foto cercana está su buen amigo Bioy Casares, también con las manos apoyadas en su bastón. Bioy tiene la mirada triste, como si no quisiera dejarse fotografíar. Me resulta incómodo observar esa imagen durante más de cinco segundos, pero persisto, por si la sensación es pasajera o resulta engañosa, pero no lo es.
Es más fácil observar a Javier Cercas de pie en el centro de una piscina redonda de plástico, con el agua por las rodillas, leyendo un libro. A Juan Goytisolo o a Octavio Paz, tan dignos ellos. O la falsa modestia de Vargas Llosa, que cubre su rostro con unas manos muy cuidadas. También el exhibicionismo egocéntrico y divertido de Enrique Vila-Matas, que abre su gabardina con ademán osceno para mostrar varias copias de una fotografía suya colgando en el interior.
Hay a quienes muestra trabajando, como a Eduardo Berti, que está tomando notas en un cementerio que parece salido de Pedro Páramo; o a Julio Llamazares, en su estudio, rodeado de libros, de cuadernos, descalzo, con su hijo (imagino que es su hijo) tratando de cerrar la puerta para preservar la intimidad creativa de su padre; a Arturo Pérez Reverte, que está de espaldas en lo que parece, por su frialdad, el escritorio de una habitación de hotel.
Me gustaron especialmente las manos ajadas de Miguel Delibes, y las de Marifé Santiago Bolaños, que sujetan un libro escrito por ella. Sólo manos, no hay rostros en estas fotografías. También me gustó ver a Ricardo Piglia en una estación cuyos trenes no parecían llevar muy lejos. Y a Quim Monzó en plan mesiánico en un parking inquietante. A Rosa Montero, tan hermosa, tan consciente de sí misma. A Francisco Ayala, anciano y entrañable hasta las lágrimas.
Eran tantos...

 

posted by Ainhoa on 4:40 p. m. under

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Calor

Durante estos días de intenso calor, mi vida ha transcurrido como en una película de Eric Rohmer, como si no pasara nada en apariencia pero en realidad estuviera ocurriendo de todo. Al menos dentro de mi cabeza, que es donde ocurren las cosas más significativas. Porque, como ya he señalado varias veces en entradas anteriores, soporto muy mal el calor, me quedo sin fuerzas y no puedo pensar con claridad. Así que lo que hago es encerrarme en casa con mi fiel aire acondicionado, (como mucho salgo a comprar el pan o a dar algún paseo tempranero), y me entrego con pasión a actividades que requieren un mínimo esfuerzo físico. Leo, libros de viajes principalmente (qué forma más maravillosa de ir lejos, muy lejos), veo alguna película (Viaje a Darjeeling, una recomendación que vino desde Capri , es con la que más he disfrutado) o escucho millón y medio de veces seguidas Bleeding me (“I am the beast that feeds the feast”). Eso es lo que hago, recluirme con mis obsesiones y mis paranoias, más feliz que Zaplana en un centro de bronceado. Pero ahora que parece que las temperaturas han comenzado a bajar me encuentro con esta duda existencial: ¿de verdad quiero que este calor se consuma a sí mismo y desaparezca para volver a tener un cierto control sobre mi persona, o prefiero que se quede y así poder utilizarlo como excusa perfecta para seguir encerrada en mi casa y en mi cabeza, escenarios ideales ambos de una existencia diseñada a medida de mis desvaríos?

 

posted by Ainhoa on 5:57 p. m. under , ,

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Un estado de ánimo


Mi amiga me dice que Marrakech le ha parecido decepcionante. Probablemente sea culpa mía, del entusiasmo con el que se la describí. Quizá por eso mi amiga esperaba encontrarse con una ciudad de belleza fácil, tan evidente como la que posee la ganadora de un concurso de misses.
Pero Marrakech no es así, no es de las que se planta delante de uno para ofrecerse con descaro y efectivas poses. Ella se muestra poco a poco y nunca por completo.
Primero te pone a prueba en la medina, con sus calles angostas y repletas de gente, de motocicletas, de vendedores ambulantes, de burros que tiran de carros llenos de cualquier cosa susceptible de ser transportada, de tenderetes sobrecargados. Después, piensas que la ciudad te está tomando el pelo porque ninguna de que esas calles conduce a monumentos fastuosos ni a opulentas mezquitas ni a grandes avenidas, sino que te conducen a ellas mismas, a su bullicio de colores y abalorios, una y otra vez. Y sigues caminando, y tropezando y tratando de esquivar las motocicletas que se abalanzan sobre ti sin miramientos hasta que te detienes en un puesto de frutos secos y compras unas nueces; después contemplas el colorido de los pañuelos que se exhiben en la tienda de al lado, el de las babuchas, el de las cuentas de los collares, el de las alfombras que cubren las paredes, acaricias un bolso de cuero repujado, paras en otro puesto y tomas un zumo de naranja…
Entonces entiendes que todo está ahí, en ese plato de cous-cous, en el té con hojas de menta, en los encantadores de serpientes y las tatuadoras que tatúan con henna en la plaza Djemaa el Fna, en el jardín de naranjos, en la silueta que la Menara dibuja en el horizonte al atardecer, en la tienda de artesanía que tienes que atravesar si quieres llegar a las tumbas Saadies, en Abdelhadi y la mañana que pasamos en su casa compartiendo té y vivencias, en el desayuno frente a la Koutubia.
Eduardo Jordá escribió que Dublín es para él un estado de ánimo que le resulta muy grato. Cuando lo leí, pensé que a mí me ocurría lo mismo con Marrakech.
Fotografía: Plaza Djemaa el Fna, por la mañana

 

posted by Ainhoa on 12:35 p. m. under

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Un otoño con Auster y Murakami


A principios del próximo mes, Anagrama publicará Un hombre en la oscuridad, la última novela de Paul Auster lo que, por supuesto, ya ha provocado la aparición de varios artículos en los medios culturales e incluso en los que no lo son.
Según he leído, la historia tiene como protagonista a August Brill quien, tras sufrir un accidente, no puede dormir y pasa las noches inventando historias. En una de esas historias nace Owen Brick y a partir de ahí, parece ser que la novela se convierte en dos. Me alegro de que septiembre esté al caer.
Y a principios de octubre, Tusquets publicará After dark, la nueva de Haruki Murakami. Un crítico norteamericano ha dicho de ella que parece haber salido de un cuadro de Edward Hopper. Después de esto yo ya no necesito saber mucho más sobre la trama. De hecho, no quiero saber más; lo que quiero es que llegue el momento de ir a la librería, de comprar la novela, manosearla y olerla antes de disfrutar de unas cuantas tardes de felicidad tumbada en mi sofá.
Si es que por algo el otoño es mi estación favorita...

