Ofelia (John Everett Millais, 1851-2)

En las aguas profundas que acunan las estrellas, blanca y cándida,
Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente,
recostada en sus velos...

Arthur Rimbaud

Ofelia, de J. E. Millais se considera la obra más importante de los prerrafaelitas. Representa al personaje shakespearinano, una joven que supuestamente se suicidó lanzándose a las aguas debido a su amor no correspondido por el príncipe Hamlet y por el dolor que supuso la muerte de su padre a manos de su amado, y digo supuestamente, porque la escena del ahogamiento no aparece explícita en la obra, sino que sólo se conoce a través de las palabras de Gertrudis en el momento en el que le comunica la noticia a Laertes, hermano de Ofelia.

La muerte no me suele parecer algo romántico, y mucho menos el suicidio pero, por una de esas contradicciones que nos convierten en humanos, no puedo resistirme a la poesía que emana de esta obra, especialmente después de haber tenido la oportunidad de contemplarla, hace varios años ya, en una exposición organizada por la Fundación La Caixa.
No se trata de una obra de gran tamaño, sino de una pintura exquisita plagada de pequeños detalles que conforman un todo melancólico y delicado: el vestido que parece resistirse a desaparecer de la superficie, las aguas en calma, el rostro derrotado de Ofelia, las violetas alrededor de su cuello, que representan la desesperanza y la muerte temprana, la minuciosidad con la que la vegetación es tratada o las manos, que parecen exhibir su incapacidad para seguir adelante.
Ofelia, pobre infeliz, enloquecida tras el asesinato de su padre a manos de aquel que creía amar, el prícipe Hamlet.

 

posted by Ainhoa on 3:08 p. m. under

2 comments

La Abstracción del Paisaje (Del Romanticismo Nórdico al Expresionismo Abstracto)

1. Las estaciones del año. El invierno (Caspar David Friedrich, 1770-1840)

2. Nubes densas y oscuras. (Joseph Mallord William Turner, 1775-1851)
3. Estudio de nubes sobre un paisaje vasto. (John Constable, 1776-1837)

4. Dos mujeres en la orilla (Edvard Munch,1863-1944)

5. Sin título (Jackson Pollock, 1912-1956)

6. Sin título (Mark Rothko, 1903-1970)


La abstracción del paisaje (Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto). Este es el título de la exposición que se puede ver hasta el día 13 de enero de 2008 en la Fundación Juan March.
Robert Rosenblum (1927-2006), historiador de arte norteamericano, dio una serie de conferencias en la Universidad de Oxford en el año 1972 que serían recogidas en un libro : La pintura moderna y la tradición del romanticismo nórdico. De Friedrich a Rothko. Esta exposición está inspirada en ese libro y en ella se pueden admirar obras de, entre otros, Friedrich, Turner, Constable, Van Gogh, Munch, Kandinsky, Nolde, Mondrian, Klee, Pollock y, por supuesto, Mark Rothko.
Rosenblum sostenía que el origen de la abstracción moderna estaba en los paisajes representados por los pintores románticos del norte de Europa en el siglo XIX, partiendo de Friedrich y sus Estaciones del Año (de las cuales el Verano se ha perdido; el resto se puede ver en esta exposición), donde se captan la divinidad y la espiritualidad en los paisajes, alejándose de esta manera de las escenas propias del arte cristiano que hasta entonces se habían representado.
Esta teoría suscitó polémica y multitud de críticas, pero no deja de ser una buena excusa para disfrutar de las obras de un buen puñado de artistas excepcionales.

 

posted by Ainhoa on 7:52 p. m. under

2 comments

Georgia O´Keefe




"Yo me decía: tengo cosas en la cabeza que nada tienen que ver con lo que me han enseñado, formas e ideas que me son tan familiares, que responden tanto a mi forma de vivir y de pensar, que no se me ha ocurrido plasmarlas. Me decidí a empezar de nuevo, a olvidar lo que me habían enseñado y a aceptar como cierta mi propia visión de las cosas. Estaba sola, totalmente libre, sólo trabajaba para mí, era todavía desconocida y no trataba de agradar a nadie, sólo a mí misma."
Georgia O´Keefe

 

posted by Ainhoa on 7:36 p. m. under

3 comments

He comenzado a escribir una novela


He comenzado a escribir una novela (parece que esté confensando algún delito) y está resultando ser una experiencia abrumadora, agotadora y también reconfortante cuando doy con la palabra precisa o la frase perfecta para expresar exactamente lo que parece tan claro en mi cabeza.
De momento estoy en la fase de "búsqueda", por llamarla de alguna forma. Búsqueda de voz y tono, de los verdaderos motivos que tienen mis personajes para actuar como lo hacen (ellos también te pueden engañar si no te andas con cuidado), de sus particularidades físicas y de las de sus entrañas. Ya he hecho grandes hallazgos, les he asignado un nombre, los voy conociendo y les empiezo a coger cariño. Además, con mis compañeros de clase de la Escuela de Escritores se está desarrollando una complicidad extraordinaria, fruto, supongo, de haber compartido ya nuestros proyectos sin conocernos de nada. Me he encontrado con un grupo de gente culta y divertida y una profesora que de verdad cree en lo que hace. Salgo de cada clase fortalecida y con ganas de seguir adelante, y eso es importante para mí, porque la escritura es una actividad tremendamente solitaria, a menudo frustrante, y me hace falta ese intercambio de opiniones y una buena dosis de crítica ajena para tomar de nuevo perspectiva al sentarme, sola otra vez, delante de la pantalla del ordenador.

 

posted by Ainhoa on 5:04 p. m. under

2 comments

84, Charing Cross Road


14 East 95th St.
New York City
16 abril 1951



A todo el personal de 84 de Charing Cross Road:

Mil gracias por su maravilloso volumen. Jamás he tenido un libro con todos los cantos dorados. ¿Creerán ustedes que, además, llegó justamente en día de mi cumpleaños?


Habría deseado que no hubieran sido ustedes tan excesivamente correctos dedicándomelo en un tarjetón adjunto, en lugar de escribir su dedicatoria en la página de guarda del propio libro. Pero ustedes son libreros, claro..., y se les nota: han temido que una dedicatoria manuscrita en el libro le hiciera perder valor..., cuando para su actual propietaria lo habría incrementado muchísimo. (Y posiblemente también para un futuro propietario. A mí me encantan las inscripciones en las guardas y las notas en los márgenes: me gusta el sentimiento de camaradería que suscita el volver páginas que algún otro ha pasado antes, así como leer los pasajes acerca de los que otro, fallecido tal vez hace mucho, llama mi atención.)


¿Y por qué no han firmado con sus nombres? Me imagino que Frank no les debe de haber dejado hacerlo: ¡probablemente no está dispuesto a consentir que yo escriba cartas de amor a nadie más que a él de esa casa!


Les envío saludos de América..., de esa amiga infiel que está derrochando millones en reconstruir Japón y Alemania, mientras permite que Inglaterra pase hambre. Algún día, si Dios quiere, iré a pedirles personalmente disculpas por los pecados de mi país (y cuando llegué el momento de regresar a éste, sin duda tendré que pedirles disculpas también por los míos propios).


De nuevo gracias por este hermosísimo libro. Pondré especial cuidado en evitar mancharlo de ginebra o ceniza, porque realmente es demasiado bello para una persona tan descuidada como yo.


Con afecto de

Helene Hanff

 

posted by Ainhoa on 6:51 p. m. under

2 comments

Escocia













Escocia es frío y nubes y lluvia. Pero eso ya lo sabía. Escocia es más que Edimburgo, es gente amable y sonriente, a pesar de ese frío, de esas nubes y de esa lluvia. Y es lagos, muchos e inmensos, y castillos y acantilados; y a veces parece que es el mismísimo fin del mundo, aunque siempre habrá una cabina desde la que reclamar lo que uno es capaz de reconocer. Es una granja aquí y otra allá; e iglesias y hermosos cementerios entre montañas. Y cascadas y ciervos que, nerviosos, se cruzan en la carretera; y vacas con flequillo y vacas sin flequillo que te miran impasibles mientras, ellas también, se cruzan en la carretera. Callejones, museos gratuitos, cervecerías, bed & breakfast y curiosas señales que te indican que en ese lugar hay ancianos, y padres con sus niños. Y carteles en inglés y en gaélico, y acentos imposibles. Y pueblecitos costeros donde por fin veo brillar el sol, donde, quizá por ello, sus habitantes exhiben unas sonrisas tan radiantes que parece que nunca habrán de ser alcanzados por el dolor ni mucho menos por la tragedia. Escocia es un lugar donde la taza de café más pequeña tiene un tamaño que asusta casi tanto como los estampados de las moquetas o de las cortinas. El cielo, generoso en matices y elementos; la tierra, verde, amarilla y violeta.

