mi primer gran viaje

21 de marzo de 2011




Gun fue el primer grupo que alteró mi vida (porque ya habíamos dejado claro unas entradas más abajo que la música puede cambiar a la gente, ¿verdad?).
Yo tenía unos catorce años cuando escuché por primera vez su tema Better days y, aunque no recuerdo si fue en la radio o en la tele o en el radio-casette cutre de algún amigo, el caso es que me enganché a aquella canción.
Durante semanas ahorré lo que pude de mi paga para comprarme su primer álbum, Taking on the world, en cinta, por supuesto, pero original, con sus letras y todo.
Cuando me disponía a escucharlo por primera vez, estaba nerviosísima. ¿Y si el resto de canciones era una porquería? Creo que hasta recé para que no tuviera que sufrir semejante decepción (lo que, teniendo un padre que siempre andaba diciendo cosas como "más valen veinte hijas putas que una monja", es bastante significativo). Afortunadamente, mis temores no se hicieron realidad. Cada tema era mejor que el anterior. Me volví loca con aquellas canciones. En serio, se me fue la pinza. Ahora hay más recursos para mitigar la ansiedad, pero entonces yo ni siquiera tenía un walkman, y aunque lo hubiera tenido, en el pueblo me hubieran tomado por loca si me hubiera dado por salir a la calle con unos auriculares. Así que me pasaba los días en un sinvivir, deseando volver a casa para encerrarme en la habitación y escuchar aquella cinta una y otra vez.
Veintitantos años después, reconozco que soy una yonki de la música, y sé que es así porque Gun fue mi primer gran viaje.

Y vosotros, ¿tenéis algún disco, alguna canción, que sintáis que de alguna forma trastocó vuestras vidas?

 

posted by Ainhoa on 11:32 a. m. under ,

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Calor

Durante estos días de intenso calor, mi vida ha transcurrido como en una película de Eric Rohmer, como si no pasara nada en apariencia pero en realidad estuviera ocurriendo de todo. Al menos dentro de mi cabeza, que es donde ocurren las cosas más significativas. Porque, como ya he señalado varias veces en entradas anteriores, soporto muy mal el calor, me quedo sin fuerzas y no puedo pensar con claridad. Así que lo que hago es encerrarme en casa con mi fiel aire acondicionado, (como mucho salgo a comprar el pan o a dar algún paseo tempranero), y me entrego con pasión a actividades que requieren un mínimo esfuerzo físico. Leo, libros de viajes principalmente (qué forma más maravillosa de ir lejos, muy lejos), veo alguna película (Viaje a Darjeeling, una recomendación que vino desde Capri , es con la que más he disfrutado) o escucho millón y medio de veces seguidas Bleeding me (“I am the beast that feeds the feast”). Eso es lo que hago, recluirme con mis obsesiones y mis paranoias, más feliz que Zaplana en un centro de bronceado. Pero ahora que parece que las temperaturas han comenzado a bajar me encuentro con esta duda existencial: ¿de verdad quiero que este calor se consuma a sí mismo y desaparezca para volver a tener un cierto control sobre mi persona, o prefiero que se quede y así poder utilizarlo como excusa perfecta para seguir encerrada en mi casa y en mi cabeza, escenarios ideales ambos de una existencia diseñada a medida de mis desvaríos?

 

posted by Ainhoa on 5:57 p. m. under , ,

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The pillow book y la intensidad


