Ofelia (John Everett Millais, 1851-2)
En las aguas profundas que acunan las estrellas, blanca y cándida,
Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente,
recostada en sus velos...
Arthur Rimbaud
Ofelia, de J. E. Millais se considera la obra más importante de los prerrafaelitas. Representa al personaje shakespearinano, una joven que supuestamente se suicidó lanzándose a las aguas debido a su amor no correspondido por el príncipe Hamlet y por el dolor que supuso la muerte de su padre a manos de su amado, y digo supuestamente, porque la escena del ahogamiento no aparece explícita en la obra, sino que sólo se conoce a través de las palabras de Gertrudis en el momento en el que le comunica la noticia a Laertes, hermano de Ofelia.
La muerte no me suele parecer algo romántico, y mucho menos el suicidio pero, por una de esas contradicciones que nos convierten en humanos, no puedo resistirme a la poesía que emana de esta obra, especialmente después de haber tenido la oportunidad de contemplarla, hace varios años ya, en una exposición organizada por la Fundación La Caixa.
No se trata de una obra de gran tamaño, sino de una pintura exquisita plagada de pequeños detalles que conforman un todo melancólico y delicado: el vestido que parece resistirse a desaparecer de la superficie, las aguas en calma, el rostro derrotado de Ofelia, las violetas alrededor de su cuello, que representan la desesperanza y la muerte temprana, la minuciosidad con la que la vegetación es tratada o las manos, que parecen exhibir su incapacidad para seguir adelante.
Ofelia, pobre infeliz, enloquecida tras el asesinato de su padre a manos de aquel que creía amar, el prícipe Hamlet.
La Abstracción del Paisaje (Del Romanticismo Nórdico al Expresionismo Abstracto)
1. Las estaciones del año. El invierno (Caspar David Friedrich, 1770-1840)
3. Estudio de nubes sobre un paisaje vasto. (John Constable, 1776-1837)
5. Sin título (Jackson Pollock, 1912-1956)
6. Sin título (Mark Rothko, 1903-1970)La abstracción del paisaje (Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto). Este es el título de la exposición que se puede ver hasta el día 13 de enero de 2008 en la Fundación Juan March.
Georgia O´Keefe

"Yo me decía: tengo cosas en la cabeza que nada tienen que ver con lo que me han enseñado, formas e ideas que me son tan familiares, que responden tanto a mi forma de vivir y de pensar, que no se me ha ocurrido plasmarlas. Me decidí a empezar de nuevo, a olvidar lo que me habían enseñado y a aceptar como cierta mi propia visión de las cosas. Estaba sola, totalmente libre, sólo trabajaba para mí, era todavía desconocida y no trataba de agradar a nadie, sólo a mí misma."He comenzado a escribir una novela
84, Charing Cross Road
Escocia





Escocia es frío y nubes y lluvia. Pero eso ya lo sabía. Escocia es más que Edimburgo, es gente amable y sonriente, a pesar de ese frío, de esas nubes y de esa lluvia. Y es lagos, muchos e inmensos, y castillos y acantilados; y a veces parece que es el mismísimo fin del mundo, aunque siempre habrá una cabina desde la que reclamar lo que uno es capaz de reconocer. Es una granja aquí y otra allá; e iglesias y hermosos cementerios entre montañas. Y cascadas y ciervos que, nerviosos, se cruzan en la carretera; y vacas con flequillo y vacas sin flequillo que te miran impasibles mientras, ellas también, se cruzan en la carretera. Callejones, museos gratuitos, cervecerías, bed & breakfast y curiosas señales que te indican que en ese lugar hay ancianos, y padres con sus niños. Y carteles en inglés y en gaélico, y acentos imposibles. Y pueblecitos costeros donde por fin veo brillar el sol, donde, quizá por ello, sus habitantes exhiben unas sonrisas tan radiantes que parece que nunca habrán de ser alcanzados por el dolor ni mucho menos por la tragedia. Escocia es un lugar donde la taza de café más pequeña tiene un tamaño que asusta casi tanto como los estampados de las moquetas o de las cortinas. El cielo, generoso en matices y elementos; la tierra, verde, amarilla y violeta.Brokeback Mountain
Girasoles
Hoy mi niño me ha regalado un sencillo ramo de girasoles, tan bonito que no puedo dejar de mirarlo. Él sabe cúanto me gustan los girasoles, cómo me gusta mirar los campos amarillos cuando vamos en el coche. Porque el amarillo es mi color; alguien me dijo que eso se debe a que soy Leo, signo de fuego, pero yo nunca he creído mucho en la astrología, (por no decir nada).
En fin, que no quisiera ponerme sensiblona ante mi escaso público; tú has visto mis ojos sonreír cuando has aparecido por la puerta.
Kafka en la orilla, de Haruki Murakami
La bendita soledad de una mujer en el paro
Puede que haya personas que sientan pavor ante la perspectiva de pasar tan sólo una tarde a solas consigo mismas, pero ese, afortunadamente, no es mi caso.