 

posted by Ainhoa on 7:32 p. m. under

3 comments

Brokeback Mountain


En mi barrio los únicos cines que hay están en el interior de dos espantosos centros comerciales, por lo que últimamente ni me molesto en mirar la cartelera y espero pacientemente a que pongan las películas en Digital +. Con cada excepción que hago, como es el caso de "El ultimátum de Bourne" (Jason Bourne es mi debilidad, qué le voy a hacer) hace menos de un mes, me prometo a mí misma que esa será la última vez que pise uno, pero no es de los centros comerciales de lo que quería hablar, sino explicar que es por ellos por los que veo la mayoría de las películas con más de un año de retraso, y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con "Brokeback mountain".

Poco puedo decir que a estas alturas no se haya dicho ya sobre ella, pero no puedo resistirme a comentarla porque me ha parecido una película sublime.

Es la historia de dos "cowboys" que se conocen cuando van a pedir trabajo al ranchero del pueblo, que los enviará a Brokeback Mountain a cuidar de sus ovejas. Ennis del Mar (Heath Ledger) es un hombre distante, introvertido, marcado por la muerte de sus padres, con un objetivo en mente: casarse con su novia, tener hijos y conseguir un trabajo con el que mantener a su familia. Jack Twist (Jake Gyllenhaal) es extrovertido y charlatán, cuyo deseo es ganarse la vida compitiendo en rodeos. Entre ambos, poco a poco, nacerá una amistad que no tardará en convertirse en algo más profundo. Cuando el aislamiento concluye y regresan de las montañas llega también la inevitable separación. Memorable la escena en la que Ennis, tras la marcha de Jack, se mete en un callejón a llorar y vomitar su dolor.

Los años pasan, ambos se casan, tienen hijos y no saben nada el uno del otro hasta que Ennis recibe una postal de Jack diciendo que pasará a visitarle. A partir de entonces, varias veces al año, se escaparán juntos a Brokeback Mountain, el único lugar donde pueden ser libres para amarse. La imposibilidad de estar juntos día a día acabará devorándolos como personas y afectando a todos aquellos que les rodean a medida que el tiempo va trancurriendo.

Lo que convierte a "Brokeback Mountain" en una película arriesgada es el entorno en el que se desarrolla la acción y también la época (comienza en 1963), aunque no hay que olvidar que en algunos de los estados más conservadores de E.E.U.U. se prohibió su exhibición en pleno siglo XXI.

Es una película narrada con un ritmo tranquilo, que no lento, el necesario para envolvernos en una atmósfera en la que la mayoría de las cosas se quedan sin decir y los sentimientos sin expresar por el simple hecho de que no podría ser de otra manera.

Y no quiero terminar sin señalar que hasta ahora Heath Ledger me parecía un chulo cuyo talento, si lo tenía, no lograba ver por ningún lado, pero en esta película hace un trabajo admirable, creando un personaje contenido, con muchos matices, dureza, ternura y una mirada huidiza y avergonzada por no poder evitar querer a Jack.

 

posted by Ainhoa on 5:38 p. m. under

Be the first to comment!

Girasoles

Hoy mi niño me ha regalado un sencillo ramo de girasoles, tan bonito que no puedo dejar de mirarlo. Él sabe cúanto me gustan los girasoles, cómo me gusta mirar los campos amarillos cuando vamos en el coche. Porque el amarillo es mi color; alguien me dijo que eso se debe a que soy Leo, signo de fuego, pero yo nunca he creído mucho en la astrología, (por no decir nada).
En fin, que no quisiera ponerme sensiblona ante mi escaso público; tú has visto mis ojos sonreír cuando has aparecido por la puerta.

 

posted by Ainhoa on 7:39 p. m. under

2 comments

Kafka en la orilla, de Haruki Murakami



Ahora que voy a comenzar a leer Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, me apetece hablar de la última novela de Haruki Murakami que he leído, Kafka en la orilla.

En ella hay dos historias principales, la de Kafka Tamura, un joven que se marcha de casa el día que cumple quince años debido a las malas relaciones que mantiene con su padre, un afamado escultor al que su esposa abandonó llevándose con ella a su hija; y la de Satoru Nakata, un entrañable anciano que siendo niño sobrevivió a un extraño incidente en el que él y sus compañeros de clase, en una excursión al campo, pierden el conocimiento y caen al suelo desmayados. Sus compañeros despiertan, sólo él permanece inconsciente durante unos días más y cuando despierta, ha pasado de ser un niño inteligente a perder la memoria, aunque a partir de entonces poseerá la extraña habilidad de hablar con los gatos.

A lo largo del viaje que ambos emprenden, por separado y por diferentes motivos, se encontrarán con personajes que les ayudarán a conseguir un objetivo que ni ellos mismos conocen y que se irá concretando a medida que la acción avanza.

El universo que Murakami fabrica para esta novela es un lugar plagado tanto de elementos fantásticos y extraños como de escenarios totalmente reconocibles, por el que los personajes y el lector se pasean con total naturalidad.

La historia es ambiciosa, una especie de tragedia griega narrada con sensibilidad y crudeza ; seicientas páginas que no quería que se acabaran nunca. ¡Qué suerte la mía!

 

posted by Ainhoa on 2:00 p. m. under ,

2 comments

La bendita soledad de una mujer en el paro

Puede que haya personas que sientan pavor ante la perspectiva de pasar tan sólo una tarde a solas consigo mismas, pero ese, afortunadamente, no es mi caso.
Mi propia compañía me resulta extremadamente agradable; conozco mis gustos y las diferentes formas de satisfacerlos; mis despistes, nunca delitos (ni faltas, por supuesto) me inspiran una tierna benevolencia, y si decido abandonar mi guarida, humilde depósito de mis tesoros en forma de libros y cds, no temo ir sola al cine, a un museo o sentarme en una cafetería ante una taza de té y una buena novela. Esto, sin duda, es una gran ventaja puesto que, si todo va bien, durante los próximos dos años (como mínimo), este país tendrá que abstenerse de contar conmigo, al menos en mi faceta productiva. Abrazo desde ya y sin remordimientos los placeres de la vida, tan huidizos durante los últimos meses, placeres sin toque de queda, sola la mayor parte supongo, y en buena compañía cuando las obligaciones de mis seres queridos se lo permitan. Soy una feliz mujer en el paro, tan feliz que ni el gesto torcido de mi abuela cuando le dije que había dejado mi trabajo fue capaz de desdibujar mi estado de placidez mental. Lo siento abuela, pero yo nunca me tragué eso de que el trabajo da la felicidad o proporciona dignidad. El dinero, esa es la clave, y por el momento tengo suficiente para cubrir mis necesidades básicas y darme algún que otro capricho. ¿Lo que vendrá después? Sinceramente, me importa un bledo.

 

posted by Ainhoa on 7:12 p. m. under

Be the first to comment!

Brooklyn Follies, de Paul Auster




"Como él, en la facultad había cursado la especialidad de inglés, con la secreta ambición de seguir estudiando literatura o quizá probar suerte con el periodismo, pero me faltó valor para hacer alguna de las dos cosas. La vida se metió por medio- dos años en el ejército, trabajo, matrimonio, responsabilidades familiares, necesidad de ganar cada vez más dinero, toda esa cagada que nos deja empantanados cuando no tenemos los cojones de luchar por lo que queremos -, pero nunca perdí el interés por los libros. Leer era mi válvula de escape, mi desahogo y mi consuelo, mi estimulante preferido: leer por puro placer, por la hermosa quietud que te envuelve cuando resuenan en la cabeza las palabras de un autor."