 

posted by Ainhoa on 12:07 p. m. under

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La risa del senegalés

Llegó justo cuando terminábamos de desayunar. El restaurante, en comparación con el resto del hotel, tenía un desconcertante aire moderno gracias a un mínimo mobiliario en rojo y negro. La habitación en la que habíamos pasado la noche también era minimalista, pero de una forma mucho más áspera. Las paredes estaban pintadas en un tono verde desvaído, las baldosas del suelo eran rugosas y estaban descoloridas. En el baño la luz no paraba de temblar, el grifo del lavabo goteaba y el agua tenía un color pardo un tanto sospechoso. Afortunadamente, las camas no eran del todo incómodas.
A las cinco de la mañana, tal vez las seis, el almuecín entona la llamada a la oración. Me despierto sin saber muy bien dónde estoy, empapada en sudor. Él también se despierta. Salimos al balcón envueltos en las sábanas. Ante nosotros se extiende una ciudad destartalada en la que no sabemos si los edificios están a medio construir o se están derrumbando. Vemos a un mendigo que dormía en una acera dirigirse al centro de la calle, con paso lento, y colocarse en dirección a la Meca para comenzar el rezo. Entonces nos miramos y sonreímos, casi con vergüenza, porque empezamos a comprender que la palabra injusticia va a perder definitivamente su carácter abstracto y porque, a pesar de todo, nos gusta estar allí, en ese balcón, escuchando la llamada doliente a los fieles, envueltos en un calor pegajoso, tan lejos de Madrid, tan diferentes y libres, y con la extraña sensación de estar un poco más cerca de lo que queremos ser.
Como ya he dicho, vino a buscarnos cuando estábamos terminando de desayunar. Era un senegalés delgado y fibroso, de unos cuarenta años, que nos sorprendió con su castellano casi perfecto y sus movimientos precisos. Su voz era tosca, sonaba desgastada, pero te miraba a los ojos al hablar. No tardamos mucho en descubrir su carácter alegre y lo mucho que le gustaba reír.
A lo largo de aquellos días, mientras recorríamos las carreteras, que en realidad eran caminos de arcilla llenos de baches y charcos que parecían lagunas, nos contó infinidad de historias. Era un hombre orgulloso y presumía de sus días de luchador; decía pertenecer a una tribu de hombres fuertes y ágiles, e incluso, aseguró, había llegado a luchar con leones. También había estado en Madrid e insistía en que las nuevas barriadas que se estaban construyendo en Dakar se parecían mucho a las de Majadahonda, tratando de maquillar de esta forma el evidente atraso de su país. En esas situaciones no me manejo demasiado bien (el sentimiento de culpa del occidental) y no me atreví a decirle que no hacía falta, que nadie les estaba acusando de nada. ¿Acaso se les podía acusar de algo? También nos habló del carácter sagrado del baobab y de los poderes curativos de su fruto, el pan de mono. Manifestó sin pudor su odio hacia los franceses así como la admiración que sentía por Léopold Sédar Senghor, poeta senegalés que llegó a ser el primer presidente de la república tras independizarse de Francia. Historias y más historias, algunas creíbles; las otras, las que no lo eran tanto, eran las más divertidas.
Con él recorrimos Dakar, sus mercados, sus calles descompuestas. Nos presentó a comerciantes y artistas, todos igual de risueños y orgullosos. Viajamos en piragua entre los manglares del delta del Siné-Saloum, visitamos el Lago Rosa, la Isla de las Conchas y la de Goreé, donde nos explicó que no sudaba porque no comía grasa y apenas bebía, y allí estábamos nosotros, medio muertos, sudando años de embutidos y cocidos.
Recuerdo una tarde en un campamento de casas de adobe, a orillas del mar, donde tuvimos que esperar varias horas a que en un poblado cercano dieran permiso para poner en marcha el generador de luz y agua. Nos sentamos fuera de nuestra cabaña rojiza, en el suelo, mientras anochecía y una suave brisa refrescaba el ambiente. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí recuerdo su risa, efusiva y afable, y la nuestra, más comedida. También recuerdo que pensé que quizá Senegal no tuviera grandes monumentos y seguramente sus paisajes fueran de los más discretos de África, pero en ese momento marginal, todavía sucios por la arcilla del camino, con las primeras estrellas asomando en el cielo, aquel lugar me pareció el más hermoso del planeta.

 

posted by Ainhoa on 5:24 p. m. under

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El credo de Paul Bowles


"El credo de Bowles era sencillo. Creía que el amor era un obsesión anormal. No tuvo amigos de verdad, y cuando los tuvo (como ocurrió con el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa) su relación fue la del padre que no quería tener hijos con el hijo que no quería tener padre. Decía que eran mucho más interesantes las historias que podían terminar mal que aquellas que salían bien. Repetía a menudo la misma frase: "Yo no soy nadie". Insistía en que la palabra "cruel" y la palabra "realista" eran sinónimas. El pasado le parecía un paisaje inalterable del que no lamentaba nada. Si alguien mencionaba la palabra "moral", Bowles replicaba: "¿Quién decide qué es moral y qué no lo es?" Cuando alguien le hablaba de Tánger o del resto del mundo , él gruñía con desdén: "Todo empeora". Y estaba convencido de que las dunas del desierto eran el paisaje más hermoso del mundo, tal vez el único bello de verdad."

Eduardo Jordá ( Las fotos de Paul Bowles, incluído en su libro Los lugares que no cambian)

 

posted by Ainhoa on 7:11 p. m. under ,

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Master of Puppets y unas entradas para la ópera




El jueves pasado cumplí treinta y tres años. Yo siempre había creído que moriría joven pero, como dice mi amado con ese humor suyo, eso ya no puede ser.
Pasé el día hablando con mi familia y mis amigos. Por la noche tenía las orejas doloridas y el corazón contento. También me hice con unas cuantas promesas de futuras celebraciones con unos y con otros, porque unos están aquí y otros allí. Y con unas entradas para la ópera Un ballo in Maschera, de Verdi, y el Master of puppets, de Metallica, por cortesía de mi amado, el que me llama vieja con tanta gracia. En conjunto (genial conjunto), uno de los mejores regalos que me han hecho nunca.
Con Metallica me meto hasta en la ducha; para disfrutar de Verdi tendré que esperar hasta octubre. Entonces os contaré.

 

posted by Ainhoa on 9:45 p. m. under ,

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Elephant




Un cielo azul líquido. Las nubes avanzan como si fueran humo. De fondo se oyen las voces de unos chicos haciendo deporte. La noche se precipita y solo nos deja ver la luz de una farola.
Así comienza Elephant, anocheciendo.
El día siguiente será un día otoñal de sol débil, con las hojas de los árboles cubriendo las aceras. Uno más, en apariencia.
John tendrá que lidiar con su padre alcohólico, Elías seguirá haciendo fotografías para completar su portafolio, Nathan se reunirá con su novia después del entrenamiento, Michelle tratará de sobrevivir otra jornada a pesar de sus complejos...
Todo parece tan normal que produce escalofríos. Puede que sea ese instituto, tan silencioso a veces como un templo. Puede que sea porque la cámara nos obliga a perseguir a los personajes por los pasillos, aunque no queramos, de forma hipnótica, sin poder advertirles de lo que va a ocurrir, manteniendo la distancia. La misma distancia que Gus Van Sant mantendrá durante la matanza.
Aquí no hay héroes de última hora ni conatos de discursos grandilocuentes, no hay resoluciones increíbles; por no haber, no hay ni razones de peso evidentes. Tan solo unas cuantas pistas.
El resto es cosa nuestra, pura especulación, exactamente igual que si hubiera ocurrido en los pasillos de nuestro instituto.