Mi propia compañía me resulta extremadamente agradable; conozco mis gustos y las diferentes formas de satisfacerlos; mis despistes, nunca delitos (ni faltas, por supuesto) me inspiran una tierna benevolencia, y si decido abandonar mi guarida, humilde depósito de mis tesoros en forma de libros y cds, no temo ir sola al cine, a un museo o sentarme en una cafetería ante una taza de té y una buena novela. Esto, sin duda, es una gran ventaja puesto que, si todo va bien, durante los próximos dos años (como mínimo), este país tendrá que abstenerse de contar conmigo, al menos en mi faceta productiva. Abrazo desde ya y sin remordimientos los placeres de la vida, tan huidizos durante los últimos meses, placeres sin toque de queda, sola la mayor parte supongo, y en buena compañía cuando las obligaciones de mis seres queridos se lo permitan. Soy una feliz mujer en el paro, tan feliz que ni el gesto torcido de mi abuela cuando le dije que había dejado mi trabajo fue capaz de desdibujar mi estado de placidez mental. Lo siento abuela, pero yo nunca me tragué eso de que el trabajo da la felicidad o proporciona dignidad. El dinero, esa es la clave, y por el momento tengo suficiente para cubrir mis necesidades básicas y darme algún que otro capricho. ¿Lo que vendrá después? Sinceramente, me importa un bledo.
Brooklyn Follies, de Paul Auster

Tales of a female nomad
Curtains- J.F.
Ôshima asintió.
-Por supuesto-dijo -. Eso sucede. Experimentamos algo y, como resultado, ocurre algo. Es una especie de reacción química. Luego nos examinamos a nosotros mismos y descubrimos que la gradación de todo lo que nos rodea ha ascendido un punto. Y que, a nuestro alrededor, el mundo se expande. Yo lo he experimentado. No sucede muy a menudo, pero a veces ocurre. Es como el amor."
The Warmth

Hoy me apetece dedicarle esta entrada a Brandon Boyd y no por su cara bonita, que lo es, sino por su voz, que lo es mucho más, porque es capaz de convertir un anodino viaje en metro en un viaje mental alucinante, de esos en los que notas que algo se ha roto dentro de tu cabeza, algo que no te molestarás en arreglar porque así te gusta más. ¿Alguien sabe de lo que estoy hablando? La solución, escuchando a Incubus. The warmth me gusta porque ya estoy en el otro lado, porque ya he dado el salto, porque si me apetece cerrar los ojos y volverme loca, lo haré, sin importarme si el viento resulta demasiado frío.
The Warmth
I'd like to close my eyes, go numb
But there's a cold wind coming from
The top of the highest high-rise today
It´s not a breeze ´cause it blows hard
Yes, and it wants me to discard
The humanity I know, watch the warmth blow away
So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old
So do you think I should adhere
To that pressing new frontier
And leave in my wake, a trail of fear?
Should I hold my head up high
And throw a wrench and spokes by
leaving the air behind me clear?
So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old
So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old
Before you grow old
Y aquí tenéis el vídeo de la canción, que pertenece al DVD The morning view sessions.
http://es.youtube.com/watch?v=J0ZRvxDrOxo
Se acabó
El día 2 de agosto entregué la carta de baja voluntaria en mi trabajo. El día 17 de agosto seré una persona libre de nuevo.
Durante las últimas semanas una idea rondaba mi cabeza sin parar, no podía dejar de pensar que me estaba convirtiendo en lo que nunca quise ser: una contable atrapada en una rutina soporífera por el mero hecho de tener un buen sueldo, un sueldo que ya no era suficiente porque mi vida ya no era mi vida. Hasta hace nada ha estado bien, sobre todo por unas compañeras fantásticas a las que voy a echar mucho de menos, pero estos últimos meses han sido muy duros y me había metido de lleno en una dinámica que consistía en trabajar diez y doce horas al día y esperar como una demente a que llegara el fin de semana, durante el cual todas mis energías se evaporaban pensando en todo lo que iba a hacer y nunca hacía. Pero eso se acabó y no puedo evitar sonreír cada vez que lo pienso. Ahora tengo ante mí las fiestas de mi pueblo, un viaje de diez días por Escocia y, teniendo en cuenta los tiempos que corren, saturados de gente saturada, una indecente cantidad de tiempo libre. Mi prioridad es escribir una novela, y tras ella está el deseo de caminar por Madrid como si fuera una turista, visitando todos esos lugares para los que nunca encontraba un hueco. Tendré más tiempo para mis amigos, para leer sin parar, para ir al dentista, al ginecólogo, limpiar a fondo la cocina o ir a Tráfico a cambiar la dirección del coche, para tumbarme en el suelo de mi salón mientras escucho a John Frusciante, para ver todas las pelis de Eric Rhomer que todavía no he visto, para volver a estudiar francés..., y para pensar de nuevo, de verdad, por fin.
Sé que mucha gente pensará que soy una inconsciente por haber dejado un trabajo tan bien pagado que tampoco implicaba un gran desgaste físico, pero no me importa, porque es mi vida y porque, como dice mi padre, día que pasa no vuelve y yo ya no quería desperdiciar ni uno más de esos días. No tengo hipoteca, ni hijos, mantengo mi nivel de responsabilidad bajo mínimos (por razones de salud mental), así que creo que esta decisión que he tomado es casi una obligación, por todos aquellos a los que los tipos de interés y los precios de las guarderías les tienen cogidos por los huevos. Un saludo desde mi libertad.