 

posted by Ainhoa on 5:27 p. m. under

1 Comment

Tales of a female nomad


"Soy una nómada moderna. No tengo una dirección permanente, ni más posesiones que las que llevo conmigo, y muy pocas veces sé dónde estaré dentro de seis meses. Me muevo por el mundo sin un plan, guiada por el instinto, conectando con la gente a través de la confianza, y constantemente en busca de buenas oportunidades."

Así comienza Tales of a female nomad, un libro que llego hasta mí en forma de regalo de cumpleaños de mi gran amigo Cary DeLong, y que cuenta, en presente y en primera persona, las aventuras de una mujer estadounidense que, a sus cuarenta y ocho años, se encuentra divorciada, con los hijos ya en la universidad y sin deseo alguno de quedarse en casa lamentándose por ello. Doctorada en Antropología y escritora infantil de profesión, se lanza a descubrir un mundo que hasta entonces sólo conocía a través de libros y documentales. Méjico, Nicaragua, Guatemala, Israel, las Galápagos, Nueva Zelanda, Tailandia y sobre todo, Bali, donde residirá durante ocho años interrumpidos sólo por alguna escapada a su país.

Huye de los itinerarios frecuentados por los turistas, contactando principalmente con maestros de escuela a los que se ofrece para hablar de sus libros a los alumnos o enseñar inglés. Sus estancias suelen ser largas (aunque ninguna tanto como la balinesa), y sorprende la facilidad con la que la gente de casi todos los países mencionados le ofrece un lugar en el que alojarse, ya sea una cabaña o un palacete, sin apenas conocerla. Gracias a su primera y frustrante experiencia en una remota aldea mejicana, pronto se da cuenta de que para ser admitida en una comunidad con la que, en la mayor parte de los casos, no tiene en común ni el idioma, ha de vestir como ellos, comer lo que comen ellos, aprender las palabras y los gestos de cortesía y jamás juzgar lo que ve. Así consigue que la admitan como a una más e incluso le hagan partícipe de muchos de sus ritos ancestrales, creando lazos indestructibles con muchas de las personas que va conociendo a lo largo de los años.

Ahora, a sus setenta años, parece mantener intacto su entusiasmo por la gente de todos los rincones del planeta, porque es precisamente eso, conocer gente, lo que no le permite quedarse mucho tiempo en un mismo lugar.

En su página web http://www.ritagoldengelman.com/, podéis leer los diarios de sus últimos viajes. Merece la pena.

 

posted by Ainhoa on 2:52 p. m. under

Be the first to comment!

Curtains- J.F.



"-Entonces me gustaría preguntarte una cosa. ¿Crees que la música posee el poder de cambiar a la gente? Es decir, que si, en un momento determinado, escuchas una música determinada, ésta puede hacer que se produzcan grandes cambios dentro de ti.

Ôshima asintió.

-Por supuesto-dijo -. Eso sucede. Experimentamos algo y, como resultado, ocurre algo. Es una especie de reacción química. Luego nos examinamos a nosotros mismos y descubrimos que la gradación de todo lo que nos rodea ha ascendido un punto. Y que, a nuestro alrededor, el mundo se expande. Yo lo he experimentado. No sucede muy a menudo, pero a veces ocurre. Es como el amor."
Kafka en la orilla
Haruki Murakami

 

posted by Ainhoa on 10:34 p. m. under

Be the first to comment!

The Warmth






Hoy me apetece dedicarle esta entrada a Brandon Boyd y no por su cara bonita, que lo es, sino por su voz, que lo es mucho más, porque es capaz de convertir un anodino viaje en metro en un viaje mental alucinante, de esos en los que notas que algo se ha roto dentro de tu cabeza, algo que no te molestarás en arreglar porque así te gusta más. ¿Alguien sabe de lo que estoy hablando? La solución, escuchando a Incubus. The warmth me gusta porque ya estoy en el otro lado, porque ya he dado el salto, porque si me apetece cerrar los ojos y volverme loca, lo haré, sin importarme si el viento resulta demasiado frío.

The Warmth

I'd like to close my eyes, go numb
But there's a cold wind coming from
The top of the highest high-rise today
It´s not a breeze ´cause it blows hard
Yes, and it wants me to discard
The humanity I know, watch the warmth blow away

So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old

So do you think I should adhere
To that pressing new frontier
And leave in my wake, a trail of fear?
Should I hold my head up high
And throw a wrench and spokes by
leaving the air behind me clear?

So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old
So don't let the world bring you down
Not everyone here is that fucked up and cold
Remember why you came and while you're alive
Experience the warmth before you grow old
Before you grow old


Y aquí tenéis el vídeo de la canción, que pertenece al DVD The morning view sessions.
http://es.youtube.com/watch?v=J0ZRvxDrOxo

 

posted by Ainhoa on 6:04 p. m. under

Be the first to comment!

Se acabó

El día 2 de agosto entregué la carta de baja voluntaria en mi trabajo. El día 17 de agosto seré una persona libre de nuevo.
Durante las últimas semanas una idea rondaba mi cabeza sin parar, no podía dejar de pensar que me estaba convirtiendo en lo que nunca quise ser: una contable atrapada en una rutina soporífera por el mero hecho de tener un buen sueldo, un sueldo que ya no era suficiente porque mi vida ya no era mi vida. Hasta hace nada ha estado bien, sobre todo por unas compañeras fantásticas a las que voy a echar mucho de menos, pero estos últimos meses han sido muy duros y me había metido de lleno en una dinámica que consistía en trabajar diez y doce horas al día y esperar como una demente a que llegara el fin de semana, durante el cual todas mis energías se evaporaban pensando en todo lo que iba a hacer y nunca hacía. Pero eso se acabó y no puedo evitar sonreír cada vez que lo pienso. Ahora tengo ante mí las fiestas de mi pueblo, un viaje de diez días por Escocia y, teniendo en cuenta los tiempos que corren, saturados de gente saturada, una indecente cantidad de tiempo libre. Mi prioridad es escribir una novela, y tras ella está el deseo de caminar por Madrid como si fuera una turista, visitando todos esos lugares para los que nunca encontraba un hueco. Tendré más tiempo para mis amigos, para leer sin parar, para ir al dentista, al ginecólogo, limpiar a fondo la cocina o ir a Tráfico a cambiar la dirección del coche, para tumbarme en el suelo de mi salón mientras escucho a John Frusciante, para ver todas las pelis de Eric Rhomer que todavía no he visto, para volver a estudiar francés..., y para pensar de nuevo, de verdad, por fin.
Sé que mucha gente pensará que soy una inconsciente por haber dejado un trabajo tan bien pagado que tampoco implicaba un gran desgaste físico, pero no me importa, porque es mi vida y porque, como dice mi padre, día que pasa no vuelve y yo ya no quería desperdiciar ni uno más de esos días. No tengo hipoteca, ni hijos, mantengo mi nivel de responsabilidad bajo mínimos (por razones de salud mental), así que creo que esta decisión que he tomado es casi una obligación, por todos aquellos a los que los tipos de interés y los precios de las guarderías les tienen cogidos por los huevos. Un saludo desde mi libertad.

 

posted by Ainhoa on 4:27 p. m. under

6 comments

The Smashing Pumpkins







Yo crecí con Smashing Pumpkins, pero como si de unos primos lejanos, a los que apenas ves un par de veces al año, se tratara. Por supuesto que conocía "Tonight, tonight", "Disarm" o "Bullet with butterfly wings", aunque nunca les presté mucha atención. Pero hace poco más de un mes, mi buen amigo Fenosa, me propuso ir al concierto que junto a The killers, Kasabian y un par de grupos más daban en Las Ventas, y no pude negarme porque la verdad es que estaba tan aturdida por la situación en mi trabajo, que un concierto en buena compañía me parecía la mejor manera de liberarme. A lo que iba, que me lío: la aparición de Billy Corgan en el escenario fue uno de esos momentos que se te quedan grabados para siempre en la memoria, majestuoso y friki, una combinación perfecta, al menos para mí. Apareció con una especie de túnica blanca y transparente, surgiendo de la nada, o más bien de los acordes de United States, uno de los temas de su último álbum, Zeitgeist, y ya no pude hacer nada.
Recuerdo que apenas tarareé las canciones, apenas me moví durante todo el tiempo que duró el concierto, simplemente me limité a estar ahí, pero de verdad, estar ahí sin desear estar en ningún otro lugar.