 

posted by Ainhoa on 11:30 a. m. under

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Rincones y cosas





 

posted by Ainhoa on 11:13 a. m. under

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Las Negras

Las Negras es un pueblecito costero del Cabo de Gata. De todos los que allí hay no es el más bonito ni el que tiene la mejor playa. De hecho es un pueblo más bien incómodo, denso, con una calle principal en la que se amontonan los coches y que va a dar a una playa de piedras estrecha y algo sucia, y algunos edificios de apartamentos construidos con muy poco gusto, al estilo de los años setenta, aunque dudo mucho que sean tan primitivos.
Pero también hay casas de pescadores, de esas que no se venden, en ningún sentido. Y bares tranquilos. Y barcas de colores desvaídos reposando sobre las piedras. Y unas vistas fastuosas de las montañas que se precipitan al mar.
Las Negras era hasta hace poco una especie de contradicción moderada: el aire hippie del lugar y la especulación inmobiliaria más o menos controlada conviviendo en una armonía aparente.
Y digo era porque ahora ya no sé qué pensar; bueno, sí lo sé, de nada sirve engañarse a una misma. A pesar de que la aparición gradual de algunas casas nuevas encaramadas en la complicada orografía de la zona no podía presagiar nada bueno, nunca pensé que nadie se atreviera a construir con tanto descaro. A pisotear aquel lugar y escupir encima.
Cuando nos topamos con el centro comercial creí que nos habíamos confundido de pueblo. Porque sí, en mitad del pueblo han construido un centro comercial con aspecto de cárcel, incongruente, falso, insultante. Lo más triste de todo es que tiene un aspecto tan desolado que niega cualquier justificación que su presencia pudiera tener en un lugar tan pequeño, constreñido entre las montañas y el mar. Es como una premonición doliente de un futuro polvoriento. Una mole de hormigón en la que la mayoría de los locales están huérfanos (no sé si decir “ya” o “todavía”), en mitad de un pueblo que hasta ahora se las apañaba más o menos bien para conservar la dignidad.
Supongo que para compensar, a modo de propina inconveniente, además han construido una especie de paseo en mitad del pueblo, más allá de una rotonda (nueva también), al lado del centro comercial y lejos del mar, lo que todavía resulta más patético.
El conjunto es tan triste como un desengaño.

 

posted by Ainhoa on 1:18 p. m. under

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El libro de la almohada II

"Cosas que hacen latir deprisa el corazón...
Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un lugar donde juegan niños. Dormir en una habitación donde se ha quemado incienso. Advertir que un elegante espejo chino está un poco empañado. Ver a un caballero que detiene su carruaje frente a nuestro portón y ordena a sus servidores que lo anuncien. Lavarse el pelo, acicalarse y ponerse ropas perfumadas. Aunque nadie lo vea, sentimos un íntimo placer.
Es de noche y uno espera una visita. De pronto nos sorprende el sonido de las gotas de lluvia que el viento arroja a las persianas."

Esta es la lista número quince en el libro de Sei Shonagon. Hay otras:
cosas y gentes que deprimen, cosas odiosas, cosas que despiertan una querida memoria del pasado, cosas infrecuentes, cosas espléndidas, cosas incómodas, cosas que sorprenden y afligen, cosas que dan sensación de limpio, y de sucio, cosas presuntuosas, cosas desagradables...
No todo son listas, a veces son impresiones u opiniones sobre festivales, la visita de un amante, un atardecer durante el reinado del Emperador Murakami o el biombo corredizo que hay al fondo de la sala. Da igual si el objeto de su escritura es importante o banal, persona o cosa, una costumbre o un hecho repentino, ella los describe con la misma elegancia.
También habla sobre la vida en la corte ( fue dama de la emperatriz Sadako), incluída la de los criados. En estos párrafos se puede apreciar su clasismo con nitidez cuando habla de la falta de decoro, de ingenio e incluso de inteligencia de las clases inferiores. No quiero justificarla, pero no se puede juzgar una obra del siglo X como si estuviera escrita en la actualidad; las circunstancias son totalmente distintas y la mayoría de los argumentos que utiliza para alcanzar semejantes conclusiones hoy provocarían la risa de la mayoría.
Sei Shonagon es irónica, divertida ("Un predicador debe ser bien parecido, porque para entender con propiedad su palabra y sus sentimientos debemos mantener la vista fija en él mientras habla.") , insolente, romántica, sensible ("Durante las largas lluvias del Quinto mes...: De noche, en los verdes espacios de agua solo se ve el pálido fulgor de la luna. En cualquier hora y en cualquier lugar me conmueve la luna."), dulce, implacable ("Cosas sin mérito: una persona fea de mal carácter.").
Puede ser lo que le dé la gana, como tantos otros que escribieron un diario sin la presión de pensar en un hipotético lector, sin imaginar que un día sus palabras serían publicadas.

 

posted by Ainhoa on 12:17 p. m. under ,

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El libro de la almohada, de Sei Shonagon




Hace varias semanas hablé aquí de The pillow book, la película de Peter Greenaway, cuya trama gira en torno a un libro, una especie de diario íntimo (ese es precisamente el título de la película en castellano, El diario íntimo) escrito por Sei Shonagon. Entonces creí que Sei Shonagon era una invención de Greenaway, una especie de excusa argumental, hasta que descubrí que esa autora existió de verdad y que escribió El libro de la almohada alrededor del año 994.
Por supuesto, lo compré.
Sé que no es muy frecuente hablar de un libro antes de haberlo leído, pero en este caso me ha bastado con leer el prólogo, ágil, conciso, bello, de María Kodama para que me apeteciera escribir sobre él.
Kodama tradujo la obra junto a su marido, J.L. Borges. En este prólogo habla de la fascinación que Borges sentía por la literatura japonesa (y por otras dos que, curiosamente, también surgieron en una isla: la inglesa y la islandesa) y de la pena que sentía por tener que acceder a ella a través de traducciones. A pesar de ello, no quiso que nuestro idioma se quedara sin una traducción castellana de esta obra que él tanto admiraba.
El libro de Sei Shonagon, cuenta Kodama, está compuesto por anotaciones diarias, descripciones de la vida en la corte (ella fue dama de la emperatriz Sadako) y listas, hasta ciento sesenta y cuatro listas de aquello que amaba, aquello que odiaba o aquello que, simplemente, llamaba su atención, como insectos o plantas. Escribir este tipo de diarios, de cuadernos de almohada (llamados así por la costumbre japonesa de guardarlos en las almohadas, que solían ser huecas), parece que era un hábito muy extendido en Japón (ignoro si lo sigue siendo).
María Kodama advierte que el libro de Sei Shonagon es estructuralmente complejo, lo que se puede deber a las continuas reorganizaciones que los diferentes estudiosos del mismo han realizado al cabo de los siglos, porque este libro está considerado una obra maestra en Japón y a Sei Shonagon como la representante literaria más destacada del periodo Heian (el que va del año 794 al 1185).
Además del prólogo, apenas he leído dieciocho páginas, pero en ellas se puede percibir esa personalidad aguda, observadora y sensible a la belleza del mundo y el destino de las cosas de la que habla Kodama con admiración.
Os contaré el resto cuando termine de leerlo.

 

posted by Ainhoa on 6:15 p. m. under

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Incubus - I wish you were here

Odio las primeras horas de la tarde. Siempre ha sido así. Sobre todo en verano, cuando el sopor cae sobre mí y me irrita de tal manera que me quita las fuerzas para hacer cualquier cosa; incluso soy incapaz de leer.
Supongo que podría solucionarlo con una siesta, pero es que yo sólo duermo por las noches.
Recuerdo que cuando era niña, antes de ir a la piscina, mi madre nos obligaba, a mi hermano Asier y a mí, a dormir la siesta. Imagino que lo único que quería era descansar de nosotros y de nuestras continuas peleas, pero yo no podía evitar odiarla con todas mis fuerzas. ¿Por qué no entendía que yo no quería dormir, que me aburría? (Por supuesto mi hermano no tardaba ni un minuto en arrancarse a resoplar.)
Recuerdo la sensación de angustia y de soledad en aquellas horas de persianas bajadas porque hoy, que ya vivo en mi propia casa y casi nunca bajo las persianas, la sigo teniendo.
Tendré que resignarme a vivir con ella y tratar de contrarrestar sus efectos con cosas como esta canción de Incubus, por ejemplo, que tiene poderes revitalizantes. Va en serio.