The Smashing Pumpkins


Yo crecí con Smashing Pumpkins, pero como si de unos primos lejanos, a los que apenas ves un par de veces al año, se tratara. Por supuesto que conocía "Tonight, tonight", "Disarm" o "Bullet with butterfly wings", aunque nunca les presté mucha atención. Pero hace poco más de un mes, mi buen amigo Fenosa, me propuso ir al concierto que junto a The killers, Kasabian y un par de grupos más daban en Las Ventas, y no pude negarme porque la verdad es que estaba tan aturdida por la situación en mi trabajo, que un concierto en buena compañía me parecía la mejor manera de liberarme. A lo que iba, que me lío: la aparición de Billy Corgan en el escenario fue uno de esos momentos que se te quedan grabados para siempre en la memoria, majestuoso y friki, una combinación perfecta, al menos para mí. Apareció con una especie de túnica blanca y transparente, surgiendo de la nada, o más bien de los acordes de United States, uno de los temas de su último álbum, Zeitgeist, y ya no pude hacer nada.Entretenimientos de verano


GUN -Taking on the world
Mentira Cochina
El pasado sábado se presentó en la Sala Clamores el libro que todos los años publica el Taller de Escritura. Su título es Mentira cochina y en él hay un relato escrito por una servidora titulado Música de fondo. Además tuve que escribir un pequeño discurso para leer durante la fiesta. La verdad es que me pasé una semana de los nervios por eso, por tener que hablar en público, pero al final todo salió bien. Este es el discurso:
"Se supone que debería haber escrito un texto pretendidamente gracioso para amenizar durante unos minutos esta noche tan especial. Pero es que hace un par de semanas mi curso terminó, un mes antes de lo previsto y de manera forzosa, puesto que me convertí en la única alumna. Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga: de repente había encontrado el tema perfecto para hablar esta noche, podía lanzarme a ironizar sobre las excusas que a menudo utilizamos para no escribir, ya sabéis, el trabajo, que no me deja tiempo, que es la más socorrida, y cosas por el estilo. Pero tratando de construir un texto más o menos ingenioso, vi de que no avanzaba, y no avanzaba porque me había topado de frente con una fea conclusión: me di cuenta de que lo que nos aparta de las palabras es fundamentalmente el miedo, y el miedo no es divertido.
Quentin Bell escribió sobre su tía, Virginia Woolf, algo bastante significativo al respecto: “Sus novelas estaban muy cerca de sus propias fantasías y siempre fue consciente de que, para el mundo exterior, podían sencillamente parecer una locura. Su miedo a la burla despiadada del mundo contenía el temor más profundo de que su arte, y por consiguiente ella misma, fuera una suerte de impostura, el sueño de un idiota que no tiene valor para nadie.”
Me parece que no es muy difícil reconocerse en esas palabras. El miedo es demasiado fuerte, a veces viene en forma de revelación divina ante la que uno no tiene nada que hacer salvo echar a correr y pedir disculpas a los que te rodean por esta especie de locura que te retiene en un universo paralelo de palabras, jurando que no volverá a ocurrir. Pero una vez recuperados de los sudores y el dolor de estómago, del vértigo y los mareos, agachamos la cabeza y pedimos perdón de nuevo, esta vez a nosotros mismos, por no confiar en nuestras posibilidades como contadores de historias, por haber huido sin apenas intentarlo. Supongo que ahí está la clave, en tener miedo a todo menos a regresar."
Marruecos




Llegamos con nuestras mochilas al diminuto aeropuerto de Marrakech y, tras cambiar nuestros euros por Dirhams, salimos en busca de un taxi que nos llevara a nuestro hotel, que al estar situado en una de las estrechas callejuelas de la Medina, ni siquiera el taxista sabía cómo llevarnos hasta él. Tras consultar con varios colegas, por fin emprendimos la marcha. El hotel (Riad Nora), era un pequeño palacete de cuatro habitaciones con un precioso patio en el centro al que se accedía por una diminuta puerta que no hacía presagiar la belleza que nos esperaba en su interior.
La Medina de Marrakech no es muy grande y sus calles están atestadas de pequeños comercios de todo tipo, gente y motocicletas con las que tienes que tener un extremo cuidado para no acabar atropellado. El punto destacado es la plaza Djema el Fnaa, donde hay cientos de puestos de comidas, tatuadoras de henna, encantadores de serpientes, músicos y gente, mucha gente. Los restaurantes tienen amplias terrazas donde se puede degustar un delicioso cous-cous mientras disfrutas del espectáculo ajetreado que se desarrolla en la plaza.
La Koutubia, hermana gemela de la giralda de Sevilla, es otro punto clave de la ciudad. Al no ser musulmanes no pudimos visitar su interior, pero estuvimos sentados en los jardines que la rodean, disfrutando del sol y la agradable temperatura.
También visitamos las Tumbas Saadies, pertenecientes a la dinastía anterior a la de los alauitas, a la que pertenece el rey actual. Para llegar y disfrutar de sus jardines de naranjos, tuvimos que atravesar una tienda de artesanía.
Marrakech no es una ciudad monumental, no tiene muchos lugares que visitar, su encanto reside en las calles estrechas y en su gente, pausada y amable. Una mañana, paseando por los alrededores del Palacio Real, que tampoco se puede visitar, un hombre con su bebé en brazos, nos preguntó si necesitábamos ayuda y nos indicó qué lugares visitar. Seguimos hablando con él por las calles de la Kasbah hasta que llegó a su casa. Al ir a despedirnos nos invitó a tomar el té y aceptamos movidos por su amabilidad. Pasamos allí la mañana, tomando un delicioso té de menta, conversando en inglés y francés. Como recuerdo, nos hicimos unas fotos para las que nos prestó unas chilabas confeccionadas por su mujer, a la que no conocimos, a pesar de que fue ella la que nos preparó el té. Una agradable y sorprendente visita de la que nos llevamos un buen recuerdo.
Después de unos días en Marrakech decidimos contratar una excursión para cumplir uno de mis sueños: dormir en el desierto. Cruzamos el Atlas en un jeep conducido por un abuelo de aspecto despreocupado adicto a la velocidad. Hubo momentos en lo que pensé que no llegaría a cumplir los 32. Hicimos una parada el Ouarzazate, tras visitar una kasbah, una ciudad cuyos edificios están hechos de barro, que surge majestuosa en medio de la nada.