 

posted by Ainhoa on 6:43 p. m. under

3 comments

Entretenimientos de verano





























Habrá que esperar hasta agosto para disfrutar de "The Bourne ultimatum", pero seguro que merece la pena. Pues sí, aunque entre mi filmografía favorita predominen películas intimistas que tienden al drama, una también tiene sus debilidades casi inconfesables y la saga Bourne es una de ellas. Terminator es otra, por cierto. La primera parte, eso sí. Y hablando de debilidades casi inconfesables, también me he enganchado a una serie de adolescentes absolutamente previsible, One tree hill, aunque ha terminado la segunda temporada y en el canal Cosmopolitan no se han dignado a anunciar cuándo comenzará la tercera. Y ahora, ¿qué se supone que voy a ver a la hora del desayuno? ¿A Rajoy, Acebes y Zaplana? ¡Como si no fuera suficiente con estar atrapada en Madrid durante todo el mes de julio muriéndome del asco por el calor y por tener que verle el careto a mi jefe cada día!


Otro de mis entretenimientos favoritos, este de cualquier estación del año, es la lectura (aunque esto, más que un entretenimiento es una forma de vida). Una vez traté de leer El castillo, de Kafka, en pleno julio y tuve que dejarlo porque la historia no me llegaba, con tanta nieve y tanto frío. Entonces llegué a la conclusión de que hay libros de verano y libros de invierno. Teorías aparte, creo que este verano continuaré con mi obsesión por Auster, que este señor lo mismo resiste el frío que el calor, aunque trataré de combinarlo con otros autores como Paul Bowles o Murakami, del que, siguiendo el consejo de Ana, compré Kafka en la orilla el otro día. ¡Vaya! Kafka de nuevo. Habrá que probar, por lo menos. También me gustaría releer las biografías de grandes viajeras como Mary Kingsley o Freya Stark, pero me temo que eso haga que mi vida todavía parezca más absurda y mediocre, así que quizá lo deje para cuando mis ánimos estén un poquito más elevados.


En cuanto a la música, si habéis leído la entrada anterior, ya sabéis que he redescubierto a Gun y estoy como una niña con zapatos nuevos. Mi adorado John Frusciante sigue acompañándome cada día, igual que Incubus, Snow Patrol o The doors, porque lo de dejarme llevar por esos horrores denominados "canción del verano", nada de nada, que una tiene su dignidad, por mucho que Montse me eche la bronca por mi intransigencia al respecto. Lo siento, pero nunca podría mezclar a mi Frusciante con el Koala o su puta madre. Es que sólo de pensarlo una pierde hasta la compostura.

Otro de los grandes entretenimientos es salir de cañas a la terraza más grande del barrio día sí, día también. Menos mal que tengo un metabolismo agradecido que si no, con tanta cerveza, croquetas, patatas bravas o raciones de chopitos, iba a acabar el verano como la montón.


Y llegará la hora de irse al Cabo de Gata, es decir, al paraiso; y de disfrutar de las fiestas de mi pueblo (ahí sí que no podré evitar escuchar las canciones estivales, pero desde luego no será por propia elección), y después a Escocia, y para cuando vuelva espero que el calor nos haya abandonado.

 

posted by Ainhoa on 7:07 p. m. under

2 comments

GUN -Taking on the world


En septiembre me marcho de vacaciones a Escocia. De momento sólo sé que aterrizaremos en Edimburgo y a partir de ahí, ya veremos. Pero esa será otra historia que os contaré en su momento. El hecho es que ir a Escocia me ha recordado a un grupo de Glasgow llamado Gun, al que no paré de escuchar durante mi adolescencia. Su primer disco se tituló "Taking on the world" y es uno de los mejores trabajos que he escuchado nunca. Canciones llenas de pesimismo y derrota, con algún que otro punto de esperanza, que hoy he vuelto a escuchar, aunque quizá no sea eso lo que más me convenga ahora que ando un pelín baja de ánimos. Pero me da igual porque "Better days" o "Can´t get any lower" me transportan a mis años de instituto, cuando Las Chungas estaban tomando forma, cuando mi abuela todavía vivía y mi hermano pequeño no se había decidido a hablar, por sus cojones. Y no es que yo sea de las que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero aquellos años fueron tan especiales que me ha emocionado recordarlos de una manera tan real, a través de esas canciones, como si todo no hubiera transcurrido tan deprisa desde entonces, como si todavía siguiéramos allí.
En fin... Aquí tenéis un par de vídeos.

 

posted by Ainhoa on 7:22 p. m. under

2 comments

Mentira Cochina

El pasado sábado se presentó en la Sala Clamores el libro que todos los años publica el Taller de Escritura. Su título es Mentira cochina y en él hay un relato escrito por una servidora titulado Música de fondo. Además tuve que escribir un pequeño discurso para leer durante la fiesta. La verdad es que me pasé una semana de los nervios por eso, por tener que hablar en público, pero al final todo salió bien. Este es el discurso:

"Se supone que debería haber escrito un texto pretendidamente gracioso para amenizar durante unos minutos esta noche tan especial. Pero es que hace un par de semanas mi curso terminó, un mes antes de lo previsto y de manera forzosa, puesto que me convertí en la única alumna. Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga: de repente había encontrado el tema perfecto para hablar esta noche, podía lanzarme a ironizar sobre las excusas que a menudo utilizamos para no escribir, ya sabéis, el trabajo, que no me deja tiempo, que es la más socorrida, y cosas por el estilo. Pero tratando de construir un texto más o menos ingenioso, vi de que no avanzaba, y no avanzaba porque me había topado de frente con una fea conclusión: me di cuenta de que lo que nos aparta de las palabras es fundamentalmente el miedo, y el miedo no es divertido.
Quentin Bell escribió sobre su tía, Virginia Woolf, algo bastante significativo al respecto: “Sus novelas estaban muy cerca de sus propias fantasías y siempre fue consciente de que, para el mundo exterior, podían sencillamente parecer una locura. Su miedo a la burla despiadada del mundo contenía el temor más profundo de que su arte, y por consiguiente ella misma, fuera una suerte de impostura, el sueño de un idiota que no tiene valor para nadie.”
Me parece que no es muy difícil reconocerse en esas palabras. El miedo es demasiado fuerte, a veces viene en forma de revelación divina ante la que uno no tiene nada que hacer salvo echar a correr y pedir disculpas a los que te rodean por esta especie de locura que te retiene en un universo paralelo de palabras, jurando que no volverá a ocurrir. Pero una vez recuperados de los sudores y el dolor de estómago, del vértigo y los mareos, agachamos la cabeza y pedimos perdón de nuevo, esta vez a nosotros mismos, por no confiar en nuestras posibilidades como contadores de historias, por haber huido sin apenas intentarlo. Supongo que ahí está la clave, en tener miedo a todo menos a regresar."

 