 

posted by Ainhoa on 5:39 p. m.

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Nocturno Hindú, de A. Tabucchi


Nocturno hindú es un libro fragmentado y breve escrito por Antonio Tabucchi en el que se narra el viaje de un escritor en busca de un amigo perdido en la India.
En él, casi siempre es de noche, casi todo se observa desde las habitaciones de los diferentes hoteles en los que el protagonista se alojará a lo largo del camino; esta no es la India colorista de las fotografías, es una India apagada e indescifrable.
Pronto surge la duda: ¿realmente está buscando a su amigo? A ese amigo apenas nos lo presenta, es un esbozo sin rostro que intuimos que ni siquiera quiere ser encontrado, entonces, ¿por qué la molestia? ¿Qué pasó entre ellos y esas dos mujeres que reían sobre una colina mediterránea?
El final es de los que no se olvidan facilmente.

 

posted by Ainhoa on 3:35 p. m. under ,

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Metallica-Fade To Black

El pasado 31 de mayo pude ver a Metallica en concierto. Han pasado varios días, pero todavía tengo la sensación de que algo retumba en mi corazón, en mi estómago, en mi cabeza.
Me habían dicho que Metallica era muy grande en concierto, pero yo no podía imaginar cuánto.
Ahora ya no necesito imaginar nada. Ahora lo sé.

 

posted by Ainhoa on 2:07 p. m.

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La imaginación y la memoria. Los libros.

" A lo largo de la historia el hombre ha soñado y forjado un sinfín de instrumentos. Ha creado la llave, una barrita de metal que permite que alguien penetre en un vasto palacio. Ha creado la espada y el arado, prolongaciones del brazo del hombre que los usa. Ha creado el libro, que es una extensión de su imaginación y de su memoria.

A partir de los Vedas y de las Biblias, hemos acogido la noción de libros sagrados. En cierto modo, todo libro lo es. En las páginas iniciales de El Quijote, Cervantes dejó escrito que solía recoger y leer cualquier pedazo de papel impreso que encontraba en la calle. Cualquier papel que encierra una palabra es el mensaje que un espíritu humano manda a otro espíritu. Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie."
Jorge Luis Borges

El pasado martes fui a la Feria del Libro de Madrid. Hacía un calorcito agradable y no había demasiada gente, lo que me puso de buen humor y me animó a no pensar en el dinero que me estaba gastando. Me sentía tan bien, tan afortunada con todos esos libros en mi mochila... El libro de la almohada, de Sei Shonagon; Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi; Amrita, de Banana Yoshimoto; Cuadernos de la guerra, de Marguerite Duras; Diarios (1925-1930), de Virginia Woolf; Un soplo de vida, de Clarice Lispector; Sauce Ciego, Mujer Dormida, de Haruki Murakami. ¿Cómo no me voy a sentir afortunada?


 

posted by Ainhoa on 12:38 p. m. under

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Obras, tapones y poesía china


Hoy han empezado las obras en mi edificio. Llevaban amenazando con ello varios meses y, cuando ya casi me había olvidado del tema, ha comenzado el ruido, madrugador y contundente.
Lo primero que he hecho esta mañana es ir a la farmacia y comprar unos tapones para los oídos. Lo segundo, preguntarle a uno de los albañiles cuánto va a durar el infierno. Afortunadamente no va a ser tanto como me temía, apenas semana y media.
Hace unos minutos, con los tapones en los oídos (bendito invento), he terminado de leer un artículo sobre los pasajes líricos de la poesía china en los que se utilizan lo que se llaman palabras vacías. Con ellas se pretende que el ch`i (aliento o espíritu) circule por el poema, que le permita respirar. El vacío es el eje en torno al que se contruye el poema, el que define la relación entre las palabras. Supongo que tendría que leer alguno de estos poemas para llegar al meollo de la idea, pero como tal, como idea, ahora que voy a pasar unos días de nervios acumulados en el estómago por el molesto ruido de un taladro gigante, no puede dejar de parecerme sugerente. Pienso en ese vacío acariciando los contornos de las palabras como el aire acaricia las copas de los árboles e imagino paisajes lejanos; algunos los he visitado, otros sólo existen y existirán, lo sé, en mi imaginación, en una imaginación que ahora anda apretujada, que parece más densa, por la presión de unos tapones de espuma blanda.

 

posted by Ainhoa on 2:05 p. m. under ,

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Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector

Clarice Lispector

"Gastó muchos años de su existencia en la ventana, mirando las cosas que pasaban y las que estaban paradas. Pero la verdad era que oía más que veía la vida dentro de sí. La fascinaba su ruido, como el de la respiración de una tierna criatura; su dulce brillo, como el de una planta recién nacida. Todavía no se había cansado de existir y se bastaba tanto a sí misma que a veces tal era su felicidad que sentía que la tristeza la cubría como la sombra de un manto, dejándola fresca y silenciosa como un atardecer. Ella era en sí en propio fin."

Clarice Lispector (1920-1977) fue una escritora de sensaciones, difícil de clasificar en un mundo ávido de etiquetas.
Enfrentarse a su narrativa es como enfrentarse a una sinfonía de Mahler, requiere paciencia y una cierta valentía, pero ¿qué es eso en comparación con lo que al final uno recibe?

 

posted by Ainhoa on 1:13 p. m. under

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Sábado por la tarde

La lluvia cae, intensa, como si fuera eterna.
Un estallido. Después, confusión.
Una colisión en el cruce que veo desde mi ventana.
Contemplo idiotizada cómo un coche negro sale volando hacia atrás, literalmente, como en una película de acción. Pero es grande y fuerte. Creo que no ha sufrido demasiado. El otro, el verde, permanece en el centro del cruce, desolado, hecho añicos.
Los ocupantes parecen estar bien. Están asustados.
El de la sudadera amarilla me recuerda a mi hermano.
La lluvia sigue cayendo, intensa, como si fuera eterna.
En mi salón suena Dosed. ¿Cómo pudieron destrozar una canción tan hermosa con ese estribillo tan agudo, tan simplón? ¿En qué estaban pensando?
Quiero caminar bajo la lluvia, pero tengo frío y me puede la pereza. Seguiré contemplando cómo cae desde mi ventana, ahora que la grúa se ha llevado el coche verde. Verde y vencido.

 

posted by Ainhoa on 4:54 p. m. under

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Demian, de Herman Hesse


Hace un par de semanas terminé de leer Demian, de Herman Hesse. Lo hice porque me lo recomendó un amigo en cuyo criterio confío, olvidando casi que en el que no confío demasiado como novelista es en Herman Hesse. Pero con Demian todo parecía diferente, al menos al principio.

Comienza narrando el paso de la infancia a la juventud de Emil Sinclair, un niño de familia acomodada que crece atormentado por sus deseos de hacer el bien y la atracción que sobre él ejerce el mal. Durante estos tortuosos momentos de transición se encontrará con Demian, un nuevo compañero de clase, enigmático y con una gran personalidad, que le ayudará a liberarse de algunos demonios y le dará su amistad.