Estoy aprendiendo a no hacer varias cosas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, ahora ya no tengo prisa. Pero el caso es que hasta hace unos meses sí la tenía: prisa por conseguir algo de tiempo libre con la esperanza de poder emplearlo en la difícil tarea de recordarme a mí misma que todavía seguía siendo un ser humano.
Pero, como he dicho, todo eso forma parte del pasado. Aún así no me está resultando nada fácil deshacerme de ciertas rutinas incómodas adquiridas durante años de dedicación a la causa material de otros, en lugar de a mi propia persona.
Por eso todavía leo y veo una película a la vez. O escribo emails mientras como y escucho música. O soy capaz de mantener una conversación mientras sigo el hilo de alguna de mis series favoritas. O ...
Pero el otro día comencé a ver The pillow book, la película de Peter Greenaway, y aunque tuve el impulso de levantarme del sofá para coger la novela que estaba leyendo, pude resistirlo, como un alcohólico decidido por fin a comenzar una nueva vida. Tal vez fueron las imágenes, oscuras, sugerentes, superpuestas (algo que en otros casos me irrita bastante), o la música, tan inquietante; o el cuerpo desnudo de Ewan McGregor cubierto de caracteres japoneses. El caso es que algo me obligó en un principio a permanecer sentada, paralizada casi. Luego la propia historia hizo el resto. Cuando terminó me sentía exhausta, como si hubiera realizado un gran esfuerzo (que probablemente lo hice, dada mi estúpida inquietud natural).
Más tarde probé a leer sin más sonido que el de la palabra escrita retumbando en mi cerebro. Nada de música, ni de televisión.
Después comí, en silencio también, saboreando cada bocado.
Luego escuché música con los ojos cerrados, tumbada en el suelo.
Aunque parezca una tontería, aquel día la vida me pareció mucho más intensa.

 

posted by Ainhoa on 6:10 p. m. under , ,

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Porque lo prometido es deuda...




Os dije que iba a hablar de ello y aquí estoy, dispuesta a hacer un breve resumen (cualquier otra cosa requeriría un esfuerzo demasiado intenso y me temo que el resultado os podría parecer aburrido, ya que las obsesiones ajenas, igual que el relato detallado de los sueños de otro, no suelen despertar un interés duradero) del recorrido por las entrañas de esas cinco canciones maravillosamente imperfectas que componen el álbum AWII, de Ataxia.

Abre con Attention: un platillo, unos golpes de batería inquietantes, el sonido rotundo del bajo de Joe Lally y por fin, la guitarra y la voz metálica (y sorprendente, en este caso por lo segura) de John Frusciante, y yo un poquito más cerca de la felicidad, absoluta y perturbadora, de esa que no se puede soportar durante demasiado tiempo, porque una corre el peligro de descomponerse en piezas diminutas que nunca más será capaz de juntar, y eso siempre da un poco de miedo.

Union, otra vez el bajo poderoso de Joe Lally pero la voz de Frusciante aquí es vertiginosa, más amable, aunque un poquito triste también y entonces me sobreviene el deseo de un abrazo, especialmente durante el solo de guitarra, en el que se cuelan unos lamentos que se retuercen y se hacen añicos, quizá por esa chica que dice que conoce y que está a punto de morir. No lo sé, porque el resto son fogonazos de inspiración, versos inconexos, advertencias y reproches distorsionados por un sintetizador.

Hands, es eso, manos aplaudiendo, llevando el ritmo invariable y angustioso de una canción que habla de manos una y otra vez, manos que se mueven y golpean dos veces el mundo, allí, en la luz majestuosa, y nos dominan y hacen planes por nosotros because we´re meant to be unplayed (¡qué miedo!). Ten por seguro que si buscas refugio en los bosques, a mí me gustaría ir contigo.

The soldier me resulta demasiado familiar al principio; me recuerda a The Doors, lo que no interpreto como una mala señal, ni mucho menos, pero me alegra que poco a poco se vaya introduciendo en esos caminos oscuros e inquietantes en los que Frusciante se suele perder, y yo con él, durante diez minutos exactos, en sus graves y sus agudos, en su voz a veces forzada, a veces deformada, en la que distingo ecos de guerras, fantasmas y oraciones, partes de un todo que todavía me resulta demasiado complicado de entender.

The empty´s response. Aquí Frusciante calla para dejar que la voz aniñada y suave, quebradiza a veces, de Josh Klinghoffer te acaricie; una voz tímida, como de ojos cerrados y mejillas sonrosadas, que habla, que canta sobre un amor imposible, y el cielo y el infierno, sobre la cobardía y la respuesta del vacío al porqué. Y yo pienso, no puedo evitarlo, que esta canción es como un rumor encerrado en una campana de cristal. Si es que eso puede tener algún sentido.