posted by Ainhoa on 12:22 p. m. under

1 Comment

Marruecos
















Hace ya casi un par de meses que regresé de Marruecos, donde pasamos una semana fantástica y estrambótica, a nuestro aire, sin que nadie nos dijera cuánto tiempo podíamos pasar en cada lugar.
Llegamos con nuestras mochilas al diminuto aeropuerto de Marrakech y, tras cambiar nuestros euros por Dirhams, salimos en busca de un taxi que nos llevara a nuestro hotel, que al estar situado en una de las estrechas callejuelas de la Medina, ni siquiera el taxista sabía cómo llevarnos hasta él. Tras consultar con varios colegas, por fin emprendimos la marcha. El hotel (Riad Nora), era un pequeño palacete de cuatro habitaciones con un precioso patio en el centro al que se accedía por una diminuta puerta que no hacía presagiar la belleza que nos esperaba en su interior.
La Medina de Marrakech no es muy grande y sus calles están atestadas de pequeños comercios de todo tipo, gente y motocicletas con las que tienes que tener un extremo cuidado para no acabar atropellado. El punto destacado es la plaza Djema el Fnaa, donde hay cientos de puestos de comidas, tatuadoras de henna, encantadores de serpientes, músicos y gente, mucha gente. Los restaurantes tienen amplias terrazas donde se puede degustar un delicioso cous-cous mientras disfrutas del espectáculo ajetreado que se desarrolla en la plaza.
La Koutubia, hermana gemela de la giralda de Sevilla, es otro punto clave de la ciudad. Al no ser musulmanes no pudimos visitar su interior, pero estuvimos sentados en los jardines que la rodean, disfrutando del sol y la agradable temperatura.
También visitamos las Tumbas Saadies, pertenecientes a la dinastía anterior a la de los alauitas, a la que pertenece el rey actual. Para llegar y disfrutar de sus jardines de naranjos, tuvimos que atravesar una tienda de artesanía.
Marrakech no es una ciudad monumental, no tiene muchos lugares que visitar, su encanto reside en las calles estrechas y en su gente, pausada y amable. Una mañana, paseando por los alrededores del Palacio Real, que tampoco se puede visitar, un hombre con su bebé en brazos, nos preguntó si necesitábamos ayuda y nos indicó qué lugares visitar. Seguimos hablando con él por las calles de la Kasbah hasta que llegó a su casa. Al ir a despedirnos nos invitó a tomar el té y aceptamos movidos por su amabilidad. Pasamos allí la mañana, tomando un delicioso té de menta, conversando en inglés y francés. Como recuerdo, nos hicimos unas fotos para las que nos prestó unas chilabas confeccionadas por su mujer, a la que no conocimos, a pesar de que fue ella la que nos preparó el té. Una agradable y sorprendente visita de la que nos llevamos un buen recuerdo.
Después de unos días en Marrakech decidimos contratar una excursión para cumplir uno de mis sueños: dormir en el desierto. Cruzamos el Atlas en un jeep conducido por un abuelo de aspecto despreocupado adicto a la velocidad. Hubo momentos en lo que pensé que no llegaría a cumplir los 32. Hicimos una parada el Ouarzazate, tras visitar una kasbah, una ciudad cuyos edificios están hechos de barro, que surge majestuosa en medio de la nada.
Llegamos a Zagora al anochecer y por el camino pudimos observar la mutación del paisaje (de las cumbres nevadas del Atlas a los oasis al aproximarnos al Sáhara), de la luz (del sol amable a la luz rosada del atardecer) y de la indumentaria de la gente, sobre todo de las mujeres que, cuanto más al sur, sus ropas estaban hechas de visillos negros bajo los que se adivinaban telas de vibrantes colores.
Al campamento del desierto llegamos ya de noche. Cenamos en una tienda hecha con mantas, la sopa más insulsa que he comido nunca y un delicioso tagine de pollo. Después disfrutamos de los cánticos de los nómadas al calor del fuego y más tarde nos fuimos a la cama, un colchón fino tirado en el suelo de otra tienda hecha con mantas. ¡Qué frío pasé! Eso es algo indescriptible. Tenía el rostro congelado y me dolía todo el cuerpo, pero ¿qué importa eso ahora comparado con la posibilidad de ver amanecer en el desierto, de disfrutar de esos colores que me ofreció el cielo? Tras desayunar a base de té, pan, mantequilla y mermelada, emprendimos el regreso a Zagora, pero esta vez en camello. Mi camello resultó ser una animal de lo más encantador y, aunque al principio iba un poco tensa, al final logré sentirme tan cómoda con el balanceo que hasta iba sin manos.
Regresamos a Marrakech encomendándonos a Alá para que las ansias de velocidad de Hussein no fueran impedimento para acabar la excursión felizmente.
Nuestra siguiente parada fue Essaouira, un pueblecito costero, antiguo reducto hippy, donde disfrutamos de una par de días de paz absoluta, paseando a orillas del mar, visitando las numerosas galerías de arte que hay (compré un cuadro de estilo naïf que me encanta contemplar cada mañana cuando me despierto), comiendo y bebiendo (nada de alcohol, claro).
Como conclusión decir que el marroquí es pausado y alegre, descuidado (cuando regresamos al hotel, exhaustos tras nuestra experiencia en el desierto, el director del hotel se había olvidado de nosotros, que éramos los únicos huéspedes aquella noche, y había cerrado el hotel. Tras la milagrosa aparición de una antigua trabajadora del hotel que contactó con él, vino luciendo una media sonrisa en la cara, como si fuera un niño travieso después de haber hecho una de las suyas) y un incondicional del trapicheo (antes de encontrar al taxista que definitivamente nos llevó a Essaouira, me peleé con otro y con su intermediario, dos personajes poco claros, en mitad de una plaza llena de hombres). Pero, sobre todo, es amable y hace que la visita a su país sea una auténtica delicia.

 

posted by Ainhoa on 7:45 p. m. under

3 comments

Leviatán, de Paul Auster











“Hace seis días un hombre voló en pedazos al borde de una carretera en el norte de Wisconsin. No hubo testigos, pero al parecer estaba sentado en la hierba junto a su coche aparcado cuando la bomba que estaba fabricando estalló accidentalmente. Según los informes forenses que acaban de hacerse públicos, el hombre murió en el acto. Su cuerpo reventó en docenas de pequeños pedazos y se encontraron fragmentos del cadáver incluso a quince metros del lugar de la explosión. Hasta hoy (4 de julio de 1990), nadie parece tener la menor idea sobre la identidad del muerto.” Así comienza Leviatán, la novela de Paul Auster publicada en 1992, en la que, a pesar de todo, sí hay un personaje que conoce la identidad del muerto; ese personaje es Peter Aaron y ese muerto es Benjamin Sachs. Él será el encargado de contarnos la complicada historia que condujo a su mejor amigo a tan trágico final.
Aaron y Sachs se conocen en un bar un día en el que la ciudad de Nueva York está sufriendo una terrible tormenta de nieve y en el que ambos pensaron quedarse en casa. A partir de ese encuentro fortuito sus vidas se entrelazan.
Benjamin Sachs es un personaje fascinante, autor de un libro de culto, encarcelado tras su negativa a combatir en la guerra de Vietnam, en permanente búsqueda de una coherencia existencial. Peter Aaron es el alter ego de Paul Auster, con evidentes referencias a la propia vida del autor.
Junto a Aaron y Sachs aparecen Fanny, la mujer de Sachs y, casualmente, el amor platónico de Aaron desde los años universidad; la interesante María Turner (personaje basado en la artista conceptual francesa Sophie Calle), que tendrá un papel fundamental en la caída que sufre Sachs y que alterará su vida y la de todos los que le rodean; la amiga de María, Lillian Stern, el marido de esta, Reed Dimaggio, el chico al que este asesina sin motivo aparente, Dwight McMartin…Porque esta obra es un puzzle en el que la casualidad y el azar tienen un papel fundamental. Es una obra en la que las relaciones interpersonales y las relaciones del ciudadano con el Estado se funden, porque tampoco hemos de pasar por alto el título de la novela, Leviatán, que es el nombre que Thomas Hobbes le dio al Estado absolutista que impone su dominio sobre el caos de las relaciones individuales.
Una novela tejida con un hilo muy fino de forma magistral y un personaje, Benjamin Sachs, difícil de olvidar, al menos para mí.

 

posted by Ainhoa on 2:14 p. m. under ,

1 Comment

Haiku


Un haiku es un poema breve de origen japonés, compuesto generalmente por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas cada uno, a través del cual se intenta expresar "lo que está sucediendo en este lugar, en este momento", como decía Basho, el padre del género.

Se trata de atrapar el instante, de abalanzarse sobre los detalles que conforman la vida, por muy insignificantes que parezcan, como si fueran fotografías.


De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque.


Una vez más
me he vuelto a quedar solo
y llueve en mayo.


Va persiguiendo
pétalos de cerezo
la tempestad.


Viento otoñal,
y tirita la sombra
de la montaña.


A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.


Este camino
nadie ya lo recorre
salvo el crepúsculo.


Las montañas y el jardín
se van adentrando
hasta mi habitación en verano.







 

posted by Ainhoa on 4:09 p. m. under

Be the first to comment!

Kapuscinski y Auster




Hace unos días murió Ryszard Kapuscinski y, aunque sólo he leído "Viajes con Herodoto", me dio mucha tristeza saber que había muerto. Porque "Viajes con Herodoto" es uno de los libros que más me han gustado de los últimos que he leído, porque me acompañó en mi periplo por Turquía y porque bucear en sus palabras me liberó de escuchar demasiada estupidez seguida. A todos aquellos que améis los viajes, la Historia y miréis la vida con ojos curiosos, os recomiendo la lectura de este libro.