Hasta aquí todo va bien. Los personajes están bien definidos y la historia se desarrolla en un plano concreto. Pero llegamos al momento en el que Sinclair y Demian se separan. A Demian lo perdemos de vista durante bastantes páginas, pero seguimos los pasos erráticos de Sinclair, y a partir de aquí todo se desdibuja: la historia, el personaje, el conflicto... En su lugar aparecen ideas y más ideas, la mayoría interesantes, no lo voy a negar, pero que acaban convirtiendo a la novela en algo que ni es novela ni ensayo, que es todo abstracción.

Hacia el final reaparece Demian y con él su madre, una mujer tan enigmática como su hijo de la que se enamorará Sinclair, y que es un personaje absurdo creado para evitar profundizar en lo que se sugiere desde el principio: el amor que Sinclair siente por Demian.

Es por eso que, una vez más, Hesse me decepcionó; porque en sus novelas crea unas expectativas, plantea una historia y un conflicto para luego olvidarse de ellos y pasar a exponer una ideología que limita el argumento, acaba con todos los planteamientos y pierde el respeto a los personajes.



 

posted by Ainhoa on 12:00 p. m. under ,

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La cabeza siniestra (1887) - Edward C. Burne-Jones


El pintor inglés Edward C. Burne-Jones (1833-1898) fue una de las figuras más importantes del último periodo del movimiento prerrafaelita.
Su interés por los mitos de los antiguos dioses griegos le llevó a realizar un ciclo cuya figura principal era Perseo y que concluyó con esta obra, La cabeza siniestra, que hoy se puede contemplar en la Staatsgalerie de Stuttgart.
Este mito cuenta que Medusa era la única hermana mortal de las tres gorgonas, que encarnaban la idea del horror en la Antigüedad debido a su espeluznante aspecto y su carácter vengativo.
Por ello se encargó a Perseo que aniquilara a Medusa. La decapitó mientras dormía, introdujo la infame cabeza en un saco y emprendió el camino a casa. En Etiopía se enamoró de Andrómeda y ganó su amor salvándola del ataque de un terrible monstruo marino. Entonces decidió enseñarle la cabeza de Medusa a través de su reflejo en el agua para demostrarle su valentía y su naturaleza divina, siendo esta la escena que se representa en esta obra de colores luminosos y detalles exquisitos.

 

posted by Ainhoa on 12:37 p. m. under

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Carta de Amedeo Modigliani a Oscar Ghiglia

"Querido amigo:

Te escribo para abrirte mi corazón y para confirmar mis propios sentimientos respecto de mí mismo.
Yo mismo soy el instrumento de fuerzas poderosas que nacen y mueren en mí. Me gustaría que mi vida fuera una fértil corriente que fluyera alegremente sobre la tierra. Hasta el momento tú eres el único a quien puedo contar todo; bien, pues ahora soy rico y fértil en ideas y necesito trabajar.
Estoy tremendamente excitado, pero se trata del tipo de excitación que precede a la felicidad y que es seguido por una actividad vertiginosa no interrumpida por el pensamiento. (...)
Hoy me ha dicho un burgués (me ha insultado) que yo, o más bien mi cerebro, era devastador. Me ha hecho mucho bien. Deberíamos tener un aviso semejante cada día al levantarnos; pero ellos no nos comprenden, del mismo modo que no comprenden la vida. (...)
Adios, amigo mío. Cuéntame cosas sobre ti como yo te las cuento sobre mí. ¿No es ese el significado de la amistad, escribir como uno quiera sobre lo que sea y descubrirse recíprocamente y a nosotros mismos?
Se despide.
Tu Dedo."


Hace unos días fui a ver la exposición de Modigliani en el Museo Thyssen y, aunque tuve oportunidad de ver una mucho más completa hace varios años en Forth Worth (Texas), sin duda mereció la pena. En este caso no está solo; también se pueden contemplar obras de Cezanne, Soutine, Kisling, Foujita o Brancusi, pinturas o esculturas, artistas de su entorno o que fueron su inspiración.



 

posted by Ainhoa on 4:32 p. m. under

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Una casa en el fin del mundo



Una casa en el fin del mundo es un claro ejemplo de la insuficiencia del cine a la hora de adaptar literatura, por muy buena que sea, incluso cuando el guión está escrito por el propio autor del libro.
Porque esta película está basada en la novela del mismo título, una novela en la que los personajes están bien definidos, son intensos, llegas a quererlos porque te dejan participar de la ventaja primordial de la literatura: la de poder meterte en sus mentes.
Sin embargo, en la película toda esa intensidad se queda en el aire por la limitación que supone la imagen, aunque quizá el hecho de que algunas escenas cruciales hayan sido sustituidas por otras menos rotundas tampoco ayude mucho a la total comprensión de la complejidad de lo que se cuenta.
Al final sentí como si a Michael Cunningham le hubieran encargado la elaboración del guión en una época en la que se sentía demasiado cansado para enfrentarse a la misma historia de nuevo.
Aún así, no todo es tan malo, porque si hay algo destacable es el trabajo que tanto Erik Smith en su etapa adolescente, como Collin Farrell en la adulta, hacen al interpretar a Bobby Morrow, que es un personaje fascinante. Un chaval que pierde a su familia, se queda sin referencias siendo muy joven, pero a pesar de todo se esfuerza por adaptarse a su vida, por actuar con normalidad, aunque no podrá abandonar ese aire ausente y desconcertante que de alguna forma acaba por definirlo. ( "Su modo de hablar, todos sus modales, eran como los de un extrajero en proceso de aprender las costumbres del país. A lo que más se parecía era a algún refugiado de un sitio cercano, mal alimentado y que se desvivía por complacer."). Ambos actores, a través de miradas y gestos, se acercan bastante a lo que yo había imaginado mientras leía la novela, y para mí, sólo por eso, ya merece la pena ver la película.

 

posted by Ainhoa on 7:21 p. m. under ,

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The pillow book y la intensidad


Estoy aprendiendo a no hacer varias cosas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, ahora ya no tengo prisa. Pero el caso es que hasta hace unos meses sí la tenía: prisa por conseguir algo de tiempo libre con la esperanza de poder emplearlo en la difícil tarea de recordarme a mí misma que todavía seguía siendo un ser humano.
Pero, como he dicho, todo eso forma parte del pasado. Aún así no me está resultando nada fácil deshacerme de ciertas rutinas incómodas adquiridas durante años de dedicación a la causa material de otros, en lugar de a mi propia persona.
Por eso todavía leo y veo una película a la vez. O escribo emails mientras como y escucho música. O soy capaz de mantener una conversación mientras sigo el hilo de alguna de mis series favoritas. O ...
Pero el otro día comencé a ver The pillow book, la película de Peter Greenaway, y aunque tuve el impulso de levantarme del sofá para coger la novela que estaba leyendo, pude resistirlo, como un alcohólico decidido por fin a comenzar una nueva vida. Tal vez fueron las imágenes, oscuras, sugerentes, superpuestas (algo que en otros casos me irrita bastante), o la música, tan inquietante; o el cuerpo desnudo de Ewan McGregor cubierto de caracteres japoneses. El caso es que algo me obligó en un principio a permanecer sentada, paralizada casi. Luego la propia historia hizo el resto. Cuando terminó me sentía exhausta, como si hubiera realizado un gran esfuerzo (que probablemente lo hice, dada mi estúpida inquietud natural).
Más tarde probé a leer sin más sonido que el de la palabra escrita retumbando en mi cerebro. Nada de música, ni de televisión.
Después comí, en silencio también, saboreando cada bocado.
Luego escuché música con los ojos cerrados, tumbada en el suelo.
Aunque parezca una tontería, aquel día la vida me pareció mucho más intensa.

