aunque (ana, lolo, paco y yo) tengamos que saltar un par de vallas

22 de Septiembre de 2011

Nos acercamos a los acantilados de Moher en nuestro coche alquilado. A la izquierda hay un parking de pago. Lo que vemos a la derecha parece la entrada a Port Aventura. O a una cárcel: garitas, barreras automáticas, personal de seguridad y un montón de gente que espera sumarse a otro montón de gente que hace cola para contemplar los acantilados. Dadas las circunstancias, sospechamos que la visita durará un par de segundos. Lo justo para tomar una fotografía. ¡De eso nada! ¡Sigue conduciendo!, le digo a Paco, indignada. Nos metemos por una carretera que en realidad es un camino asfaltado. No, por aquí no va a ser, nos estamos alejando, dice Lolo. Espera, que ahora torcemos a la derecha, puede que lleguemos. ¡Oh, no! No pasar, propiedad privada. Detenemos el coche. Dudamos. Unas cuantas vacas nos miran con ojos somnolientos desde detrás de un muro de piedra. Un momento. Mirad. Ahí hay una pareja saltando la valla. A otra pareja que regresa le preguntamos si merece la pena aventurarse más allá del amenazador cartel. ¿Qué si merece la pena? Of course!, nos contesta el hombre, entusiasmado. Saltamos la valla con cierta torpeza, al menos yo. Caminamos durante unos minutos. Saltamos otra valla—esto se está convirtiendo en una carrera de obstáculos— y llegamos por fin. No hay ni rastro de la pareja que iba delante de nosotros. Imaginamos que ha sido engullida por la inmensidad. Mejor. Nos acercamos al precipicio. Proferimos exclamaciones de incredulidad y nos entra la risa tonta; hablar sería demasiado porque estamos a punto de caer fulminados por el síndrome de Stendhal. Las paredes de roca se precipitan al mar como si bajaran en un ascensor supersónico. El agua se enfurece sólo al final. Una tormenta lejana a nuestras espaldas. Y un arco iris. Hay gaviotas y frailecillos (esos mini pingüinos de pico anaranjado), que Paco ve y Lolo no, mientras Ana y yo pasamos de pájaros y nos sentamos frente al horizonte.
 La cara oculta de los acantilados solo para nosotros, durante horas, el único día en el que (más o menos) lució el sol.

Fotografías: Ainhoa y Paco

 

10 de enero de 2011

Serpientes

Manuel me dijo: "tranquila, Cristina, sólo se quedarán un par de días", como siempre; y no sé si era por el humo espeso de los cigarrillos o por aquel trasiego de botellas de vino o ginebra o tequila, pero el caso es que a mí me parecían semanas. Y es que cada uno de esos dos días tenía decenas de amaneceres con sus correspondientes atardeceres. Y yo hacía como que no me enteraba. Sus dos amigos, porteños de acento lamedor, rebañaban cazuelas y sartenes con rebanadas de Pan Bimbo y encendían un pitillo tras otro y se reían mucho enseñando todos los dientes, como si sólo ellos supieran de qué iba la vida, y alguna que otra noche se escurrían por debajo de la puerta de nuestra habitación y recuperaban la forma y el volumen en nuestra cama. A veces los dos, a veces sólo uno, que el otro estaba demasiado borracho en el sofá del salón. Yo trataba de localizar a Manuel entre tanto brazo y tanta pierna, pero a menudo me hacía un lío y me confundía de boca o de sentimiento. Y a la mañana siguiente tenía agujetas y metía los zapatos de tacón en el bolso y me calzaba las botas planas, y gastaba el corrector de ojeras que parecía que me lo desayunaba. Y mientras trataba de cuadrar los balances en la oficina tenía que parpadear tanto y tan seguido para no ver todos esos miembros alrededor que un día a punto estuve de reventarme los ojos. Ese día, cuando llegué a casa, encontré a Manuel en el salón, entre el humo de los cigarrillos y los brazos de uno de los porteños y ni siquiera era de noche ni el porteño había tenido que filtrarse por debajo de ninguna puerta. Entonces le dije a Manuel que me marchaba. Y él me dijo que le parecía bien, que últimamente andábamos escasos de espacio.

 

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18 de Noviembre de 2010

Llevo tiempo dándole vueltas a lo de llevar este blog a un terreno más literario. No me refiero a las reseñas que publico aquí de vez en cuando, sino a mostrar mi propio trabajo. Hasta ahora no me había decidido porque mis relatos son en general demasiado largos para este formato (todos sabemos que las entradas extensas no suelen leerse enteras), pero últimamente he estado experimentado con historias más cortas, así que aquí os dejo el primer divertimento.

Policromía

Por aquella época me vi obligada a vivir con mi hermana, que se había teñido el pelo de rubio y vestía mucho de rosa. También seguía una dieta cromática, es decir, durante los días verdes sólo comía canónigos (la lechuga tenía un punto blanquecino que no la convencía), guisantes, espinacas o kiwis, y si tenía el día naranja se hinchaba a mandarinas, zanahorias y puré de calabaza. A mí me daban ganas de pegarle dos bofetones, pero me limitaba a hacer todo lo posible por no coincidir con ella a la hora de la comida o de la cena. Me pasaba tanto tiempo por ahí, deambulando sola, que me conocía cada calle del barrio, los desconchones de las fachadas, los locales vacíos, las baldosas levantadas de las aceras, los carteles a medio arrancar, que parecían harapos tendidos. Los miércoles adquirí la costumbre de cenar en el pub irlandés que había en la esquina: me pedía una Guinness y una hamburguesa, y esperaba a que entrara él, con su chándal azul marino y una bolsa de deporte colgada del hombro. Era muy delgado y tenía el pelo largo, revuelto, muy oscuro, como las cejas y los ojos. Probablemente venía del gimnasio o de jugar al fútbol con sus colegas, pero el caso es que tenía pinta de haber salido de un portal maloliente después de inyectarse algo en vena. Y yo quería cuidar de él. Se sentaba en la barra y dejaba la bolsa de deporte en el suelo, a los pies de la banqueta, y me obsequiaba con su perfil morisco. Se pedía una Coca-cola y la bebía a sorbos, y antes de cada sorbo miraba dentro del vaso, como si no supiera qué era ese brebaje marrón que estaba a punto de beber. Y a mí me inspiraba ternura y deseo y me proporcionaba grandes momentos dentro de mi cabeza. Le observaba desde mi rincón, mientras yo cenaba, con Austen o Forster abiertos sobre la mesa, siempre dispuestos a cubrirme si él me descubría.
Y en esas andaba yo, haciendo como que leía pero disolviéndome en realidad con cada sorbo que él daba, cuando vislumbré a mi hermana en el umbral, tan rubia y tan de rosa. Y vi que no me buscaba a mí— ¿por qué iba a hacerlo? Yo nunca le había dicho que iba a ese pub—, sino que se dirigía directamente a la barra, se paraba delante de mi enjuto desconocido del chándal y le plantaba un beso pegajoso en la boca. Entonces él la miró como miraba el interior de su vaso de Coca-cola y después se volvió hacia donde yo estaba y me dijo que lo sentía, no con palabras, sino con esas cejas espesas y una mueca lúgubre en los labios y yo cerré mi libro y me fui a casa y abrí la nevera y mezclé el arroz hervido de mi hermana con mostaza, sus garbanzos cocidos con lentejas y le añadí kétchup al zumo de naranja.

 

posted by Ainhoa on 10:15 a. m. under

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