Y ya que hablamos de libros, no podía dejar de mencionar mi último descubrimiento, por el que no voy a recibir ninguna felicitación, sino más bien todo lo contrario, porque, ¿cómo se puede haber llegado a la respetable edad de 31 años sin haber leído a Paul Auster? Bueno, pues yo lo he hecho, lo confieso. Pero ahora ya no hay vuelta atrás; tal y como me ocurrió cuando quedé atrapada por Virginia Woolf tras leer "La señora Dalloway", me ha pasado con Paul Auster tras leer "La trilogía de Nueva York". Ahora estoy con "La noche del Oráculo" y haciendo una lista de todos los que me voy a comprar en los próximos días. Tengo ante mí semanas de lectura compulsiva, lo sé. Ahora mismo no puedo pasar mucho tiempo alejada de esos personajes fascinantes que, aunque la historia en la que fueron protagonistas haya terminado, te volverás a encontrar aunque sólo sea para hacerte un guiño en mitad de otro relato. Porque hay frases que te patean el estómago. Porque aparecen libros y cuadernos y plumas, porque los personajes toman notas y construyen historias y a mí todo eso me emociona tanto como a mi querida amiga Montse comerse cuatro platos de fabada de una sentada.


 

posted by Ainhoa on 12:35 p. m. under

Be the first to comment!

Au Revoir 2006

El año se acaba y en medio del caos consumista y la obligación de ser feliz característicos de estas fechas, he decidido, por primera vez en mi vida, hacer balance de lo ocurrido por escrito, con la esperanza de definir los contornos y evitar la confusión provocada por el paso del tiempo y las capas de rutina.

El comienzo del año fue un poco caótico:
Accidente de coche y mudanza. Afortunadamente el accidente no fue grave, pero me hizo pensar en la fragilidad de la existencia, en cómo todo puede cambiar en cuestión de segundos.
Al día siguiente realizamos la mudanza con la ayuda de unos amigos. Ahora vivimos en un piso luminoso y acogedor y creo que soy más feliz por ello.

En abril comencé un curso de escritura creativa porque la lectura ya no era suficiente. Fue sólo un trimestre , pero no necesité más para darme cuenta de que, me cuesta decirlo, quiero ser escritora. Ahora estoy haciendo un curso anual de relato en el que estoy aprendiendo y disfrutando del manejo de las palabras y las estructuras para construir historias que, espero, puedan interesar a alguien.

Este ha sido un año en el que la música ha tenido un papel muy importante. Ha habido conciertos, como los de The Doors (escuchar Riders on the storm en directo fue un sueño hecho en realidad y, aunque Jim Morrison es irrepetible, Ian Astbury me impresionó bastante), The Who (geniales) o Sting (en Gredos. Concierto impecable con fin de fiesta surrealista, aunque Sting poco tuvo que ver con ello), Pablo Milanés, Los Delincuentes o Chambao. Pero lo más importante de todo es que he descubierto la música de John Frusciante, que me acompaña desde hace meses allá donde voy y me hace inmensamente feliz. Esa voz...¡joder! esa voz me emociona cada mañana y la rutina ya no lo parece tanto desde que se instaló en mi cabeza.

La literatura sigue estando tan presente en mi vida como el respirar: descubrí a Henri Pierre Roché, Haruki Murakami o Raymond Carver. Leí más de Virginia Woolf o Sándor Márai, he releído Drácula y me enganché sin remedio a Viajes con Herodoto, de Kapuscinski, a El cazador del desierto, de Lorenzo Silva o a Crimen y Castigo, de Dostoiewski.

En cuanto a otra de mis grandes pasiones, viajar, este año destaco el Cabo de Gata, ese lugar al que siempre regresar; Turquía, una agradable sorpresa; y París, de la que nunca me canso, esta vez con mis compañeros de la clase de Francés.
Afortunadamente, 2007 comienza muy, muy bien: en menos de quince días estaremos en Marrakech y no pienso volver sin haber pasado al menos una noche en el desierto.

A finales de julio, tras poner un comentario en su blog, comenzó mi amistad con Pelayo, un chaval de dieciocho años, escritor en ciernes, interesante, divertido e inteligente, que me envía sus escritos porque le gustan mis críticas y al que yo envío los míos por la misma razón.
Y no te pongas celoso, Rodrigo, que tú también has pasado a ser un amigo importante en mi vida.

Dori y Raquel van a ser mamás y Natalia, además de estar más loca que nunca, encontró trabajo. Mi Wen me mantiene al corriente del tiempo que hace en mi pueblo, entre otras muchas cosas, y mi prima pasa de contestar mis mails pero yo la sigo queriendo un montón.

Paco y yo celebramos nuestro octavo aniversario. ¡Increíble pero cierto! Y lo que nos queda... porque ya sabes, cariño, que tú y yo estamos condenados a estar juntos forever.

Tampoco me quiero olvidar de los momentos pasados con Bea, Montse (que también va a ser mamá) y Javi, Ana y Ada (ya sé que han sido escasos, chicas. Prometo que este año será diferente), ese Fenosa que es único o mi hermano pequeño, que es mi debilidad.

En resumen, este ha sido un buen año, con sus miserias y sus alegrías, sueños y desengaños, y que termina con la esperanza de que el próximo sea mejor. Y mejor será que acabe ya esto porque se me está poniendo tono de anuncio navideño, sentimentaloide y dulzón, y, en fin, que una tiene su reputación...

 

posted by Ainhoa on 9:28 p. m. under

2 comments

El buscador

¿Qué sería de mí, los domingos por la tarde, cuando el estómago se llena de incomodidad ante la perspectiva del regreso al trabajo un lunes más, si en Telecinco no hubieran tenido la brillante idea de producir ese programa maravilloso llamado “El Buscador”? Sólo necesito ver el sumario, presentado con increíble seriedad por ese individuo patético (lo siento, no recuerdo su nombre y no me voy a molestar en buscarlo) que parece ir a comunicarnos la erradicación de la pobreza en el mundo, para echarme a reír. Da igual el tema que traten, tanto si sale la Pantoja (memorable esa “reconstrucción” de la llamada que le hizo Julián Muñoz desde la cárcel el día de su cumpleaños), como si aparece una doctora dando el parte médico de Jesucristo, el cual, somos informados desde la puerta del Hospital 12 de Octubre de Madrid, murió de politraumatismo.
Los reportajes suelen tratar sobre estupideces supinas que son avaladas por “expertos” y magnificadas por el semblante grave y concentrado de los reporteros. No podemos ignorar tampoco la edición de dichos reportajes, animados con música que ni la mejor película de suspense, y efectos especiales que resaltan los detalles que corroboran sin duda semejante información.
¿Y el tratamiento que dan a todas las cornadas sufridas por los mozos en los encierros celebrados a lo largo y ancho de esta España nuestra? Si el mozo ha tenido la suerte de sobrevivir, es entrevistado y forzado a relatarnos varias veces lo que sintió en esos espeluznantes instantes. Si el mozo murió, nos repetirán las imágenes una docena de veces, a cámara lenta, rápida, desde lejos o desde cerca.
¡Qué despliegue de medios! ¡Qué profesionalidad! ¡Qué rigurosidad en la información!
Tengo que reconocer que a veces me divierto más viendo este programa que con el mítico sketch de Martes y Trece titulado “Glorias de España”, aunque me asusta pensar que alguien pueda creer que lo que nos ofrecen es información seria y minuciosa.

 

posted by Ainhoa on 8:52 p. m. under

1 Comment

Me gusta. No me gusta.