 

posted by Ainhoa on 6:10 p. m. under , ,

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César Manrique, un tipo con suerte.












Lanzarote fue el inmenso patio de juegos de César Manrique desde 1968. Como un niño mimado, hizo lo que quiso en la isla con permiso de sus papás, es decir, de las autoridades, sin importarle la lava ni las incipientes embestidas del turismo de masas, sino más bien sacándoles la lengua, desafiante, arrogante como eso, como un niño mimado para el que los límites no existieron. Afortunadamente para nosotros.

Fotografías:

Jardín de Cáctus
Fundación César Manrique
Los Jameos del Agua
Teguise
Abril 2008

 

posted by Ainhoa on 1:18 p. m. under ,

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury


"Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios y creadores, la palabra intelectual, claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente inteligente, que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro, y lo detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales como dice la Constitución, sino hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, son todos felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo."

 

posted by Ainhoa on 12:40 p. m. under

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Plata Quemada - Ricardo Piglia







"En la cárcel me hice puto, drogadicto, me hice chorro, peronista, timbero, aprendí a pelear a traición, a partir la nariz de un cabezazo a tipos que si los mirás torcido te rompen el alma, aprendí a llevar una púa escondida entre los huevos, a meterme las bolsitas de la merca en el ojo del culo, me leí todos los libros de historia de la biblioteca, porque no sabía qué hacer, me podés preguntar quién ganó la batalla que se te cante en el año que quieras y yo te lo digo, porque en la cárcel no tenés un pomo que hacer y entonces leés, mirás el aire, te aturde el ruido que hacen los grasas ahí encerrados, te envenenás, te llenás de veneno como si lo respiraras, escuchás a los bonchas contar siempre las mismas boludeces, pensás que es jueves y en realidad recién es el lunes a la tarde, yo aprendí a jugar al ajedrez, aprendí a hacer cinturones con el papel plateado de los cigarrillos, aprendí a cogerme a mi novia de parado en el patio, en el horario de las visitas, en una especie de carpita hecha con una sábana, en un costado, los otros internos te ayudan, si ellos también están con la señora y los pibes y se tienen que esconder para echarse un polvo, las minas son de fierro, se bajan los calzones, se te sientan encima, mientras los guanacos te espían, te gozan, se ríen de lo boludo y lo caliente que está uno, hombres grandes que no pueden coger, porque para eso te encanan, para que no puedas garchar, por eso te llenás de veneno, te tienen en una heladera, te meten en una jaula llena de machos y nadie puede coger, vos querés y te verduguean, o peor, te hacen sentir un mendigo, un croto, terminás hablando solo, viendo visiones (y Gaucho lo dejaba hablar, le decía que sí, a veces incluso le agarraba la mano, en la oscuridad, los dos despiertos, fumando, boca arriba, en la cama, en alguna pieza, en algún hotel, en algún pueblo de la provincia, escondidos, guardados, los mellizos tomados de la mano, rajando de la taquería, con la pistola en el piso envuelta en una toalla, el auto escondido entre los árboles, parando un poco la marcha, tratando de descansar y de calmarse, dejar de rajar por lo menos una noche, dormir en una cama). Y el Nene se alucinaba, ahí había aprendido a sentir el veneno de los valerios que lo verdugueaban porque sí, porque era joven, porque era lindo, porque tenías un gorompo más grande que el de ellos (decía el Nene), aprendía a guardarme el odio adentro, terrible la vena, como un fuego, el odio es lo que te mantiene vivo, te pasás la noche sin poder dormir, en la jaula, mirando la lamparita en el pecho, que titila, débil, medio amarilla, prendida las veinticuatro horas para que te puedan espiar, para obligarte a tener las manos afuera de las cobijas y que no te hagas la muñeca, pasa un valerio y levanta la mirilla y te ve ahí, despierto, pensando. Aprendés sobre todo a pensar cuando estás en la gayola, un preso es por definición un tipo que se pasa el día pensando. ¿Te acordás, Gaucho? Vivís en la cabeza, te metés ahí, te hacés otra vida, adentro de la sabiola, vas, venís, en la mente, como si tuvieras una pantalla, una tele personal, la metés en el canal tuyo y proyectás la vida que podrías estar viviendo o ¿no es así, hermanito?, te hacen de goma, te metés para adentro y viajás, con un poco de droga que consigas, chau, estás en otra, te tomás un taxi, bajás en la esquina de la casa de tu vieja, entrás en el bar de Rivadavia y Medrano a mirar por la ventana a los tipos que baldean la vereda, cualquier gansada. Una vez estuve como tres días haciendo una casa, te juro, empecé con los cimientos y la fui haciendo, de memoria, la casa, los pisos, las paredes, las escaleras, el techo, los muebles. Después que la terminás de hacer, le ponés una bomba y la hacés explotar, todo el tiempo pensás que los tipos quieren volverte loco. Que están para eso. Y te vuelven loco, tarde o temprano. Si estás todo el tiempo pensando. Tuviste tantas ideas al final del día y tan poco movimiento que sos, no sé, como esos tipos que se subían a una montaña y se ponían a meditar seis, siete años, ¿no?, los eremitas, se llamaban, en una cueva, los tipos, piensan en Dios, en María Santísima, hacen promesas, no comen, son como uno cuando está en cana, tantos pensamientos y tan poca experiencia real, que al final sos como un cráneo, como una maceta, con una planta, los pensamientos se te arrastran como gusanos en la bosta. Si yo te contara las cosas que pensé estando en cafúa habría para hablar, no sé, la misma cantidad de tiempo que estuve preso."

 

posted by Ainhoa on 7:39 p. m. under

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Rufus Wainwright - Going to a town (official)

I´m going to a town that has already been burnt down.* I´m going to a place that has already been disgraced.* I´ m gonna see some folks who have already been let down.* I´m so tired of America.* I´m gonna make it up for all of the Sunday Times.* I´m gonna make it up for all of the nursery rhymes.* That never really seem to want to tell the truth.* I´m so tired of you America.* Making my own way home.* Ain´t gonna be alone.* I got a life to lead.* America.* I got a life to lead.* Tell me. Do you really think you go to hell for having loved?.* Tell me. And not for thinking that everything you´ve done is good?* I really need to know.* After soaking the body of Jesus Christ in blood.* I´m so tired of America.* I really need to know.* I may just never see you again or might as well.* You took advantage of a world that loved you well.* I´m going to a town that has already been burnt down.* I´m so tired of you America.* Making my own way home.* Ain´t gonna be alone.* I got a life to live.* America.* I got a life to lead.* I got a soul to feed.* I got a dream to heed.* And that´s all I need. * Making my own way home.* Ain´t gonna be alone.* I´m going to a town that has already been burnt down.

 

posted by Ainhoa on 12:21 p. m.