Llegamos a Zagora al anochecer y por el camino pudimos observar la mutación del paisaje (de las cumbres nevadas del Atlas a los oasis al aproximarnos al Sáhara), de la luz (del sol amable a la luz rosada del atardecer) y de la indumentaria de la gente, sobre todo de las mujeres que, cuanto más al sur, sus ropas estaban hechas de visillos negros bajo los que se adivinaban telas de vibrantes colores.
Al campamento del desierto llegamos ya de noche. Cenamos en una tienda hecha con mantas, la sopa más insulsa que he comido nunca y un delicioso tagine de pollo. Después disfrutamos de los cánticos de los nómadas al calor del fuego y más tarde nos fuimos a la cama, un colchón fino tirado en el suelo de otra tienda hecha con mantas. ¡Qué frío pasé! Eso es algo indescriptible. Tenía el rostro congelado y me dolía todo el cuerpo, pero ¿qué importa eso ahora comparado con la posibilidad de ver amanecer en el desierto, de disfrutar de esos colores que me ofreció el cielo? Tras desayunar a base de té, pan, mantequilla y mermelada, emprendimos el regreso a Zagora, pero esta vez en camello. Mi camello resultó ser una animal de lo más encantador y, aunque al principio iba un poco tensa, al final logré sentirme tan cómoda con el balanceo que hasta iba sin manos.
Regresamos a Marrakech encomendándonos a Alá para que las ansias de velocidad de Hussein no fueran impedimento para acabar la excursión felizmente.
Nuestra siguiente parada fue Essaouira, un pueblecito costero, antiguo reducto hippy, donde disfrutamos de una par de días de paz absoluta, paseando a orillas del mar, visitando las numerosas galerías de arte que hay (compré un cuadro de estilo naïf que me encanta contemplar cada mañana cuando me despierto), comiendo y bebiendo (nada de alcohol, claro).
Como conclusión decir que el marroquí es pausado y alegre, descuidado (cuando regresamos al hotel, exhaustos tras nuestra experiencia en el desierto, el director del hotel se había olvidado de nosotros, que éramos los únicos huéspedes aquella noche, y había cerrado el hotel. Tras la milagrosa aparición de una antigua trabajadora del hotel que contactó con él, vino luciendo una media sonrisa en la cara, como si fuera un niño travieso después de haber hecho una de las suyas) y un incondicional del trapicheo (antes de encontrar al taxista que definitivamente nos llevó a Essaouira, me peleé con otro y con su intermediario, dos personajes poco claros, en mitad de una plaza llena de hombres). Pero, sobre todo, es amable y hace que la visita a su país sea una auténtica delicia.
Leviatán, de Paul Auster
Aaron y Sachs se conocen en un bar un día en el que la ciudad de Nueva York está sufriendo una terrible tormenta de nieve y en el que ambos pensaron quedarse en casa. A partir de ese encuentro fortuito sus vidas se entrelazan.
Benjamin Sachs es un personaje fascinante, autor de un libro de culto, encarcelado tras su negativa a combatir en la guerra de Vietnam, en permanente búsqueda de una coherencia existencial. Peter Aaron es el alter ego de Paul Auster, con evidentes referencias a la propia vida del autor.
Junto a Aaron y Sachs aparecen Fanny, la mujer de Sachs y, casualmente, el amor platónico de Aaron desde los años universidad; la interesante María Turner (personaje basado en la artista conceptual francesa Sophie Calle), que tendrá un papel fundamental en la caída que sufre Sachs y que alterará su vida y la de todos los que le rodean; la amiga de María, Lillian Stern, el marido de esta, Reed Dimaggio, el chico al que este asesina sin motivo aparente, Dwight McMartin…Porque esta obra es un puzzle en el que la casualidad y el azar tienen un papel fundamental. Es una obra en la que las relaciones interpersonales y las relaciones del ciudadano con el Estado se funden, porque tampoco hemos de pasar por alto el título de la novela, Leviatán, que es el nombre que Thomas Hobbes le dio al Estado absolutista que impone su dominio sobre el caos de las relaciones individuales.
Una novela tejida con un hilo muy fino de forma magistral y un personaje, Benjamin Sachs, difícil de olvidar, al menos para mí.
Haiku
Kapuscinski y Auster

Au Revoir 2006
El año se acaba y en medio del caos consumista y la obligación de ser feliz característicos de estas fechas, he decidido, por primera vez en mi vida, hacer balance de lo ocurrido por escrito, con la esperanza de definir los contornos y evitar la confusión provocada por el paso del tiempo y las capas de rutina.
El comienzo del año fue un poco caótico:
Accidente de coche y mudanza. Afortunadamente el accidente no fue grave, pero me hizo pensar en la fragilidad de la existencia, en cómo todo puede cambiar en cuestión de segundos.
Al día siguiente realizamos la mudanza con la ayuda de unos amigos. Ahora vivimos en un piso luminoso y acogedor y creo que soy más feliz por ello.
En abril comencé un curso de escritura creativa porque la lectura ya no era suficiente. Fue sólo un trimestre , pero no necesité más para darme cuenta de que, me cuesta decirlo, quiero ser escritora. Ahora estoy haciendo un curso anual de relato en el que estoy aprendiendo y disfrutando del manejo de las palabras y las estructuras para construir historias que, espero, puedan interesar a alguien.