Me gusta…

Me gusta la sonrisa de Paco, levantarme temprano, escuchar las canciones de John Frusciante con los ojos cerrados, las patatas a la riojana y la soledad que emana de los cuadros de Hopper. Me gusta desayunar jamón serrano, té y nueces. Me gusta sentir la luz del sol colándose por las ventanas del salón una mañana de domingo, salir a la compra con mi madre y compartir con ella el aroma de las calles de mi pueblo en los días de invierno, porque mi pueblo, Alfaro, también me gusta mucho. Me gusta el foie, el tenis, la trilogía de El Padrino, copiar en cuadernos aquéllos pasajes de los libros en los que me reconozco, My way, de Frank Sinatra y que mi hermano pequeño todavía me llame “tata”. Me río con el humor seco de las gentes del norte y cada día con Bea y Montse. Me gusta el color amarillo, los cactus y el grito desesperado de Jim Morrison al comienzo de una canción cuyo título no recuerdo. Me gusta el vino, ver amanecer en el Cabo de Gata y una buena conversación con Natalia. Me gusta que el día del chupinazo todas las amigas luzcamos la misma camiseta. Me gusta la manita del niño que aparece en el cuadro Las tres edades de la vida, de Gustav Klimt, viajar en tren, con los paisajes mostrándose a ráfagas ante mis ojos atentos, leer el blog de Rodrigo, el pacharán e imaginar que un día tendré un perro chow-chow al que llamaré Ulises. Me gusta el olor a lluvia y la libertad del desierto, los magnolios de los Jardines de Sabatini, la filosofía de vida de Simone de Beauvoir, la mermelada de fresa y el carácter pacífico de mi amiga Wen. Me gusta leer a Virginia Woolf y a Oscar Wilde, me gusta encontrarme cada mañana un email de Pelayo en la bandeja de entrada, los pastelitos de la Pantera Rosa y las películas de Woody Allen. Me gusta pasear por las calles de París, las tonterías de Monsieur Fenosa o escuchar la llamada a la oración, al amanecer, desde el balcón de un hotel en Dakar. Me gusta el olor de las librerías de viejo, el olor de cualquier librería.

No me gusta...

No me gusta la gente que viaja al extranjero y pasa todo el tiempo acordándose de la tortilla de patata y repitiendo aquello de “como en España, en ningún sitio”. No me gusta hacer la compra en grandes superficies, los garbanzos, la ropa color burdeos, los libros de Paulo Coelho o la voz de Alejandro Sanz. No me gusta la falta de aire acondicionado en el metro durante el verano, dormir con pijama, los huevos cocidos, que los padres pongan sus nombres a sus hijos, los cinturones blancos, mis pies. No me gusta la pimienta negra, los libros de autoayuda, la gente que sale del estanco, abre la cajetilla recién comprada y arroja el plástico al suelo. El olor a café me causa dolor de estómago, ver envejecer a mis padres, también. No me gusta planchar, ni aquéllas personas que se empeñan en desplegar el periódico, y plantarlo debajo de mis narices, en un vagón de metro atestado de gente. No me gusta quedarme dormida en el sofá, los bollos rellenos de cabello de ángel, el tacto del terciopelo, no tener nunca tiempo para visitar a Ana, ni aquellos que van en sus coches deportivos, con las ventanillas bajadas para que el mundo se entere de su pésimo gusto musical, superando todos los límites de velocidad. Sé que no suena muy humano pero no puedo evitar desear que se estrellen con la próxima farola que se encuentren. No me gusta tener los brazos tan gruesos, ni la cara de Zaplana, tampoco la de Acebes, los perfumes de Carolina Herrera, tener que trabajar de lunes a viernes, que se me mueran todas las plantas que compro. No me gusta tener tiempo libre y no saber qué hacer con él. No me gusta no encontrar las palabras exactas para expresarme cuando en mi cabeza todo parece tan claro.

Me gusta, no me gusta; ser o no ser.

 

posted by Ainhoa on 6:59 p. m. under

7 comments

El rostro de las letras.


Hace unos meses leí un artículo escrito por Juan Cruz en el periódico El País, que llevaba por título El librero del cheque, que comenzaba de la siguiente manera:
“Se escapó de la escuela con una mujer diez años mayor que él, dio la vuelta al mundo cuando era un adolescente, cumplió el sueño de su padre de ser librero, es capaz de viajar de Londres a cualquier sitio del mundo para encontrarse con un amigo y leerle un manuscrito propio, o de levantar el dedo en una subasta y quedarse (por 4.1 millones de euros) con un libro que la historia ha convertido en un libro raro.”
Esas pocas líneas capturaban una vida que así, en frío, sin conocer ningún detalle, ya se antojaba fascinante. Dudé por un momento; no sabía si quería conocer los pormenores de una historia que parecía deshacerse del aura romántica prometida al comienzo cuando se mencionan esos brutales 4.1 millones de euros. La curiosidad pudo más, así que continué leyendo.
El caso es que ese niño de quince años que se fugó de la escuela con una mujer de veinticinco, hoy tiene cincuenta años y es uno de los libreros más prósperos del planeta. Desde el primer libro raro que compró ha llovido mucho, y parece ser que se ha labrado una prestigiosa carrera creando bibliotecas de acaudalados personajes, aconsejando a prestigiosos clientes, ayudando con la restauración de ejemplares preciosos, persiguiendo libros imposibles alrededor del mundo o participando en subastas en nombre de personas anónimas que confían plenamente en su instinto. Con todo eso, más alguna que otra pelea con los bancos, pudo el pasado catorce de julio levantar un dedo que valía 4.1 millones de euros y hacerse con el First Folio, de Shakespeare.
Comprar y vender libros raros. No se me puede ocurrir una profesión mejor que aquella que hace que la vida gire alrededor de los libros; que no te convierta en un mendigo de tiempo para poder sacar el jugo a la literatura.
La fotografía que ilustra el reportaje nos muestra a un hombre sonriente y despeinado, como si se acabara de levantar de la cama; su rostro, sereno y travieso, parece no conocer inquietudes, o quizá sea esa vida de apariencia fascinante la que sirve de escudo contra la preocupación. El rostro de la felicidad de las letras. El rostro que yo podría tener si me atreviera a alejarme definitivamente de los números.

 

posted by Ainhoa on 6:42 p. m. under

2 comments

Un día memorable


Ayer fue un día tan memorable como miserable. Un día de apariencia insulsa e incluso absurda, falto de movimiento y palabra hablada. Un día que un hipotético observador externo hubiera calificado de vacío o perdido.
Me levanté a eso de las nueve de la mañana sabiendo, gracias a un desagradable dolor de espalda, que había cometido el terrible error de haber dormido más horas de las debidas. La cabeza aturdida y un injustificado mal humor confirmaron lo que ya sabía. Los años pasados habitando mi cuerpo me hacían sospechar que las siguientes horas de luz no iba a soportar estar en mi propia piel.
Tras el aseo diario y el desayuno, que no pasaron de ser parte de la rutina puesto que ninguno de los dos contribuyó a aliviar la pesadez cerebral y corporal que me atenazaba, me quedé sentada en el sillón, la mirada perdida, los oídos obstruidos, el tacto áspero, el olfato enfadado. Sentada. Observando la nada a través de unos muebles que ya no me gustaban, una televisión que no quería encender y unos libros que no quería leer. Parpadeé y regresé de la nada para empezar a odiar porque era lo único que me sentía capaz de hacer. Todavía no comprendo por qué me acordé de la dependienta que unos días antes me había atendido en una zapatería de la calle Alcalá. Una muchacha delgada y pelirroja, parlanchina y simple, que contaba a su compañera de trabajo con orgullo gritón cómo una mujer adinerada, porque, tía, la gente que tiene pasta, se nota, la había mirado en el aeropuerto con, al parecer, bastante insistencia y cómo ella, tan segura de su chabacano encanto, se había pavoneado ante la acaudalada en cuestión. Cómo la odié desde mi posición inerte, sentada en el sillón. La veía delante de mí, con ese torpe maquillaje y esos aires de grandeza y escuchaba su voz chillona contando tamaña estupidez y comencé a pensar en cómo algo tan complejo como el ser humano al que se le ha encomendado la inmensa tarea de existir puede convertirse en algo tan estúpido y simple. Cómo la vanidad es fuente de felicidad. La frecuencia con la que la felicidad se confunde con la frivolidad. La misma ignorancia de lo que realmente pueda ser la felicidad. ¿Para qué molestarnos en buscarla cuando los sucedáneos, las malas imitaciones nos asaltan a cada paso? Mi subconsciente pareció darse cuenta de que no poseía información suficiente para seguir trabajando en una teoría que tal como acudió a mi mente, se marchó. Y entonces llegó el recuerdo del metro sin aire acondicionado y el abanico que siempre olvido en casa y las ganas que me entran de cargarme al pobre conductor del metro que sé que no tiene la culpa de nada pero yo tampoco y no tengo porqué sudar todas las cremas que me pongo para frenar las consecuencias del irremediable paso del tiempo. Y del metro pasé a la madre de una paciente que acudió a la clínica donde trabajo, una señora maleducada y desconfiada a la que le hubiera escupido en la cara si no fuera porque tengo más educación que ella. Y entonces volví a reflexionar sobre la estupidez del ser humano, que se empeña en crear problemas, en provocar malentendidos, para hacer de su vida un lugar más interesante. Reconocí que yo también lo he hecho en alguna ocasión y eso no contribuyó precisamente a mejorar mi estado de ánimo.
Recordé que tenía que ir a comprar el pan y no quería hacerlo porque hacía demasiado calor y mi cuerpo no soporta muy bien el calor. Pero, si mi cuerpo no soporta bien el calor, ¿por qué me siento tan atraída por los paisajes desérticos? ¿Será por la amplitud espacial? Obligados como estamos la mayoría de los habitantes de las grandes ciudades a vivir en espacios indignos, el desierto se me antoja el paraíso, carente de obstáculos para la vista, impregnado de luz, inabarcable. Anduve perdida por un desierto imaginario, todavía con la mirada suspendida en la nada, todavía con dolor de espalda.
No fui a comprar el pan. De hecho, no salí de casa en toda la mañana. Me quedé sentada en el sillón, mirando al frente, agotada y con ganas de llorar.
Y entonces llegó Paco y me escuchó cuando le conté lo de la dependienta de la zapatería y lo del metro y la estupidez de la gente y cómo me cargaría a la mitad de la humanidad. Y él me miraba y sonreía comprensivo y yo comencé a sentirme un poquito mejor. Por la tarde nos fuimos al Carrefour a seguir odiando a la humanidad, ahora armada con sus carritos repletos de comida basura, dando voces para localizar a sus mocosos que andan perdidos por los pasillos. Compartimos nuestro odio en el escenario ideal. Volvimos a nuestra casa, nuestro refugio silencioso y acogedor y de repente la vida ya no parecía tan terrible.
Y ahora que he escrito todo esto, pienso que quizá ese día no haya resultado tan vacío o tan perdido.