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Hevel, Quintett, White Darkness - Compañía Nacional de Danza


HEVEL

Nos dicen en el programa que en la antigua poesía hebrea, la palabra "hevel" formaba parte del repertorio de imágenes, que como "agua", "sombra" o "humo" servían para describir la fragilidad y el carácter efímero de la condición humana. También que su uso más destacado se encuentra en el Eclesiastés, donde "hevel" quedó fijado en la versión de la Vulgata como "vanitas". En traducciones modernas aparece como "vacío", incluso "desperdicio". Será en su uso como vanitas, como nada, lapso o vacío, nos advierten, donde "hevel" tiene su sentido en esta coreografía original de Nacho Duato.
El escenario en penumbra. Un gigantesco artefacto metálico articulado, a modo de panel solar que no recogerá ninguna luz, sirve de escondrijo a unos bailarines que se retuercen, que gimen y convulsionan, que se esconden, que caen derrotados pero vuelven a levantarse para continuar con esa lucha infinita por la supervivencia en un mundo hastiado que a fin de cuentas no parece merecer demasiado la pena. Y todo este sinsentido brutal agudizado por una música que se reduce a sonidos estridentes que ponen los nervios de punta y a una serie de golpes esporádicos y rotundos que te obligan a permanecer alerta en todo momento. El vestuario, una segunda piel negra manchada de un rojo sangre desvaído.
Y todo ello combinado, el reflejo terrorífico del vacío existencial.

QUINTETT

Quintett es una coreografía que William Forsythe ideó en colaboración con Dana Caspersen, Stephen Galloway, Jacopo Godani, Thomas McManus y Jone San Martín, estrenada por el Ballet de Frankfurt en 1993.
Es una pieza más optimista que la anterior. En este caso predomina el blanco sobre el escenario y el vestuario de los bailarines tiene colores más alegres (verde, naranja, fucsia, azul...).
Como cinco niños que acaban de conocerse y que sienten curiosidad por el otro, juegan al son de una canción de Gavin Bryars que se repite sin cesar hasta el final. Suben y bajan escaleras, se persiguen, se tocan, se pelean, se reconcilian, bromean, retan, sonríen, todo con movimientos que parecen ir más allá de las posibilidades del cuerpo humano. Un caos perfecto.

WHITE DARKNESS

Nacho Duato hace en esta creación "una reflexión abierta sobre el mundo de las drogas y el efecto que éstas pueden ejercer en nuestro comportamiento social, en nuestras vidas".
White Darkness tiene un aire más clásico en sus movimientos, con momentos brillantes de plasticidad y un dinamismo vertiginoso en las partes grupales, mientras que los momentos en que sobre el escenario baila sola la pareja principal tienen una gran intesidad dramática, angustiosa a veces, porque él quiere salvarla y ella no se deja y huye, o trata de hacerlo a través de pasos tan hermosos como desesperados, solo para que él vuelva a contenerla de nuevo entre sus brazos, hasta que al final, una cascada de polvo blanco cae sobre ella, sepultándola poco a poco, ante la mirada impotente de él.




 

posted by Ainhoa on 12:05 p. m. under

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Porque lo prometido es deuda...




Os dije que iba a hablar de ello y aquí estoy, dispuesta a hacer un breve resumen (cualquier otra cosa requeriría un esfuerzo demasiado intenso y me temo que el resultado os podría parecer aburrido, ya que las obsesiones ajenas, igual que el relato detallado de los sueños de otro, no suelen despertar un interés duradero) del recorrido por las entrañas de esas cinco canciones maravillosamente imperfectas que componen el álbum AWII, de Ataxia.

Abre con Attention: un platillo, unos golpes de batería inquietantes, el sonido rotundo del bajo de Joe Lally y por fin, la guitarra y la voz metálica (y sorprendente, en este caso por lo segura) de John Frusciante, y yo un poquito más cerca de la felicidad, absoluta y perturbadora, de esa que no se puede soportar durante demasiado tiempo, porque una corre el peligro de descomponerse en piezas diminutas que nunca más será capaz de juntar, y eso siempre da un poco de miedo.

Union, otra vez el bajo poderoso de Joe Lally pero la voz de Frusciante aquí es vertiginosa, más amable, aunque un poquito triste también y entonces me sobreviene el deseo de un abrazo, especialmente durante el solo de guitarra, en el que se cuelan unos lamentos que se retuercen y se hacen añicos, quizá por esa chica que dice que conoce y que está a punto de morir. No lo sé, porque el resto son fogonazos de inspiración, versos inconexos, advertencias y reproches distorsionados por un sintetizador.

Hands, es eso, manos aplaudiendo, llevando el ritmo invariable y angustioso de una canción que habla de manos una y otra vez, manos que se mueven y golpean dos veces el mundo, allí, en la luz majestuosa, y nos dominan y hacen planes por nosotros because we´re meant to be unplayed (¡qué miedo!). Ten por seguro que si buscas refugio en los bosques, a mí me gustaría ir contigo.

The soldier me resulta demasiado familiar al principio; me recuerda a The Doors, lo que no interpreto como una mala señal, ni mucho menos, pero me alegra que poco a poco se vaya introduciendo en esos caminos oscuros e inquietantes en los que Frusciante se suele perder, y yo con él, durante diez minutos exactos, en sus graves y sus agudos, en su voz a veces forzada, a veces deformada, en la que distingo ecos de guerras, fantasmas y oraciones, partes de un todo que todavía me resulta demasiado complicado de entender.

The empty´s response. Aquí Frusciante calla para dejar que la voz aniñada y suave, quebradiza a veces, de Josh Klinghoffer te acaricie; una voz tímida, como de ojos cerrados y mejillas sonrosadas, que habla, que canta sobre un amor imposible, y el cielo y el infierno, sobre la cobardía y la respuesta del vacío al porqué. Y yo pienso, no puedo evitarlo, que esta canción es como un rumor encerrado en una campana de cristal. Si es que eso puede tener algún sentido.

 

posted by Ainhoa on 1:45 p. m. under ,

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El parque


Frente a mi casa hay un parque. Esta mañana he estado sentada en un banco, al sol, leyendo. Una estampa tan típica que asusta. Pero mientras estaba allí, sola, conversando en silencio con el protagonista del libro, me he dado cuenta de lo poco que he aprovechado este lugar en los más de dos años que llevo viviendo en este piso, y me he prometido que voy a volver cada mañana (o al menos, todas las que me sea posible), temprano, antes de que se llene de abuelos, niños y perros y ensucien mi soledad.
Imagen: Muchacha leyendo, de Fernando Botero

 

posted by Ainhoa on 5:04 p. m. under

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La invención de Morel




Adolfo Bioy Casares escribió La invención de Morel en 1940 , novela que Jorge Luis Borges calificó de perfecta. Ni más ni menos.


En ella se narra las peripecias de un fugitivo de la justicia que se refugia en una isla desierta por ser el foco de una extraña enfermedad que primero provoca la degradación física del individuo para después matarlo.


Seguro de que allí nadie le buscará, la repentina aparición de unos turistas que parecen disfrutar de una estancia plácida y frívola le sorprende y asusta. Se esfuerza en permanecer escondido y alerta. Tras una detenida observación descubre que los actos de esas personas se repiten cada ocho días, un misterio que a partir de ese momento tratará de resolver.


Me gustaría desvelar un poco más del desarrollo y el final de la novela, pero no lo haré por si os apetece leerla y sobre todo para no estropear el placer de imaginaros tan perdidos como el protagonista, tan perdidos como lo estuve yo antes de que las piezas comenzaran a encajar.


Más allá de la historia de ciencia ficción que Bioy Casares desarrolla en esta novela corta, aquí se habla principalmente del deseo humano de alcanzar la inmortalidad. También habla de la teoría idealista del solipsismo, del mito del eterno retorno de Nietzsche, del Ensayo sobre el Principio de la Población de Malthus, pero sobre todo llama la atención sobre la devoción del ser humano por una tecnología que podría llegar a suplantarnos.