Este ha sido un año en el que la música ha tenido un papel muy importante. Ha habido conciertos, como los de The Doors (escuchar Riders on the storm en directo fue un sueño hecho en realidad y, aunque Jim Morrison es irrepetible, Ian Astbury me impresionó bastante), The Who (geniales) o Sting (en Gredos. Concierto impecable con fin de fiesta surrealista, aunque Sting poco tuvo que ver con ello), Pablo Milanés, Los Delincuentes o Chambao. Pero lo más importante de todo es que he descubierto la música de John Frusciante, que me acompaña desde hace meses allá donde voy y me hace inmensamente feliz. Esa voz...¡joder! esa voz me emociona cada mañana y la rutina ya no lo parece tanto desde que se instaló en mi cabeza.
La literatura sigue estando tan presente en mi vida como el respirar: descubrí a Henri Pierre Roché, Haruki Murakami o Raymond Carver. Leí más de Virginia Woolf o Sándor Márai, he releído Drácula y me enganché sin remedio a Viajes con Herodoto, de Kapuscinski, a El cazador del desierto, de Lorenzo Silva o a Crimen y Castigo, de Dostoiewski.
En cuanto a otra de mis grandes pasiones, viajar, este año destaco el Cabo de Gata, ese lugar al que siempre regresar; Turquía, una agradable sorpresa; y París, de la que nunca me canso, esta vez con mis compañeros de la clase de Francés.
Afortunadamente, 2007 comienza muy, muy bien: en menos de quince días estaremos en Marrakech y no pienso volver sin haber pasado al menos una noche en el desierto.
A finales de julio, tras poner un comentario en su blog, comenzó mi amistad con Pelayo, un chaval de dieciocho años, escritor en ciernes, interesante, divertido e inteligente, que me envía sus escritos porque le gustan mis críticas y al que yo envío los míos por la misma razón.
Y no te pongas celoso, Rodrigo, que tú también has pasado a ser un amigo importante en mi vida.
Dori y Raquel van a ser mamás y Natalia, además de estar más loca que nunca, encontró trabajo. Mi Wen me mantiene al corriente del tiempo que hace en mi pueblo, entre otras muchas cosas, y mi prima pasa de contestar mis mails pero yo la sigo queriendo un montón.
Paco y yo celebramos nuestro octavo aniversario. ¡Increíble pero cierto! Y lo que nos queda... porque ya sabes, cariño, que tú y yo estamos condenados a estar juntos forever.
Tampoco me quiero olvidar de los momentos pasados con Bea, Montse (que también va a ser mamá) y Javi, Ana y Ada (ya sé que han sido escasos, chicas. Prometo que este año será diferente), ese Fenosa que es único o mi hermano pequeño, que es mi debilidad.
En resumen, este ha sido un buen año, con sus miserias y sus alegrías, sueños y desengaños, y que termina con la esperanza de que el próximo sea mejor. Y mejor será que acabe ya esto porque se me está poniendo tono de anuncio navideño, sentimentaloide y dulzón, y, en fin, que una tiene su reputación...
El buscador
¿Qué sería de mí, los domingos por la tarde, cuando el estómago se llena de incomodidad ante la perspectiva del regreso al trabajo un lunes más, si en Telecinco no hubieran tenido la brillante idea de producir ese programa maravilloso llamado “El Buscador”? Sólo necesito ver el sumario, presentado con increíble seriedad por ese individuo patético (lo siento, no recuerdo su nombre y no me voy a molestar en buscarlo) que parece ir a comunicarnos la erradicación de la pobreza en el mundo, para echarme a reír. Da igual el tema que traten, tanto si sale la Pantoja (memorable esa “reconstrucción” de la llamada que le hizo Julián Muñoz desde la cárcel el día de su cumpleaños), como si aparece una doctora dando el parte médico de Jesucristo, el cual, somos informados desde la puerta del Hospital 12 de Octubre de Madrid, murió de politraumatismo.
Los reportajes suelen tratar sobre estupideces supinas que son avaladas por “expertos” y magnificadas por el semblante grave y concentrado de los reporteros. No podemos ignorar tampoco la edición de dichos reportajes, animados con música que ni la mejor película de suspense, y efectos especiales que resaltan los detalles que corroboran sin duda semejante información.
¿Y el tratamiento que dan a todas las cornadas sufridas por los mozos en los encierros celebrados a lo largo y ancho de esta España nuestra? Si el mozo ha tenido la suerte de sobrevivir, es entrevistado y forzado a relatarnos varias veces lo que sintió en esos espeluznantes instantes. Si el mozo murió, nos repetirán las imágenes una docena de veces, a cámara lenta, rápida, desde lejos o desde cerca.
¡Qué despliegue de medios! ¡Qué profesionalidad! ¡Qué rigurosidad en la información!
Tengo que reconocer que a veces me divierto más viendo este programa que con el mítico sketch de Martes y Trece titulado “Glorias de España”, aunque me asusta pensar que alguien pueda creer que lo que nos ofrecen es información seria y minuciosa.
Me gusta. No me gusta.