 

posted by Ainhoa on 6:51 p. m. under

4 comments

Turquía





Acabo de regresar de Turquía y mi mente, siempre caprichosa y haciendo gala de un gusto exquisito, ha comenzado a desterrar a los dominios del olvido los momentos de tedio y agonía provocados por la necesidad de cubrir varios cientos de kilómetros en compañía a veces no deseada.
Como decía, mi mente ha preferido quedarse con el brillo de las ruinas de Éfeso, la bondad de las formas de la Capadocia admiradas por fuera, por dentro y desde el cielo a bordo de un globo aerostático, o el canto del almuédano rasgando la húmeda atmósfera de la noche en Estambul. Por sus calles nos perdimos una y mil veces y jamás nos alegraremos lo suficiente. Visitamos mezquitas ignoradas por los turistas y tomamos el amargo té turco en compañía turca, siempre amable, siempre sonriente, en teterías cuyas mesas diminutas buscaban la sombra en callejones imposibles. El palacio de Topkapi, la bizantina Cisterna de la Basílica, la ineludible Santa Sofía, la Mezquita Azul (triste escenario de la escasa, además de mala, educación que reina en el feliz mundo del turista común, incapaz de distinguir un rezo de una atracción de feria), los restos del Hipódromo, el Bazar de las Especias, pequeño y encantador, y el Gran Bazar, inmenso aunque no tan bullicioso como esperaba... Las calles empinadas que desembocan en el mar, enjambre de tiendas y tenderetes y de personas atareadas, que compran y venden, que van y vienen con sus mercancías en bolsas, en carritos o echadas con valentía a la espalda. La mezquita Süleymaniye, el lujo de la paz a nuestro alcance, la Mezquita Nueva, la de Rüstem Pasa...Todas tan bonitas, con su exuberante cerámica decorando los muros, sus lámparas redondas suspendidas a medio camino entre el suelo y las maravillosas cúpulas, con decenas de luces titilantes contribuyendo a crear una atmósfera envolvente y en cierto modo seductora para mí, ajena a sus creencias, a su fe, a cualquier fe, a pesar de lo cual encontré cierto placer irracional en descalzarme y caminar sobre aquellas impolutas alfombras, en ponerme un velo y cubrirme, en sentarme en la parte de atrás de un buen puñado de mezquitas, sin apenas comprender nada y deseando ser invisible.
Y por la noches, tras la cena, acudimos a nuestra cita en el Aile Café, en el interior de un cementerio, donde tomamos té de diferentes sabores y fumamos una pipa de agua, atendidos por un camarero agotado por el trabajo que, a pesar de todo, nos saluda con cariño y jamás pierde la sonrisa.
Y no puedo olvidar la experiencia del baño turco en un hermoso edificio del Siglo XVI, que te limpia la piel y el espíritu y te renueva y relaja, quién lo diría, con un brusco masaje. ¡Qué lujo, el agua! Agua por todos los lados, derramada sin remordimientos.
Tras Estambul e integrados ya en un numeroso grupo de personas, Bursa, donde visitamos la Mezquita Verde, cuya belleza emana directamente de la fuente tallada que se encuentra en el interior, algo único en el mundo.
Tras Bursa, Éfeso, donde comenzaremos nuestro trasiego por las antiguas civilizaciones. Imponente la Biblioteca de Celso, construida entre el 114 y el 117 A.C., de la que sólo permanece en pie la fachada, custodiada por las estatuas de Sofía (sabiduría), Areté (virtud), Ennoia (intelecto) y Episteme (conocimiento). Cercanos están los restos del Burdel, que en su día albergó una estatua del dios griego de la fertilidad, Príapo. El majestuoso teatro, excavado en la ladera del monte Pión, nos ofrece un sitio en sus gradas y la posibilidad de imaginar cómo debía de ser acudir allí hace miles de años.
Más kilómetros; no importa si el destino es Hierápolis o, mejor dicho, lo que queda de ella: tras haber disfrutado de una posición importante en el periodo helenístico acabó sumergida por el agua y los depósitos de travertino que dieron lugar a otra de las atracciones de la zona: Pamukkale, las cascadas de algodón (qué decepción, ¿por qué ha de ser tan evidente la manipulación del hombre en semejante milagro de la naturaleza, aunque éste esté ya cansado de mostrarse tan bonito como antaño? ). Pero volviendo a Hierápolis: para llegar a ella, primero se ha de atravesar la imponente necrópolis, la más grande de Anatolia, en la que hay más de mil doscientas tumbas, sarcófagos y túmulos que van desde el periodo helenístico hasta el cristiano primitivo pasando, claro está, por el romano. Hierápolis la visitamos al atardecer, cuando un ligero viento nos hace olvidar la aspereza del sol, que comienza ya a esconderse. Sólo somos tres personas caminando por la vía flanqueada por columnas que nos conducirá hasta el arco de Domiciano. Tres personas, el viento y la luz ambarina despidiéndose del sol y la certeza de que ese será un momento que recordaremos siempre.
Más kilómetros (gracias John Frusciante, gracias Ryszard Kapuscinski, por hacer que las distancias no parecieran tan distantes) y, por fin, Capadocia, con cuyas peculiares formas nos topamos casi de bruces al atardecer, ¿podría ocurrir algo mejor? Allí uno se transforma en paisaje, se traslada a otra época, se convierte en otro, en el que de verdad le gustaría ser si se atreviera a intentarlo. Porque ese paisaje de formas quiméricas que esconde mil y un secretos se te ofrece para que lo tomes, para que no olvides llevarte un pedacito suyo contigo.
Y de nuevo, al día siguiente, el atardecer; éste inmenso, con el solemne valle extendiéndose delante de nuestros ojos y el cielo, más infinito que nunca, exhibiendo sanguíneos colores que tiñen unas deshilachadas nubes que parecen haber surgido de la nada.
Con todo esto me quedo, empeñada como estoy en olvidar que las circunstancias me hicieron viajar con demasiada gente insolidaria y gruñona (entre la que, eso sí, había gloriosas excepciones), que se afanaba más en echar de menos la tortilla de patata que en dejarse aniquilar suavemente por un país que, de inmediato sabes, te permitirá volver a nacer sintiéndote un poquito mejor.

 

posted by Ainhoa on 3:59 p. m. under

5 comments

Search