 

posted by Ainhoa on 4:52 p. m. under ,

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Un rostro, de Alejandra Pizarnik




Un rostro frente a tus ojos que lo miran y por favor: que no haya mirar sin ver. Cuando miras su rostro-por pasión, por necesidad como la de respirar-sucede, y de eso te enteras mucho después, que ni siquiera lo miras. Pero si lo miraste, si lo bebiste como sólo puede y sabe una sedienta como tú. Ahora estás en la calle; te alejas invadida por un rostro que miraste sin cesar, pero de súbito, flotante y descreída, te detienes, pues vienes de preguntarte si has visto su rostro. El combate con la desaparición es arduo. Buscas con urgencia en todas tus memorias, porque gracias a una simétrica repetición de experiencias sabes que si no lo recuerdas pocos instantes después de haberlo mirado este olvido significará los más desoladores días de búsqueda.
Hasta que vuelvas a verlo frente al tuyo, y con renovada esperanza lo mires de nuevo, decidida, esta vez, a mirarlo en serio, de verdad, lo cual, y esto también lo sabes, te resulta imposible, pues es la condición del amor que le tienes.


París, mayo de 1962.
Alejandra Pizarnik

 

posted by Ainhoa on 12:48 a. m. under

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El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad


Joseph Conrad, en su obra El corazón de las tinieblas, nos propone dos viajes: uno al corazón de la selva y otro al interior de Marlow, al descubrimiento de sus propios instintos.
El primer viaje, el físico, nos muestra la crudeza de la política colonial llevada a cabo por los países imperialistas al mismo tiempo que pone en evidencia la degradación moral de los representantes de esa política en los lugares colonizados.
El segundo viaje es el que lleva a Marlow hasta el interior de sí mismo. Comienza convencido de la superioridad del hombre blanco, de lo beneficiosa que para el colonizado es la civilización, con sus reglas y su moral. Pero en su travesía por el río Congo se encontrará con un hombre blanco chapucero, indolente, cruel, ambicioso... y el ejemplo supremo de degradación total en la figura de Kurtz, que es en lo que Marlow se hubiera convertido sin duda de haber permanecido más tiempo en la selva. Marlow espera encontrarse con el hombre eficiente e íntegro del que tanto le han hablado, pero en su lugar se encuentra a un hombre enfermo y patético, una persona despiadada y endiosada al que todos temen, el final de un viaje interior hacia el corazón de las tinieblas, donde sólo habita el instinto más salvaje.

 

posted by Ainhoa on 6:58 p. m. under ,

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La muerte en Venecia - Thomas Mann




"Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son a la vez más borrosas y penetrantes que las del hombre sociable, y sus pensamientos, más graves, extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones, le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad hace madurar lo original, lo audad e inquietantemente bello, el poema. Pero también enjendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito."

La muerte en Venecia, de Thomas Mann

 

posted by Ainhoa on 10:29 a. m. under

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Ataxia - AW II


Hoy ha llegado a mis manos el nuevo cd de Ataxia, titulado Automatic Writing II, un trabajo de cinco canciones compuestas y grabadas por John Frusciante, Joe Lally y Josh Klinghoffer.
Es, como su nombre indica, la segunda entrega de unas sesiones que improvisaron entre los tres, cuya primera parte vio la luz en 2004.
Con cierta ansiedad y mucha emoción he comenzado a escucharlo.
A riesgo de resultar repetitiva para los que me conocen y me leen, no puedo evitar decir que John Frusciante es el músico que más me emociona y diría que es el que más me ha emocionado nunca si no fuera porque hace tiempo aprendí que lo inmediato, con su poderosa luz, tiene la capacidad de oscurecer el pasado, como los focos de un escenario no permiten al actor ver los rostros de su público.
Me he dado cuenta de que todavía no quiero hablar de estas canciones, de que en realidad no me atrevo; antes quiero perderme en ellas.
Cuando encuentre el camino de regreso, os contaré la experiencia.

 

posted by Ainhoa on 1:29 p. m. under

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Murakami, las palabras y el jazz

Ayer leí un artículo escrito por Haruki Murakami titulado Mensajero del jazz. En él cuenta que hasta los veintinueve años no tuvo intención de convertirse en novelista por el simple hecho de que nunca creyó tener talento para crear ficción y mucho menos para escribir algo que estuviera a la altura de las obras escritas por Dostoievski, Kafka o Balzac, los autores que más admiraba.
Decidió seguir leyendo como afición y abrir un pequeño club de jazz en Tokio para ganarse la vida.
El jazz es su otra gran pasión desde que en mil novecientos sesenta y cuatro, cuando tenía quince años, asistiera en Kobe a una actuación de Art Blakey and The Jazz Messengers y saliera de ella absolutamente fascinado.
Cuando cumplió veintinueve años dice que le “invadió una repentina sensación, salida de la nada, de que quería escribir una novela.” Ya no importaba que no pudiera estar a la altura de Dostoievski, Kafka o Balzac, simplemente quería escribir.
Sin experiencia, ni profesores, ni estilo, ni nadie con quien hablar de ello, sólo pensaba en “lo maravilloso que sería escribir como si tocara un instrumento.”
Sentía que “una especie de música propia se arremolinaba en una marea rica y poderosa. Me preguntaba si me sería posible transferir esa música a la escritura. Ahí arrancó mi estilo.”
A continuación Murakami nos dice que tanto en la música como en la literatura, lo más elemental es el ritmo, cuya importancia conoció gracias al jazz. Después viene la melodía, “la colocación adecuada de las palabras para que sigan el ritmo.” Luego vendría la armonía, “los sonidos mentales internos en los que se sustentan las palabras” y por último la parte que, según confiesa, es la que más le gusta: la improvisación libre, “lo único que tengo que hacer es dejarme llevar”. Y después, claro está, llega “ese subidón que experimentas al completar una obra, al finalizar tu actuación, y sentir que has conseguido llegar a ese lugar que es nuevo y revelador”.
Confiesa que sigue aprendiendo mucho sobre su oficio de escritor gracias a la buena música y que su estilo se alimenta tanto de los riffs de Charlie Parker como de la elegante fluidez de la prosa de F. Scott Fitzgerald, sin olvidar la cualidad de constante renovación de la música de Miles Davis.
Tomando como referencia algo que en su día dijo Thelonious Monk, uno de los más importantes pianistas de jazz (“Si te fijas en el teclado, todas las notas están ahí. Pero sin deseas expresar esa nota lo suficiente, sonará distinta”), Murakami piensa que, efectivamente, “no existen palabras nuevas. Nuestra labor consiste en infundir nuevos significados y matices especiales a palabras del todo corrientes. Esa idea me resulta tranquilizadora.”
A usted, Sr. Murakami, y creo que a todos los que hemos decidido dedicar parte de nuestra vida a inventar historias.

(Artículo de referencia: The jazz Messenger. The New York Times Book Review. Traducción de News Clips)

 

posted by Ainhoa on 12:17 p. m. under

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Conducta en los velorios - Julio Cortázar

Aquí teneis la hilarante historia de una familia de frikis que se dedica a ir a funerales de desconocidos para velar a aquellos cuyos parientes no sean del todo sinceros en su dolor por la pérdida sufrida. Una situación surrealista narrada con ironía que pretende ser una crítica a la hipocresía que rodea a la muerte y sus ritos.


CONDUCTA EN LOS VELORIOS


No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio este a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia esta en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

Julio Cortázar

 

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