Me gusta…
Me gusta la sonrisa de Paco, levantarme temprano, escuchar las canciones de John Frusciante con los ojos cerrados, las patatas a la riojana y la soledad que emana de los cuadros de Hopper. Me gusta desayunar jamón serrano, té y nueces. Me gusta sentir la luz del sol colándose por las ventanas del salón una mañana de domingo, salir a la compra con mi madre y compartir con ella el aroma de las calles de mi pueblo en los días de invierno, porque mi pueblo, Alfaro, también me gusta mucho. Me gusta el foie, el tenis, la trilogía de El Padrino, copiar en cuadernos aquéllos pasajes de los libros en los que me reconozco, My way, de Frank Sinatra y que mi hermano pequeño todavía me llame “tata”. Me río con el humor seco de las gentes del norte y cada día con Bea y Montse. Me gusta el color amarillo, los cactus y el grito desesperado de Jim Morrison al comienzo de una canción cuyo título no recuerdo. Me gusta el vino, ver amanecer en el Cabo de Gata y una buena conversación con Natalia. Me gusta que el día del chupinazo todas las amigas luzcamos la misma camiseta. Me gusta la manita del niño que aparece en el cuadro Las tres edades de la vida, de Gustav Klimt, viajar en tren, con los paisajes mostrándose a ráfagas ante mis ojos atentos, leer el blog de Rodrigo, el pacharán e imaginar que un día tendré un perro chow-chow al que llamaré Ulises. Me gusta el olor a lluvia y la libertad del desierto, los magnolios de los Jardines de Sabatini, la filosofía de vida de Simone de Beauvoir, la mermelada de fresa y el carácter pacífico de mi amiga Wen. Me gusta leer a Virginia Woolf y a Oscar Wilde, me gusta encontrarme cada mañana un email de Pelayo en la bandeja de entrada, los pastelitos de la Pantera Rosa y las películas de Woody Allen. Me gusta pasear por las calles de París, las tonterías de Monsieur Fenosa o escuchar la llamada a la oración, al amanecer, desde el balcón de un hotel en Dakar. Me gusta el olor de las librerías de viejo, el olor de cualquier librería.
No me gusta...
No me gusta la gente que viaja al extranjero y pasa todo el tiempo acordándose de la tortilla de patata y repitiendo aquello de “como en España, en ningún sitio”. No me gusta hacer la compra en grandes superficies, los garbanzos, la ropa color burdeos, los libros de Paulo Coelho o la voz de Alejandro Sanz. No me gusta la falta de aire acondicionado en el metro durante el verano, dormir con pijama, los huevos cocidos, que los padres pongan sus nombres a sus hijos, los cinturones blancos, mis pies. No me gusta la pimienta negra, los libros de autoayuda, la gente que sale del estanco, abre la cajetilla recién comprada y arroja el plástico al suelo. El olor a café me causa dolor de estómago, ver envejecer a mis padres, también. No me gusta planchar, ni aquéllas personas que se empeñan en desplegar el periódico, y plantarlo debajo de mis narices, en un vagón de metro atestado de gente. No me gusta quedarme dormida en el sofá, los bollos rellenos de cabello de ángel, el tacto del terciopelo, no tener nunca tiempo para visitar a Ana, ni aquellos que van en sus coches deportivos, con las ventanillas bajadas para que el mundo se entere de su pésimo gusto musical, superando todos los límites de velocidad. Sé que no suena muy humano pero no puedo evitar desear que se estrellen con la próxima farola que se encuentren. No me gusta tener los brazos tan gruesos, ni la cara de Zaplana, tampoco la de Acebes, los perfumes de Carolina Herrera, tener que trabajar de lunes a viernes, que se me mueran todas las plantas que compro. No me gusta tener tiempo libre y no saber qué hacer con él. No me gusta no encontrar las palabras exactas para expresarme cuando en mi cabeza todo parece tan claro.
Me gusta, no me gusta; ser o no ser.
El rostro de las letras.

Hace unos meses leí un artículo escrito por Juan Cruz en el periódico El País, que llevaba por título El librero del cheque, que comenzaba de la siguiente manera:
“Se escapó de la escuela con una mujer diez años mayor que él, dio la vuelta al mundo cuando era un adolescente, cumplió el sueño de su padre de ser librero, es capaz de viajar de Londres a cualquier sitio del mundo para encontrarse con un amigo y leerle un manuscrito propio, o de levantar el dedo en una subasta y quedarse (por 4.1 millones de euros) con un libro que la historia ha convertido en un libro raro.”
Esas pocas líneas capturaban una vida que así, en frío, sin conocer ningún detalle, ya se antojaba fascinante. Dudé por un momento; no sabía si quería conocer los pormenores de una historia que parecía deshacerse del aura romántica prometida al comienzo cuando se mencionan esos brutales 4.1 millones de euros. La curiosidad pudo más, así que continué leyendo.
El caso es que ese niño de quince años que se fugó de la escuela con una mujer de veinticinco, hoy tiene cincuenta años y es uno de los libreros más prósperos del planeta. Desde el primer libro raro que compró ha llovido mucho, y parece ser que se ha labrado una prestigiosa carrera creando bibliotecas de acaudalados personajes, aconsejando a prestigiosos clientes, ayudando con la restauración de ejemplares preciosos, persiguiendo libros imposibles alrededor del mundo o participando en subastas en nombre de personas anónimas que confían plenamente en su instinto. Con todo eso, más alguna que otra pelea con los bancos, pudo el pasado catorce de julio levantar un dedo que valía 4.1 millones de euros y hacerse con el First Folio, de Shakespeare.
Comprar y vender libros raros. No se me puede ocurrir una profesión mejor que aquella que hace que la vida gire alrededor de los libros; que no te convierta en un mendigo de tiempo para poder sacar el jugo a la literatura.
La fotografía que ilustra el reportaje nos muestra a un hombre sonriente y despeinado, como si se acabara de levantar de la cama; su rostro, sereno y travieso, parece no conocer inquietudes, o quizá sea esa vida de apariencia fascinante la que sirve de escudo contra la preocupación. El rostro de la felicidad de las letras. El rostro que yo podría tener si me atreviera a alejarme definitivamente de los números.
Un día memorable

Ayer fue un día tan memorable como miserable. Un día de apariencia insulsa e incluso absurda, falto de movimiento y palabra hablada. Un día que un hipotético observador externo hubiera calificado de vacío o perdido.