 

posted by Ainhoa on 1:45 p. m. under ,

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Las palabras

Ahora que ando inmersa en la escritura de una novela me ha dado por pensar mucho en las palabras, sobre todo en la palabra escrita, en su poder. Por ejemplo, después de escribir la anterior entrada de este blog, la dedicada a Dallas, los recuerdos se han vuelto más intensos. Parece que escribiendo soy capaz de acercarme más a la esencia de las cosas, es como vivir dos veces, o una, pero de una forma más intensa. Hay ocasiones en las que hasta que no pongo por escrito mis ideas o convicciones no puedo dibujar sus contornos, y permanecen en mi cabeza con la forma informe de una nebulosa de la que no soy plenamente consciente. Pero no es sólo lo que uno escribe, sino también lo escrito por otros, aquello en lo que te reconoces, aquello que se intuía que estaba dentro de uno, pero que era incapaz de distinguir hasta entonces. Decía Marcel Proust que "todo lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir aquello que, sin ese libro, él no sería capaz de ver de sí mismo". No podría estar más de acuerdo.

 

Reflexión básica sobre mis obsesiones


Cada cierto tiempo mi pensamiento es atrapado por algo o alguien; eso me hizo pensar que quizá fuera una persona demasiado obsesiva dada la persistencia con la que ese algo o alguien acudían a mi mente. Mi curiosidad me llevó a buscar en el diccionario el significado exacto de la palabra obsesión y he aquí el resultado.1. Idea o preocupación que no se puede alejar de la mente.
2. (Psiquiatría) Idea, generalmente absurda o incongruente, que irrumpe de forma imperativa e irreprimible en la conciencia, aunque el sujeto se dé cuenta de su carácter mórbido y extraño a su propia persona.
En alguna de esas páginas de psicología que pululan por el universo cibernético cuya fiabilidad no me ha dado por contrastar, he leído que, efectivamente, las obsesiones son ideas persistentes, pensamientos, impulsos o imágenes que son experimentadas como intrusas e inapropiadas y que causan marcada ansiedad o angustia.
Parece ser que la obsesión se caracteriza por la angustia o la preocupación así que, de momento, me he quedado huérfana de definición porque a mí, mis obsesiones me procuran más placer que angustia, y no veo en ellas morbidez o extrañeza. Lo que sí es cierto es que no las puedo alejar de mi mente sin importar si estoy en el trabajo, en el metro o tomando unas cañas con los amigos. Mi cerebro siempre encuentra un tiempo muerto en el que volar hacia la idea que en ese momento tenga enredada mi existencia.
Por ejemplo, desde hace un par de meses estoy obsesionada con la música de John Frusciante. Ayer, sin ir más lejos, escuché su álbum To record only Walter for ten days unas diez veces. Y hoy creo que ya van cuatro. Y las que me quedan.
Todas mi obsesiones han sido de este tipo (un libro, un cuadro, un viaje, sobre los que no puedo dejar de pensar) así que bien se podría decir que soy una obsesiva inofensiva porque incluso evito ser demasiado pesada al respecto con las personas de mi entorno. Lanzo alguna pincelada de vez en cuando pero sin pasar de ahí porque de lo que sí me he dado cuenta es de que estas obsesiones me debilitan. ¡Vaya! Creo que acabo de encontrar el sustantivo correcto: debilidad, de la que en el diccionario se me informa que es gusto o preferencia exagerada por alguien o algo. Aunque esa preferencia exagerada me justifica, yo sigo pensando que es un sustantivo que se queda corto; quizá su sonoridad no tenga la contundencia necesaria que mi estado mental demanda, pero una definición es una definición y no creo que esté en posición de contradecirla.
Volviendo a ese sentimiento de debilidad: hablar, o en este caso escribir, de las obsesiones de uno es una actividad muy arriesgada; es como si te quedaras desnudo frente al mundo y tuvieras que dar demasiadas explicaciones al respecto. Porque, ¿qué pensaría, por ejemplo, mi padre si le cuento que mientras estoy introduciendo en el programa contable de la empresa en la que trabajo las facturas del último mes en lo que en realidad estoy pensando es en la letra de Going inside? Probablemente pensaría que estoy loca aunque yo lo que espero es que él también tenga esta maravillosa capacidad para la obsesión (o la debilidad) porque es una parte muy importante de aquello que hace que la vida, mi vida al menos, valga la pena.

 

posted by Ainhoa on 8:10 p. m. under ,

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