Me levanté a eso de las nueve de la mañana sabiendo, gracias a un desagradable dolor de espalda, que había cometido el terrible error de haber dormido más horas de las debidas. La cabeza aturdida y un injustificado mal humor confirmaron lo que ya sabía. Los años pasados habitando mi cuerpo me hacían sospechar que las siguientes horas de luz no iba a soportar estar en mi propia piel.
Tras el aseo diario y el desayuno, que no pasaron de ser parte de la rutina puesto que ninguno de los dos contribuyó a aliviar la pesadez cerebral y corporal que me atenazaba, me quedé sentada en el sillón, la mirada perdida, los oídos obstruidos, el tacto áspero, el olfato enfadado. Sentada. Observando la nada a través de unos muebles que ya no me gustaban, una televisión que no quería encender y unos libros que no quería leer. Parpadeé y regresé de la nada para empezar a odiar porque era lo único que me sentía capaz de hacer. Todavía no comprendo por qué me acordé de la dependienta que unos días antes me había atendido en una zapatería de la calle Alcalá. Una muchacha delgada y pelirroja, parlanchina y simple, que contaba a su compañera de trabajo con orgullo gritón cómo una mujer adinerada, porque, tía, la gente que tiene pasta, se nota, la había mirado en el aeropuerto con, al parecer, bastante insistencia y cómo ella, tan segura de su chabacano encanto, se había pavoneado ante la acaudalada en cuestión. Cómo la odié desde mi posición inerte, sentada en el sillón. La veía delante de mí, con ese torpe maquillaje y esos aires de grandeza y escuchaba su voz chillona contando tamaña estupidez y comencé a pensar en cómo algo tan complejo como el ser humano al que se le ha encomendado la inmensa tarea de existir puede convertirse en algo tan estúpido y simple. Cómo la vanidad es fuente de felicidad. La frecuencia con la que la felicidad se confunde con la frivolidad. La misma ignorancia de lo que realmente pueda ser la felicidad. ¿Para qué molestarnos en buscarla cuando los sucedáneos, las malas imitaciones nos asaltan a cada paso? Mi subconsciente pareció darse cuenta de que no poseía información suficiente para seguir trabajando en una teoría que tal como acudió a mi mente, se marchó. Y entonces llegó el recuerdo del metro sin aire acondicionado y el abanico que siempre olvido en casa y las ganas que me entran de cargarme al pobre conductor del metro que sé que no tiene la culpa de nada pero yo tampoco y no tengo porqué sudar todas las cremas que me pongo para frenar las consecuencias del irremediable paso del tiempo. Y del metro pasé a la madre de una paciente que acudió a la clínica donde trabajo, una señora maleducada y desconfiada a la que le hubiera escupido en la cara si no fuera porque tengo más educación que ella. Y entonces volví a reflexionar sobre la estupidez del ser humano, que se empeña en crear problemas, en provocar malentendidos, para hacer de su vida un lugar más interesante. Reconocí que yo también lo he hecho en alguna ocasión y eso no contribuyó precisamente a mejorar mi estado de ánimo.
Recordé que tenía que ir a comprar el pan y no quería hacerlo porque hacía demasiado calor y mi cuerpo no soporta muy bien el calor. Pero, si mi cuerpo no soporta bien el calor, ¿por qué me siento tan atraída por los paisajes desérticos? ¿Será por la amplitud espacial? Obligados como estamos la mayoría de los habitantes de las grandes ciudades a vivir en espacios indignos, el desierto se me antoja el paraíso, carente de obstáculos para la vista, impregnado de luz, inabarcable. Anduve perdida por un desierto imaginario, todavía con la mirada suspendida en la nada, todavía con dolor de espalda.
No fui a comprar el pan. De hecho, no salí de casa en toda la mañana. Me quedé sentada en el sillón, mirando al frente, agotada y con ganas de llorar.
Y entonces llegó Paco y me escuchó cuando le conté lo de la dependienta de la zapatería y lo del metro y la estupidez de la gente y cómo me cargaría a la mitad de la humanidad. Y él me miraba y sonreía comprensivo y yo comencé a sentirme un poquito mejor. Por la tarde nos fuimos al Carrefour a seguir odiando a la humanidad, ahora armada con sus carritos repletos de comida basura, dando voces para localizar a sus mocosos que andan perdidos por los pasillos. Compartimos nuestro odio en el escenario ideal. Volvimos a nuestra casa, nuestro refugio silencioso y acogedor y de repente la vida ya no parecía tan terrible.
Y ahora que he escrito todo esto, pienso que quizá ese día no haya resultado tan vacío o tan perdido.
Turquía




Acabo de regresar de Turquía y mi mente, siempre caprichosa y haciendo gala de un gusto exquisito, ha comenzado a desterrar a los dominios del olvido los momentos de tedio y agonía provocados por la necesidad de cubrir varios cientos de kilómetros en compañía a veces no deseada.
Como decía, mi mente ha preferido quedarse con el brillo de las ruinas de Éfeso, la bondad de las formas de la Capadocia admiradas por fuera, por dentro y desde el cielo a bordo de un globo aerostático, o el canto del almuédano rasgando la húmeda atmósfera de la noche en Estambul. Por sus calles nos perdimos una y mil veces y jamás nos alegraremos lo suficiente. Visitamos mezquitas ignoradas por los turistas y tomamos el amargo té turco en compañía turca, siempre amable, siempre sonriente, en teterías cuyas mesas diminutas buscaban la sombra en callejones imposibles. El palacio de Topkapi, la bizantina Cisterna de la Basílica, la ineludible Santa Sofía, la Mezquita Azul (triste escenario de la escasa, además de mala, educación que reina en el feliz mundo del turista común, incapaz de distinguir un rezo de una atracción de feria), los restos del Hipódromo, el Bazar de las Especias, pequeño y encantador, y el Gran Bazar, inmenso aunque no tan bullicioso como esperaba... Las calles empinadas que desembocan en el mar, enjambre de tiendas y tenderetes y de personas atareadas, que compran y venden, que van y vienen con sus mercancías en bolsas, en carritos o echadas con valentía a la espalda. La mezquita Süleymaniye, el lujo de la paz a nuestro alcance, la Mezquita Nueva, la de Rüstem Pasa...Todas tan bonitas, con su exuberante cerámica decorando los muros, sus lámparas redondas suspendidas a medio camino entre el suelo y las maravillosas cúpulas, con decenas de luces titilantes contribuyendo a crear una atmósfera envolvente y en cierto modo seductora para mí, ajena a sus creencias, a su fe, a cualquier fe, a pesar de lo cual encontré cierto placer irracional en descalzarme y caminar sobre aquellas impolutas alfombras, en ponerme un velo y cubrirme, en sentarme en la parte de atrás de un buen puñado de mezquitas, sin apenas comprender nada y deseando ser invisible.
Y por la noches, tras la cena, acudimos a nuestra cita en el Aile Café, en el interior de un cementerio, donde tomamos té de diferentes sabores y fumamos una pipa de agua, atendidos por un camarero agotado por el trabajo que, a pesar de todo, nos saluda con cariño y jamás pierde la sonrisa.
Y no puedo olvidar la experiencia del baño turco en un hermoso edificio del Siglo XVI, que te limpia la piel y el espíritu y te renueva y relaja, quién lo diría, con un brusco masaje. ¡Qué lujo, el agua! Agua por todos los lados, derramada sin remordimientos.
Tras Estambul e integrados ya en un numeroso grupo de personas, Bursa, donde visitamos la Mezquita Verde, cuya belleza emana directamente de la fuente tallada que se encuentra en el interior, algo único en el mundo.
Tras Bursa, Éfeso, donde comenzaremos nuestro trasiego por las antiguas civilizaciones. Imponente la Biblioteca de Celso, construida entre el 114 y el 117 A.C., de la que sólo permanece en pie la fachada, custodiada por las estatuas de Sofía (sabiduría), Areté (virtud), Ennoia (intelecto) y Episteme (conocimiento). Cercanos están los restos del Burdel, que en su día albergó una estatua del dios griego de la fertilidad, Príapo. El majestuoso teatro, excavado en la ladera del monte Pión, nos ofrece un sitio en sus gradas y la posibilidad de imaginar cómo debía de ser acudir allí hace miles de años.
Más kilómetros; no importa si el destino es Hierápolis o, mejor dicho, lo que queda de ella: tras haber disfrutado de una posición importante en el periodo helenístico acabó sumergida por el agua y los depósitos de travertino que dieron lugar a otra de las atracciones de la zona: Pamukkale, las cascadas de algodón (qué decepción, ¿por qué ha de ser tan evidente la manipulación del hombre en semejante milagro de la naturaleza, aunque éste esté ya cansado de mostrarse tan bonito como antaño? ). Pero volviendo a Hierápolis: para llegar a ella, primero se ha de atravesar la imponente necrópolis, la más grande de Anatolia, en la que hay más de mil doscientas tumbas, sarcófagos y túmulos que van desde el periodo helenístico hasta el cristiano primitivo pasando, claro está, por el romano. Hierápolis la visitamos al atardecer, cuando un ligero viento nos hace olvidar la aspereza del sol, que comienza ya a esconderse. Sólo somos tres personas caminando por la vía flanqueada por columnas que nos conducirá hasta el arco de Domiciano. Tres personas, el viento y la luz ambarina despidiéndose del sol y la certeza de que ese será un momento que recordaremos siempre.
Más kilómetros (gracias John Frusciante, gracias Ryszard Kapuscinski, por hacer que las distancias no parecieran tan distantes) y, por fin, Capadocia, con cuyas peculiares formas nos topamos casi de bruces al atardecer, ¿podría ocurrir algo mejor? Allí uno se transforma en paisaje, se traslada a otra época, se convierte en otro, en el que de verdad le gustaría ser si se atreviera a intentarlo. Porque ese paisaje de formas quiméricas que esconde mil y un secretos se te ofrece para que lo tomes, para que no olvides llevarte un pedacito suyo contigo.
Y de nuevo, al día siguiente, el atardecer; éste inmenso, con el solemne valle extendiéndose delante de nuestros ojos y el cielo, más infinito que nunca, exhibiendo sanguíneos colores que tiñen unas deshilachadas nubes que parecen haber surgido de la nada.
Con todo esto me quedo, empeñada como estoy en olvidar que las circunstancias me hicieron viajar con demasiada gente insolidaria y gruñona (entre la que, eso sí, había gloriosas excepciones), que se afanaba más en echar de menos la tortilla de patata que en dejarse aniquilar suavemente por un país que, de inmediato sabes, te permitirá volver a nacer sintiéndote un poquito mejor.
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Espejo 21:30
Después de mucho trabajo, muchas reuniones con mis compañeros y muchas rondas de cerveza, aquí está Espejo 21:30, un libro compuesto por treinta y nueve relatos (ocho de ellos escritos por una servidora) y un prólogo en forma de cuento, que podéis adqurir a través de nuestra página web (agotado en librería).
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